Los retos del Papa Francisco en América Latina
Publicada el Vie, Ene 26, 2018

Por Miguel Ángel López Lozano.

En unos días, el Papa Francisco inicia su sexto viaje a Latinoamérica con las miras puestas en Panamá, a donde acudirá en enero del próximo año para celebrar, junto a varios millones de jóvenes de todo el mundo, la trigésimo cuarta Jornada Mundial de Juventud, que recientemente pudimos vivir en Brasil.
En esta ocasión, el Santo Padre ha escogido como destinos Chile y Perú, países de profundas raíces cristianas que aquejan las mismas amenazas: la falta de formación doctrinal de sus fieles, la falta de un testimonio fiel y robusto de la Iglesia Católica, salpicada en algunos casos por escándalos grotescos, y el creciente número de sectas cristianas que se han ido abriendo hueco en el continente aprovechando la falta de fidelidad de sus pastores ordinarios. No hemos de olvidar la aún breve, pero incipiente secularización de la sociedad latinoamericana, en parte, fruto de la cargada erotización de la sociedad. Resulta llamativo que los hits del momento en Latinoamérica sean canciones de alto contenido sexual entonadas por cantantes muy jóvenes.
Realizando un brevísimo diagnóstico y falto de la profundidad que merece la cuestión, podemos avanzar que la célula básica de la sociedad, la familia, en donde los jóvenes reciben la formación elemental y los valores que regirán su devenir, está pasando por un momento muy delicado, sufriendo uno de los mayores ataques desde hace años. El relativismo ha impuesto que el todo vale sea igual de válido para la familia, lo que provoca que el porcentaje de divorcios en Latinoamérica, aún alejado de los elevados índices europeos cercanos al 70 por ciento, tienda a converger en próximas décadas.
Por todo ello, a pesar del llamado del Santo Padre a la Reconciliación y a la nueva evangelización en la Misericordia Divina, se hace necesario reforzar el mensaje de la Familia como única valedora del desarrollo íntegro de la persona. Si queremos que nuestros pueblos crezcan fuertes y robustos, es necesario que se sienten sobre raíces profundas, y para ello se debe volver a lo más básico y elemental, lo que nunca falla.
En otro orden de cuestiones, el Santo Padre viaja mientras se vive una grave crisis institucional en los países de la región con motivo de los escándalos de corrupción sangrantes que sacuden de norte a sur todos los países de Latinoamérica, teniendo al gigante brasileño Odebrecht como denominador común. La corrupción es uno de los males endémicos de Latinoamérica que, ayudado de la informalidad, hacen que se haya normalizado en el comportamiento de los ciudadanos, y se haya instalado como herramienta básica en los procesos de adjudicación en contratación pública.
Como hemos dicho en otra ocasión, la corrupción daña gravemente el desarrollo económico, social y político de los países que afecta, es el cáncer de las sociedades modernas. En primer lugar, porque cuando se favorece a una empresa a cambio de una mordida, el usuario final recibe una opción peor y más cara, dado que el costo de la corrupción se suma al precio final; en segundo lugar, se daña gravemente la sana competencia que rige el libre mercado bajo la competencia en precio y calidad, puesto que la adjudicación de contratos dependerá de una decisión viciada que evitará que entren nuevos players en los mercados mejorando la competitividad y a la larga la productividad, y en tercer lugar, daña a la sociedad porque la corrupción, al igual que cualquier enfermedad contagiosa, se extiende viciando toda conducta y relación entre las personas.
El Papa Francisco tildó la corrupción como “un mal más grande que el pecado”. Pero al mismo tiempo, afirmaba que “sin embargo, el Señor no se cansa de llamar a las puertas de los corruptos. La corrupción no puede contra la esperanza”. La tolerancia cero que se marca frente a otros males que acosan la sociedad debe ser replicable a este fenómeno que desvela las miserias más íntimas del ser humano: codicia, avaricia y egoísmo. No es tarea fácil, se trata de todo un reto generacional que ha de transformar una conducta que en algunas relaciones se ha llegado a normalizar fruto de una práctica cotidiana.
El viaje del Papa Francisco supone una oportunidad para recordarle a nuestros gobernantes que la política no es un fin en sí misma, sino un medio para lograr aplicar el Bien Común en sus naciones. #UnidosporlaEsperanza.

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