En la época de nuestras bisabuelas las familias tenían muchos hijos y era costumbre que el hijo mayor quedara al frente de las propiedades y negocios de la familia. También era común que muchas familias al escoger la profesión de los hijos desearan tener un sacerdote, un médico y un militar. Ocurría también que varios hermanos escogieran estas mismas profesiones. Era un orgullo para las familias que sus hijos sirvieran a Dios, a la sociedad y a la patria.

Para las mujeres no había mucha posibilidad de elegir, lo común era que contrajeran matrimonio, generalmente antes de los veinte años. Algunas decidían ingresar al convento y las que no lo hacían, y por alguna razón no contraían matrimonio, eran las generosas tías que ayudaban a la educación de los hijos de sus hermanas y se hacían cargo del cuidado de sus padres cuando éstos se quedaban solos.

Hoy los cambios son asombrosos, las familias tienen pocos hijos y las profesiones a elegir son abundantes y variadas. También han cambiado las motivaciones que se tienen para elegir la profesión, antes era el deseo de servir a Dios, a la patria y a sus semejantes, y hoy se busca responder a las aptitudes personales y a la productividad económica de las carreras a elegir.

La sociedad en general ha resentido estos cambios, pues hay profesionistas cuyo propósito principal es el enriquecimiento personal y no el dar servicios eficientes a cambio de la justa remuneración.

Un elemento que influía en el pasado era el ejemplo que los hijos recibían en la familia, los padres eran el modelo a seguir y había muchos que daban esos testimonios de ética y servicio, y los hijos sentían el orgullo de ser como sus padres.

Si actualmente no todos pueden contar con eso ejemplos, a pesar de eso, hay que insistirles a los hijos que las actuales circunstancias de la sociedad y de muchas familias son accidentales y que es otro el modelo al que hay que aspirar.

Hoy, las mujeres tienen un mundo muy distinto al de sus abuelas y bisabuelas, pueden escoger entre múltiples profesiones, contraer matrimonio cuando lo deseen, sin las presiones sociales de antaño, pero también tienen nuevos retos si deciden formar su familia en condiciones de igualdad esencial con el varón, para desempeñar la profesión elegida y para establecer la equidad en las responsabilidades familiares, y dar como resultado una familia unida, con hijos felices y responsables para sí mismos y para sus semejantes. Afortunadamente cada día son más las mujeres que lo están logrando.

Hay otro cambio en la vida de las mujeres, hoy tienen la oportunidad de desempeñar cargos públicos. Además de la profesión que hayan elegido, pueden ser Regidoras, Síndicas o Presidentas Municipales; también legisladoras federales o locales y hasta gobernadoras, y presidentas de la República, ya no hay limitaciones. Sobre esta vocación política los Sumos Pontífices han dicho: “la política es el apostolado por excelencia” y las mujeres podemos ejercerla con honestidad y con propósitos de servicio.

La actividad política, en general, se ha desvirtuado porque la mayoría de quienes participan en ella no tienen como fin servir sino servirse, las mujeres pueden ayudar a que esto cambie para bien de México. Tal vez mucho de lo que no nos gusta de los partidos y de los gobernantes se debe a que las personas que podrían actuar rectamente no se han interesado en participar. Interésate en la política y decide abrazar esa gran profesión de servicio.

 

María Elena Álvarez de Vicencio es Directora del Centro de Estudios para la Mujer Blanca Magrassi y Consejera Nacional del PAN.