La aparición del programa de acciones que el presidente Biden delineó al inaugurar la Novena Cumbre de las Américas, hace dos semanas, traza un plan de acción que tiene la intención de acercarse a la solución de muchos de los problemas que aquejan al área. El que la Alianza para el Progreso sea una parte de la estrategia general de Estados Unidos de afirmar pretensión hegemónica mundial, no resta su importancia para nuestra región.

En efecto, este programa es el eslabón más reciente de la larga cadena de políticas latinoamericanas, comenzado por la Política del Buen Vecino de Franklin Roosevelt en 1933 o la Alianza para el Progreso de Kennedy en 1961 que redefinían la Doctrina Monroe de 1823, que consideraba agresión a Estados Unidos toda intervención extranjera en asuntos políticos del área o las políticas de la macana o de cañoneros de sus tratos en el continente o la del Hermano Mayor en 1861.

La actualizada política exterior de Estados Unidos se orienta a ayudar a todos los países a mejorar sus niveles de vida y condiciones económicas, respetando los derechos humanos y eliminando gobiernos dictatoriales antidemocráticos y combatiendo la violencia que prolifera mundialmente.

Atendiendo a América Latina, el presidente Biden lanzó la invitación a una Novena Cumbre de las Américas a celebrarse en junio en Los Ángeles, California, para anunciar una serie de acciones dirigidas al área, excluyendo por no ser democráticos a Venezuela, Cuba y Nicaragua de la reunión.

El presidente mexicano, sedicente promotor en su país de libertades democráticas, decidió ser el campeón de los tres países mencionados, de documentada historia de atropellos a los derechos humanos y supresión de aspiraciones de democracia en sus pueblos. No sólo esto, así encarrilado, López Obrador propone sustituir la Organización de los Estados Americanos (OEA) con otro organismo, además de una entidad continental a la manera de la Unión Europea.

Así, siete presidentes, incluyendo a López Obrador, no asistieron, haciéndose representar por ministros. El canciller Marcelo Ebrard llevó la representación de nuestro país.

Las palabras inaugurales del presidente Biden en la Cumbre condensaron el objeto de la Cumbre de las Américas, consistente en una Alianza para América Latina para la Prosperidad Económica.

En concreto, el programa se propone revitalizar las instituciones económicas regionales, incluyendo la reforma del Banco Interamericano para el Desarrollo; dirigir las inversiones a donde se necesitan para “abordar mejor el desafío del desarrollo regional, porque el sector privado tiene un papel central”; dejar nuevos compromisos de inversión privada por 1.9 mil millones de dólares para Centroamérica, para frenar la migración desordenada que incluye “nuevas inversiones de unas diez compañías”; dirigir 300 millones de dólares en asistencia, en caso de inseguridad alimentaria, debido a la guerra en Ucrania.

Para llevar a cabo lo anterior, la Alianza de Progreso y Desarrollo contiene capítulos referidos al combate a las organizaciones criminales, programa de la pobreza, apoyo a programas de limpieza ambiental, programas de salud, impulso a la educación y creación de empleos.

Son inobjetables los objetivos de la Cumbre, tan controvertida por la izquierda. Como en todo, sus resultados la calificarán. El gobierno mexicano, apresado por Morena, no tiene otra reacción que su conocida condena a lo que sus antecesores dejaron.

La mayor parte de las acciones acordadas en la Cumbre son del resorte oficial. El peso económico lo carga desde luego el sector privado, que requiere condiciones adecuadas y que son responsabilidad pública. Los avances dependerán de ajustes enérgicos necesarios en estructuras oficiales y de la supervisión de las empresas.

El PAN, que no participó en la elaboración de la Alianza, mejorará algunos aspectos de los dispuestos en el programa mediante la acción parlamentaria o en su actuación en los gobiernos estatales o municipales.

Nuestra contribución al progreso de toda la América Latina y Caribeña, también se relaciona con la visión y disciplina que un gobierno panista puede dar. El futuro del desarrollo socioeconómico de México depende de la gestión seria y humanista que el PAN encabece en el próximo sexenio. Desde ahora muchas autoridades municipales y estatales ocupadas por panistas están dando muestras de ella.

Por ahora, la actuación de todo panista que ocupe una posición de responsabilidad, dentro o fuera del gobierno o en una organización ciudadana, ha de dar ejemplo de lo que puede ofrecer una administración panista cabal y patriótica.

 

Julio Faesler Carlisle es integrante del Consejo de Plumas Azules.