Lo trágico, lo inevitable
Publicada el Vie, Sep 21, 2018

Por Carlos Castillo.

La Grecia clásica tuvo en la tragedia su mayor expresión artística: héroes representados en escenarios, sometidos a enfrentar su destino, atribulados por su condición imperfecta y confrontados frente al designio divino.

En ocasiones, la propia ayuda que los dioses brindan a los humanos propicia auténticas confrontaciones entre los olímpicos, quienes replican las luchas que se desarrollan en la tierra y determinan el resultado final de la historia.

En otras, al contrario, y siempre a través del coro –ese genial recurso para introducir una tercera voz que está más allá de los actores–, los lamentos se elevan para clamar ante una situación inevitable: no importa cuánto se esmere el protagonista, su devenir está decidido por fuerzas superiores y no habrá nada que pueda hacerse para evitarlo.

Eurípides y Sófocles fueron los grandes autores trágicos de aquella época, y a través de su obra puede trazarse la trama de la mitología griega, de la historia antigua de Atenas pero, ante todo, del ser que se encuentra sometido a un azar que escapa a su voluntad, que irrumpe cuando menos lo espera y se torna la fuerza contra la que se intenta combatir, siempre con la certeza de que el resultado de la gesta será la derrota de quien, casi siempre ignorándolo, ha atentado contra una orden celestial y debe someterse a sus designios.

A lo largo de la historia del arte, los temas que trató la tragedia griega han inspirado nuevas interpretaciones y adaptaciones, ya sea desde la dramaturgia o también a través de la poesía, la pintura y la música; la vigencia de esas historias, que nacieron entre los siglos quinto y cuarto antes de nuestra era, se encuentra siempre latente porque logra hundirse en las raíces de la condición humana, retratarla y representarla más allá de épocas y situaciones históricas, condiciones sociales o culturas: la capacidad helena de abarcar lo universal y transformarlo en historias particulares es quizá el mayor logro de los artistas de ese tiempo.

El eterno retorno griego es el trasfondo, así, de la novela más reciente del Nobel de Literatura Orhan Pamuk, La mujer del pelo rojo (Random House, 2018), historia que se desarrolla en Estambul y sus inmediaciones durante los siglos XX y XXI, donde un oficio milenario –el de cavar pozos– es el móvil para describir a un país que se combate entre la tradición y la modernidad, a caballo entre una historia milenaria y un presente en tensión desde la tradición religiosa y familiar, los avances tecnológicos y las culturas de Oriente y Occidente.

Y es esa tensión la que, de igual modo, se plasma en el relato que protagoniza Cem, abandonado por su padre, criado entre vicisitudes por su madre, quien durante un periodo vacacional viaja para iniciarse en el arcaico arte de hallar agua bajo la tierra, cavar a pico y pala donde se intuye habrá un afluente y dotar de prosperidad a regiones donde la sequía condiciona y rige la vida.

En las afueras de un pequeño poblado, aprendiz y maestro pasan días y noches en compañía, estableciendo un vínculo paterno-filial que se rompe cuando un accidente hace huir al joven de vuelta al hogar materno.

Entretanto, el hallazgo de un grupo de teatro y, entre sus actores, de una mujer adulta, es la puerta por la que el adolescente descubre el amor, la soledad, los celos, la pasión y, ante todo, su propio destino: el que marcará el resto de sus días sin saberlo, sin siquiera intuir que décadas después, cuando la riqueza recompense una vida de esfuerzo, llega para recordar que una historia interrumpida por uno de sus protagonistas se sigue escribiendo por el otro, hasta que un azar marca el punto de encuentro donde confluyen las líneas de dos existencias separadas.

La maestría narrativa de Pamuk logra unir la tragedia griega Edipo Rey, de Sófocles, con su paralelo oriental, el Libro de los Reyes, del poeta persa Ferdousí, y esa suma es asimismo reflejo de un país –Turquía– que es para la historia de la humanidad frontera entre dos tradiciones, lugar de intercambio y suma, de oposición y asimilación.

La obra es también la recreación de ese destino que, en la ladera oeste, lleva al protagonista a matar a su padre, y por el lado este, hace lo propio con su hijo, sin voluntad ni premeditación de cometer un crimen, fruto de circunstancias impredecibles y desconocidas, que se abren paso una tras otra como el caudal de agua subterránea que, de pronto, sale a la luz por el esmero de quien buscaba un manantial para dar vida, y halla en esa búsqueda las razones que terminan por conducir a la muerte.

Tragedia inevitable, de final conocido porque esas historias nos acompañan y conocemos su desenlace, pero que mantiene al lector en vilo a sabiendas de cuál será el final. La técnica de Pamuk es un gozo para el lector; La mujer del pelo rojo, un traer al presente la literatura clásica desde sus temas más complejos y sentidos, así como la oportunidad de comprobar cuánto de azar puede alterar el más sólido de los destinos.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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