La huella hídrica de la IA: percepciones y realidades

Junio 2026

Gerardo de la Cruz

La Nación

“No uses la IA porque gasta mucha agua”, ha sido un comentario que he escuchado a menudo últimamente. Saber cuánta agua consumen los centros de datos y en específico la IA, es una duda genuina que mucha gente se hace. También lo es entender por qué hay quienes aseguran, sin datos en mano, que nos podemos quedar sin agua por el simple hecho de hacerle preguntas a algún LLM. Por un lado, el avance tecnológico imparable y exponencial que vivimos hace frente a las limitaciones físicas de los recursos naturales.

¿Cómo funciona?

La inteligencia artificial no consume agua de forma directa como un ser humano, sino para disminuir el calor que generan los servidores. La IA se aloja en edificios llamados “Data Centers”: básicamente torres de computadoras usadas para almacenar y procesar las peticiones que les hacemos. Estas computadoras utilizan energía eléctrica para trabajar y algunos de sus componentes, como los procesadores, producen calor al operar. Por eso, estos sistemas necesitan enfriarse y la mejor manera es por medio de torres de enfriamiento, en donde el agua corre por el sistema y se evapora con el calor generado. A ese proceso se le conoce como huella hídrica.

Ahora bien, entender el mecanismo es solo la mitad del camino. La pregunta que sigue es inevitable: ¿cuánto es realmente ese consumo?

Los números detrás del mito

Según la Agencia Internacional de Energía, la IA consume un 2 por ciento de toda la electricidad que se genera a nivel mundial y representa un 20 por ciento de la operación de todos los data centers. Se espera que para 2030, el 50 por ciento de los centros de datos esté dedicado a la IA. Ahora, según un estudio realizado por la Universidad de California, Riverside y la Universidad de Texas en Arlington —Making AI Less 'Thirsty'— el consumo por consulta es en promedio de 10 mililitros, suponiendo que se genere texto, y en una conversación de 20 a 50 preguntas con un chatbot puede consumir hasta 500 mililitros de agua. Sin embargo, el consumo depende mucho del modelo utilizado: en generación de imágenes, sonidos y videos la cifra puede multiplicarse. Según el mismo estudio, el 80 por ciento del agua se pierde por evaporación en torres de enfriamiento. Cabe destacar que el agua consumida no desaparece del planeta —vuelve a su ciclo natural—. Sin embargo, la mayor parte es agua potable, lo que implica quitarle disponibilidad a otros usos.

Para dimensionar esas cifras, vale la pena ponerlas junto a algo que ya conocemos.

La diferencia clave: producir comida es vital. Consultar un chatbot, todavía no. Pero reducir la conversación a si “gasta mucho o poco” sería perderse algo importante: la misma tecnología que consume esa agua puede ayudarnos a cuidarla.

La IA como parte de la solución

Esta herramienta también puede utilizarse para optimizar el uso hídrico: en sistemas de riego inteligente, en detección automática de fugas en redes urbanas, en modelos predictivos de disponibilidad de agua por cuenca. El problema no es la tecnología en sí, sino el ritmo al que crece sin que los marcos regulatorios la alcancen.

El riesgo no es abstracto

Se espera que el consumo global de agua por data centers se duplique para 2030. Dos o tres centros de datos en Estados Unidos ya operan en zonas con estrés hídrico alto. Y el caso más cercano lo tenemos en casa.

En Querétaro la llegada de grandes centros de datos ha generado una tensión concreta: el agua que abastece esas instalaciones compite directamente con la que necesitan los habitantes de las comunidades aledañas. No es una disputa abstracta sobre el futuro, es una disputa presente sobre quién tiene prioridad de acceso a un recurso escaso. Y Querétaro no es la excepción, en Guanajuato y el Bajío en general se enfrentan condiciones similares de estrés hídrico justo donde la infraestructura digital quiere expandirse. México puede convertirse en hub tecnológico de América Latina, pero esa ambición necesita una política hídrica que la acompañe, no que la ignore.

Entonces, ¿por qué es importante preocuparnos?

La huella hídrica de la IA no es el apocalipsis que algunos anuncian en redes, pero tampoco es irrelevante. El verdadero problema no está en tu próxima consulta al chatbot, está en la ausencia de reglas claras para una industria que crece más rápido que cualquier regulación. Que el agua regrese a su ciclo natural no nos exime de preguntarnos quién tiene acceso a ella mientras tanto y qué usos estamos desplazando.

La IA puede ser parte de la solución hídrica global si se desarrolla con criterio. Pero eso no ocurre sólo porque la tecnología sea capaz de hacerlo, ocurre cuando los gobiernos exigen transparencia en el consumo, cuando las empresas reportan datos verificables y cuando como sociedad dejamos de conformarnos con respuestas vagas sobre el impacto real de lo que usamos.

La próxima vez que alguien te diga “no uses la IA porque gasta mucha agua”, ya tienes contexto para responder. Pero también para exigir más de quienes construyen y operan esa infraestructura.

La nación