Por Salvador I. Reding Vidaña. Probar que alguien ejerció su derecho al voto cruzando al partido que le pagó, es muy difícil. Si el votante lo declara se podría tener una prueba (aunque siempre puede desdecirse alegando cualquier cosa). La fundada sospecha de que algunos votos fueron depositados a cambio de dinero, obsequios o promesas (incluyendo las que son reales advertencias, amenazas, pues), nos presenta dos caras: el comprador y el vendedor. Cuando se reclama al partido ganador que de formas diversas invirtió millones de pesos para pagar votos en su favor, se está exigiendo respeto tanto a la Ley como a la ética. Estos reclamos no deben dejarse de lado, a pesar de la mencionada dificultad de prueba ante tribunales. Eventualmente al menos, se puede tener certeza de que algunos millones de pesos se pagaron en efectivo, en vales o sus semejantes y en bienes materiales a ciudadanos residentes donde la votación en favor del “donante” tiene una razonable explicación de que los receptores cumplieron su parte. Las protestas sobre la compra de votos, en dinero o en especie, son tanto legítimas como necesarias, para presionar a la autoridad a que investigue y ofrezca a la ciudadanía un resultado aceptable de sus pesquisas. Pero lo más importante no es la oferta de dinero y especies, o promesas para que los ciudadanos voten por ciertos candidatos, federal, estatal o municipalmente, sino la cultura ciudadana (llamémosla sociológicamente así) de vender el voto. Este es el meollo de la cuestión. Así como una primogenitora se vendió por hambre momentánea, a cambio de un plato de lentejas, millones de ciudadanos aceptan dar su voto por regalos no perdurables: algo para gastar o cosas para usar, también momentáneamente. Como en todos los casos de debilidades humanas, no se puede eliminar la compraventa de votos, pero sí puede reducirse ¿cómo? con educación, con orientación a la ciudadanía de lo que significa el depósito en urnas de miles de votos vendidos por los votantes. Como en todos los casos en que la suma de acciones individuales resulta en grandes números, la gente debe saber que la suma de su voto vendido, con muchos otros más, puede determinar un resultado de votaciones que no es realmente lo que desean. En periodos prelectorales se han hecho campañas diversas para invitar a la ciudadanía a reflexionar y no vender su voto. Sin embargo, han sido muy escasas y de corto alcance. Es necesario re-culturizar a la gente sobre las razones para votar por los mejores candidatos y las mejores ofertas de gobierno. Pero esto debe ser una campaña casi permanente, que pueda ofrecer resultados en cambio de mentalidad. En tanto no se logre cambiar esa mentalidad de la venta del voto “por platos de lentejas”, difícilmente progresará cualquier acción contra quienes compran los votos. Por lo demás, en tanto la miseria en nivel de vida no sea reducida, la tentación de cambiar el voto por unos cuantos pesos o unas cuantas cosas, no va a disminuir de manera notoria, aunque haya convencidos de que el voto no se debe vender.