Memorias frente al mar
Publicada el Lun, Nov 25, 2019

Por Carlos Castillo.

Como olas que se suceden, los recuerdos –la suma de instantes pasados pero mantenidos que devienen la memoria– se agolpan uno tras otro para converger en la historia: historia particular, individual, biografía que se extiende a lo largo de los años y es suma de aquello que permanece a resguardo y también de aquello que se desvanece.

No hacen falta batallas que logren la emancipación de los pueblos; tampoco hazañas que se inscriban en las columnas conmemorativas de las naciones.

Bajo la lente de la literatura, de la poesía, cualquier mujer u hombre pueden hacer del recorrido propio un motivo de reflexión, de análisis, una estética de lo personal que recupera aquellos detalles minúsculos que son al final de cuentas los que emergen y se convierten en una forma de elevar lo personal al lenguaje universal.

John Banville hace, con esa suma de elementos, un retrato como podría ser cualquier otro, el de cualquier ser humano, sin portentos o efemérides colectivas, sin calendarios cívicos o globales, en un tiempo en el que los “días mundiales” pretenden unir lo disperso en torno a motivos que si bien nobles o incluso necesarios, no alcanzan a develar lo que de individual se esconde en cada celebración.

Lo que evoca su obra El mar, en cambio, es la vida común, la historia sencilla y cotidiana: recuerdo de la existencia en el momento de comprender que, si bien la muerte no se acerca aún, poco a poco se instala como una presencia tenue para anunciar su inevitable llegada. Y es entonces cuando se comienzan a rememorar episodios y pasajes, circunstancias e instantes, fragmentos dispersos y enmarañados que encuentran su hilo común en la decisión de tejer con delicadeza y cuidado la narrativa personalísima de la propia historia.

Y es precisamente el mar ese elemento que enmarca un presente fugaz y un pasado de permanencias.

Si la lluvia, como quería Borges, es algo que ocurre en el pasado, el océano se torna en cada página ese ayer de permanencias y ese hoy que en la playa de las horas se estrella contra una arena que recibe indiferente todo aquello que transcurre: misterios del tiempo, el enigma irresoluto que hace nacer ciencia y religiones.

En ese escenario marítimo, los sentimientos de la infancia se tornan puntos de partida para convertirse en lo que en su momento no se sabe terminará por ser amor, nostalgia, tragedia, desprecio, amanecer de la juventud que se aferra a los cuerpos y los rostros que marcarán el destino.

Sentimientos que se descubren y dominan para luego relajarse y contenerse, transformarse mediante la alquimia de los años en objetos, en lugares, en estampas que vuelven cuando se decide abrir la puerta o recorrer los caminos que conducen a donde, mediante la operación de la memoria, las cosas se desdoblan y dejan libre el pasado que contienen.

Entretanto, las olas siguen una tras otra su curso inevitable y afortunado.

Ese mar, empero, no es el de los soles que nacen en las mañanas húmedas y cálidas sino más bien ese astro del norte, tímido y opaco, rodeado de nubes y brumas, borrasca y niebla que de vez en cuando se distienden para dar paso a un fulgor que ilumina por un momento y pasa al siguiente a ser de nueva cuenta sombra, el reverso de la luz.

La enfermedad se instala entre los seres queridos, como consecuencia inevitable del desgaste que deja tras de sí el propio tiempo.

El anuncio de lo inevitable termina por ser lágrima salada que no alcanza a distinguirse en medio de tanto mar.

Y entre párrafo y párrafo, el presente y el pasado construyen ese juego que convierte el futuro en incertidumbre, en donde la existencia boga en el vaivén del azar sin certeza de las costas que podrán alcanzarse; no obstante, permanece la intuición de que, así como detrás de las nubes hay un astro, tras ese andar entre mares terminará por aparecer la línea de la tierra, la continental o la de una isla, grave diferencia pero sutil identidad cuando lo que urge es cesar la ruta y alcanzar algún destino.

John Banville recupera así, con una prosa donde la poesía y la narrativa se funden para construir un lenguaje nuevo, la maravilla de lo particular, en donde el nombre preciso de una planta, el color que se describe a través de la metáfora o el sentir que se expresa mediante comparaciones refinadas, son los elementos de un estilo que es homenaje a la trascendencia del individuo y lo abstrae de la especie, para mostrar la inmensidad, el misterio y la complejidad que somos, aunque nadie lo sepa, aunque sólo nosotros seamos testigos de ese monumento íntimo que se llama vida.

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