Igualdad. Qué es y por qué importa, Thomas Piketty y Michael J. Sandel
Mayo 2026
Julio Castillo López
Hay preguntas que parecen simples, pero resultan subversivas. “¿Qué significa la igualdad?” es una de ellas. En un tiempo en que el concepto ha sido secuestrado por el discurso populista —que lo invoca para justificar la concentración del poder— y vaciado de contenido por la frivolidad progresista —que lo reduce a simbolismos y cuotas—, este libro devuelve a la igualdad su densidad intelectual y su valor moral.
El libro es breve y es la transcripción editada de una conversación sostenida en mayo de 2024 en la Escuela de Economía de París entre dos de los pensadores más influyentes del mundo occidental: Thomas Piketty, el economista francés que con El capital en el siglo XXI redefinió el debate global sobre la desigualdad económica, y Michael Sandel, el filósofo-político de Harvard cuya crítica a la meritocracia en La tiranía del mérito incomodó a las élites pensantes de todo el espectro político.
El formato de diálogo es a la vez fortaleza y limitación: permite acceder con fluidez a los argumentos centrales de ambos autores, hay comentarios filosos que se responden y se nota el conocimiento de la obra de cada interlocutor, pero impide la profundidad que el tema exige y que cada uno de ellos ha demostrado en sus obras individuales.
El libro se organiza en nueve capítulos que recorren el territorio conceptual de la igualdad: desde sus dimensiones morales y políticas hasta debates concretos sobre meritocracia, impuestos progresivos, fronteras, migración y el futuro de la izquierda. No se puede negar que el concepto igualdad siempre ha sido vinculado a la izquierda, pero tampoco es de ignorarse que buena parte de las ideas a las que llegan son las mismas a las que llegaron la democracia cristiana o el humanismo político desde hace décadas.
Sandel propone tres razones para preocuparse por la desigualdad: el acceso universal a bienes básicos, la igualdad política y la dignidad. Es precisamente esta tercera dimensión la que convierte al libro en algo más que un manual de política fiscal. La dignidad —esa palabra que la tradición humanista ha colocado siempre en el centro— no es una abstracción filosófica para Sandel; es la condición de posibilidad para que los ciudadanos puedan “alzar la cabeza y considerarse partícipes de una empresa común”. Eso resuena con fuerza en una tradición política como la nuestra, que siempre ha entendido que la persona no es un medio, sino el fin de toda organización social.
La crítica a la meritocracia es, quizás, el capítulo más importante del libro. Sandel argumenta que la meritocracia, lejos de ser una promesa democrática, es una ideología que legitima la desigualdad y transforma el fracaso en una condena moral. El mensaje implícito de las sociedades meritocráticas es cruel: si triunfas, lo mereces; si fracasas, también. Esta lógica —que convierte el talento, las credenciales educativas y la productividad económica en marcadores de valor humano— es incompatible con cualquier noción sustantiva de dignidad. Piketty aporta el rigor cuantitativo: los datos muestran que las sociedades supuestamente meritocráticas reproducen la desigualdad con una eficiencia que ninguna casualidad podría explicar. El capital se acumula, se hereda, se protege. La movilidad social, en gran parte del mundo desarrollado, es menor hoy que hace cincuenta años.
Sin embargo, el libro no está exento de tensiones. Las soluciones que proponen —impuestos altamente progresivos sobre la herencia, inversión masiva en bienes públicos, mayor regulación de los mercados— son políticas que pueden sonar pertinentes pero que, en contextos como el nuestro, resultan insuficientes si no se asientan en instituciones sólidas, independientes y confiables. En México, esta tensión es particularmente aguda: hemos visto cómo el discurso de la igualdad puede servir de pantalla para concentrar poder, desmantelar contrapesos y enriquecer a una nueva élite disfrazada de pueblo. La igualdad sin Estado de derecho no es política social, es simplemente un cambio de clase dominante. Sin reforma institucional profunda, sin un sistema de justicia que funcione y sin una hacienda pública que rinda cuentas, cualquier propuesta redistributiva termina siendo un instrumento de control político, no de emancipación ciudadana.
También es discutible el encuadre del capítulo final en torno al “futuro de la izquierda”. La crisis democrática que vivimos —el ascenso del autoritarismo, la erosión de los contrapesos, el desprecio por las libertades fundamentales— no es un problema ni una solución exclusiva de la izquierda. Es un desafío civilizatorio que exige reconstruir, con paciencia y convicción, los cimientos normativos e institucionales de la democracia. Esa es una tarea que trasciende los conceptos ideológicos y que requiere generosidad intelectual de todos los actores políticos. En este sentido, el libro habría ganado con una perspectiva más amplia: la igualdad democrática no es patrimonio de ningún partido ni de ninguna familia ideológica; es, o debería ser, el horizonte compartido de toda sociedad que se pretende libre.
Aunque no concuerdo con mucho del peso que le dan a la izquierda creo que señalan —aunque no de manera central— un problema que pudiera resumir el epicentro de todos los problemas actuales: la falta de comunidad. Hoy los países están prácticamente diseñados para que las clases sociales vivan totalmente aisladas: no van a los mismos parques, no usan el mismo transporte público, las mismas escuelas o los mismos hospitales, y sin un espacio común es difícil entender —o al menos conocer— la realidad del otro.