Durante la Segunda Guerra Mundial, en Europa, Hitler, refiriéndose al entonces Papa Pío XII y a su influencia, preguntó a sus generales: “¿En dónde están las divisiones del Papa?”. Por supuesto que el Papa no tenía ejército alguno, pero tenía algo diferente: AUTORIDAD MORAL.

La autoridad moral es lo que distingue a una persona con poder de mando, de un líder. A la primera se le obedece por necesidad, a la segunda por convicción.

La autoridad moral no está en las leyes, en ellas sólo encontramos la autoridad legal, formal, pero en el mundo y en la política, sobre todo, la autoridad moral es muy importante porque tenerla o no revela la verdadera escala de valores y la integridad moral, es decir, la congruencia entre el decir y el actuar.

En el mundo hay políticos que han sido presionados a renunciar a sus cargos al demostrar, por alguna o algunas razones, su falta de autoridad moral. Renunciar porque queda al descubierto su falta de congruencia, la falta de respeto a la dignidad humana y/o a las leyes, la mentira, el engaño o la corrupción se ha dado y no debe seguirse dando.

A la autoridad se le gana con el ser, pensar y actuar de una persona, no va implícita con un cargo público (ni privado). Cuando a alguien en la vida política se le reconoce autoridad moral, generalmente es porque la ha tenido o bien se la ha ganado a pulso.

Reconocerle autoridad moral a una persona equivale a confiar en su congruencia moral, en su honestidad y, como toda confianza, es difícil de ganar y muy fácil de perder, además es muy difícil de recuperar. A la antítesis de la autoridad moral en la política se le llama mala fama pública.

Quien no tenga o pierda por acciones pasadas el respeto de la ciudadanía no debe, políticamente hablando, ostentar un cargo público en el que dicha autoridad moral es absolutamente necesaria para realizar con ética su desempeño.

Recientemente hemos estado conociendo sobre el comportamiento indebido y la denuncia de algunos gobernantes y funcionarios públicos. Sería deseable que esta práctica no se suspenda para que los gobernantes y funcionario públicos sean conscientes de que su desempeño está siendo vigilado, reconocido lo que hacen bien y sancionado lo que no sea debido realizar.

Actualmente, se nota una actitud ciudadana interesada en desempeñar los cargos públicos, lo cual puede ser benéfico para el país siempre que los aspirantes estén convencidos de que esos cargos son para servir y no para servirse del poder.

La Ética en la Función Pública debiera ser una materia en la currícula de las carreras que se refieran al gobierno y a la administración pública. Esto es necesario ya que generalmente se ha considerado que en esos cargos siempre se encuentra la manera de enriquecerse ilegalmente.

Esperamos que en el futuro los puestos de gobierno sean considerados para servir y no para servirse del poder. Es muy negativo el que actualmente nuestro país esté colocado entre los países con más actos de corrupción en el desempeño de la administración pública.

Hay muchos funcionarios honestos, pero en ocasiones el ambiente propicio a la ilegalidad hace caer en ella, es necesario insistir por los distintos medios de comunicación para que todos los ciudadanos se enteren de que en la administración pública no se deben aceptar “mordidas”, “gratificaciones” o “sobornos”. Nada puede justiciar estas acciones, México es uno de los países en los que se cometen más actos de corrupción y ya debe salir de esos primeros lugares ganados por la corrupción.

 

María Elena Álvarez de Vicencio es Directora del Centro de Estudios para la Mujer Blanca Magrassi y Consejera Nacional del PAN.