Luis H. Álvarez: de habitante a ciudadano
Publicada el Vie, Mar 17, 2017

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Por Javier Brown César.

Luis H. Álvarez fue distinguido integrante de una generación que recibió las enseñanzas directas de don Manuel Gómez Morin. El fundador de Acción Nacional invitó personalmente a don Luis a ser candidato a gobernador de Chihuahua en 1956, con lo que llevó a un exitoso empresario a la arena política. En sus reflexiones sobre la fecunda relación con quien fuera uno de los Siete Sabios de México, nuestro segundo candidato a la Presidencia de la República recuerda una vivencia que lo dejó profundamente marcado:

“Recuerdo aquí alguna opinión de don Manuel Gómez Morin: la vida es en efecto para vivirse, pero eso no quiere decir que aquél que tenga recursos pueda comer tres veces al día y se desentienda de los demás. Hay que pensar más bien en aquellos que no tienen ni para comer una vez. Y que andan viendo a ver qué pepenan en la calle. Y eso me llegó, me llegó. Para mi Gómez Morin fue un segundo padre, él hizo de mí, o trató de hacer de mí, un ciudadano. Antes yo era un habitante común”.

Si bien el siglo XX se caracterizó por oleadas recurrentes de democratización en todo el mundo, también estuvo marcado por el abandono gradual de la actividad política por parte de una gran cantidad de personas. Servicios que antes eran provistos de forma privada como la educación, la salud e incluso las bolsas de empleo, se delegaron a la actividad estatal; los espacios públicos constituidos por la sociedad civil se dejaron en manos de las administraciones públicas. Se dio así un repliegue ciudadano de la actividad política que, por un lado quedó en manos de las instituciones estatales, y por el otro, fue colonizado por lo que hoy día se llama la “clase política”.

La ciudadanía es una función sustantiva de la democracia y no una calidad que se obtenga con la mayoría de edad, y menos una concesión de las constituciones y los sistemas electorales. El ciudadano, lo ha dicho Carlos Castillo López, es quien se preocupa por lo que pasa afuera de su casa. Hay así un paso fundamental que debe darse y que consiste en dejar de ser sólo habitante para llegar a ser ciudadano pleno. En una entrevista, Luis H. Álvarez expresaba así el problema del déficit de ciudadanía: “La política es polis, ciudad, comunidad… Yo creo que hay mexicanos interesados en que su país mejore, pero creo que lamentablemente componen una minoría”.

Quizá somos en buena medida culpables de la descomposición de la política que se ha dado en nuestro país, al renunciar a nuestros deberes ciudadanos, en aras de una actitud cómoda y expectante. Esperamos que los problemas públicos los atiendan y resuelvan otras personas, y renunciamos así a nuestra responsabilidad primordial de hacer algo más que garantizar la prosperidad y la tranquilidad de nuestras familias. Estamos sujetos a un dilema: o practicamos una ciudadanía esporádica que sólo se manifiesta cada vez que hay que votar o somos parte de una cultura generalizada de la queja, la denuncia y la manifestación, que se basa en la convicción de que los problemas públicos no son competencia de la ciudadanía, sino de los gobernantes.

La delegación de toda capacidad de respuesta a las autoridades es una forma más de renuncia a los deberes que deben ser asumidos de forma personal y decidida. Nuevamente, Luis H. Álvarez lo expresaba con claridad y sencillez: “la patria no se hace en ausencia de ciudadanos. La cultura de la queja y de las lamentaciones no lleva a ninguna parte. Para lograr los cambios que en el ámbito social se requieren, es necesaria siempre la participación, la concurrencia de hombres y mujeres dispuestos a cumplir plenamente sus deberes y a ejercer sus derechos ciudadanos”.

La calidad ciudadana no se debe basar sólo en el sufragio esporádico, es antes que nada un compromiso activo y responsable con los asuntos públicos; es la decisión soberana de participar, de asumir el imperativo ético de controlar a las autoridades, la determinación de forjar la capacidad reflexiva basada en la crítica fundamentada y la disposición a formar una opinión pública robusta y articulada. La política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos, es una actividad noble y superior que nos compete y convoca a todos.

El discurso antipolítico que predica que la política es corrupción y suciedad, degrada una actividad fundamental y daña severamente la vida de toda democracia, porque incita a la renuncia a la vida política y al abstencionismo electoral. Ya lo decía Luis H. Álvarez al hablar de: “el angelismo de quienes por preservar lo que suponen es una existencia personal sin mancha, ven con asco la actividad política y optan por dejarla a quienes suponen “malos”. A ellos se refirió don Efraín González Luna como a los cantores de un “estribillo imbécil” –el de “yo soy honrado, no me meto en política”–, que deja fatalmente las tareas del bien común en manos de quienes ni siquiera se plantean el problema, y produce hombres políticos que renuncian a todo cuestionamiento moral y trágicamente conducen a los países por los senderos que ya conocemos, hasta despeñarlos en el cinismo, en la mentira, en el mal común”.

El abstencionismo no es sólo electoral, es ante todo de los fundamentales deberes políticos; a la postre produce servidores públicos que medran con la miseria y lucran con los recursos estatales: “La burguesía burocrática, esa “nueva clase” de funcionarios que de los mexicanos sólo esperan sumisión y pago de impuestos, se ha ido enseñoreando del país y genera una manera de pensar, de expresarse y de vivir cada día más lejana de aquélla que los mexicanos recibimos de nuestros padres y deseamos enriquecer para transmitirla a nuestros hijos”.

Si hoy nos quejamos porque hay corrupción institucional rampante, también debemos ser conscientes de que con nuestras actitudes hemos abandonado las prácticas ciudadanas tradicionales: resolver en común problemas comunes, discutir de forma informada, participar en asociaciones y dar parte de nuestro tiempo para construir y fortalecer el tejido social.

Ante la “cultura de la impunidad, del oportunismo, del triunfo material sin parar en consideraciones superiores, de la idolatría del poder económico y político… Acción Nacional opone otra diversa y mejor: la cultura de la solidaridad y de la participación, de la conciencia moral y de la responsabilidad”. Formar ciudadanía es hoy el gran reto de los partidos que promueven, practican y defienden la democracia, es el gran reto de Acción Nacional. Como escribió Luis H. Álvarez en su editorial de La Nación del 15 de julio de 1987: “Contribuir a vertebrar y a dinamizar a la sociedad civil es una de las obligaciones más importantes de los mexicanos, hasta por elemental legítima defensa. No desperdiciemos nuestra oportunidad para trabajar en ello”.

 

Twitter: @JavierBrownC