Malacopa: los estragos del alcoholismo
Publicada el Vie, Sep 21, 2018

 

Por Mabel Salinas.

 

Es más que sabido que la injerencia de alcohol lleva a hacer desfiguros, cosas sin pensar y desata las inhibiciones, por lo que uno podría comportarse de forma muy distinta a lo usual o “atreverse” a hacer aquello que agoniza. Bajo esta premisa llega Malacopa, calificativo generalmente destinado a quienes con el consumo de este tipo de bebidas interfieren con el buen humor fiestero.

Ése es el caso de Mateo Pino (Luis Arrieta), un joven arquitecto de talento prometedor. Sin embargo, su desempeño laboral, social y romántico se ve afectado por su apabullante timidez; es tan incapaz de hablar en público o con las chicas que un importante proyecto podría caérsele por la borda.

Para su falaz fortuna, encuentra una “pachita” que perteneció a su padre y gracias a ella encuentra el valor para sobresalir, decir lo que piensa y llamar la atención. Cada vez que toma de la cantimplora mágica el fenómeno que sufre se materializa físicamente, pues Luis Arrieta y su aletargado Mateo desaparecen y entra en acción Luis Ernesto Franco, Malacopa, su otro yo, quien actúa arrebatadamente y sin cuestionamientos morales. En un principio, estos comportamientos hacen que Mateo finalmente sobresalga, pero paulatinamente se convierten en un lastre social y emocional.

Como en toda adicción, las apariciones de Malacopa se vuelven más problemáticas, pero la necesidad de Mateo por acudir a la ayuda de su contraparte va al alza. A la par de estos conflictos, el filme de Armando Casas presenta otras subtramas donde recae el conflicto: una con el mejor amigo de Mateo, David (Héctor Kotsifakis), y otra que involucra a su jefa (Ayami Nisisaki). Es esta última la que desvirtúa por completo el filme, pues involucra crímenes, amenazas y boicots que se empeñan por trasladar la comedia al género de la acción mientras distraen del eje principal.

Cuando Malacopa arranca luce interesante a primera vista por la manera en que se retrata el alcoholismo, ya sea a través de toques fantásticos o con elementos de doble personalidad como en filmes de terror psicológico, sólo que en el marco de una comedia. Las apariciones de Luis Ernesto Franco son hilarantes en un principio por el carisma y personalidad que el actor proyecta en cada escena. En contraparte, en las de Arrieta el motor del filme se apaga, hay menos ritmo y revolución por la timidez de su personaje, cuyo comportamiento pusilánime y soso llevan la trama al extremo de la inacción.

Pero el guion conduce las intervenciones de Malacopa a excesos tales que pierden verosimilitud y trastocan los buenos esfuerzos iniciales. Se entiende que es un retrato apegado a lo que sucede cuando el consumo de alcohol se desborda y causa estragos en todos los niveles de convivencia, pero las situaciones que rodean al personaje rompen con el tono planteado y tampoco amalgaman con finura el romance entre la comedia y la acción. Las subtramas de los personajes secundarios se vuelven caóticas, risibles, desordenadas y hasta predecibles.

Es encomiable el esfuerzo de Casas y su equipo por hablar del alcoholismo desde otro frente: no en un sórdido drama donde el personaje sea despojado de todo, de sí mismo, sus posesiones, éxitos y quienes lo rodean, sino desde una perspectiva amena e hiperbolizada (aunque se sale de las manos). Pese a sus imperfecciones, Malacopa tiene la intención de resaltar la importancia del punto medio, del equilibrio, aunque las adicciones son más difíciles de erradicar que con un simple propósito o por capricho de un guion. Se necesita una férrea voluntad.

Mabel Salinas es Directora Editorial de enlaButaca.com y colaboradora de Cine Premiere.

@mabsalinas @EnLaButaca

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