¿Legitimidad histórica?
Publicada el Vie, Jul 20, 2018

 

Por Fernando Rodríguez Doval.

La contundente victoria de Andrés Manuel López Obrador ha dado pie a un nuevo sistema de partidos. Del tridente partidista que hegemonizó la política mexicana durante los últimos treinta años, parece que sólo quedará en pie el PAN, el cual conservará doce gubernaturas, cientos de presidencias municipales y representativos grupos parlamentarios en la Cámara y en el Senado. Por el contrario, el PRI y el PRD parecieran destinados a desaparecer en medio de la marea morenista, la cual hace tan sólo tres años prácticamente no pintaba en la política nacional. Así, todo parece indicar que Morena y PAN serán los dos protagonistas del nuevo bipartidismo mexicano.

Este nuevo sistema de partidos bien podría convertirse, también, en un nuevo sistema político. El virtual Presidente electo habla con insistencia de una “cuarta transformación” en la historia de México. Aquí vale la pena detenerse a reflexionar.

Desde la visión histórica de López Obrador, en buena medida inspirada en la historia oficial que durante décadas ha contaminado la mente de los mexicanos, nuestro país ha atravesado por tres grandes etapas transformadoras. La primera es la Independencia, encabezada por Miguel Hidalgo y Costilla y que permitió la emancipación nacional respecto a España; la segunda es la Reforma liberal del siglo XIX, en la que Benito Juárez fue su máximo exponente y que propició la modernización y consolidación del Estado mexicano, y la tercera es la Revolución iniciada por Francisco I. Madero en 1910 y que supuso un gran cambio de tipo social. La cuarta etapa transformadora será la que se empezará a vivir una vez que Andrés Manuel López Obrador asuma la Presidencia de la República en diciembre de este año.

Lo primero que llama la atención de este relato es la visión mesiánica del próximo Presidente de México. López Obrador no se ve a sí mismo como un político con limitaciones, virtudes, cualidades y defectos que debe estar en todo momento sometido al contrapeso de las instituciones y del Estado de Derecho. No. López Obrador se concibe nada más y nada menos que como el sucesor legítimo de Hidalgo, Juárez y Madero. Imagina su nombre escrito con letras de oro en los frontispicios legislativos y su dibujo engalanando los murales de los principales edificios públicos.

Por eso, en estas semanas hemos visto a un líder hiperactivo, que sin mayor debate social ni análisis técnico anuncia decisiones ya tomadas de antemano: que si se crearán “coordinaciones estatales”, que si se descentralizarán las dependencias del Gobierno federal, que si se reducirá drásticamente la burocracia, que si se transformarán Los Pinos en un museo, que si se eliminará al Estado Mayor Presidencial, que si se hará una consulta popular sobre el nuevo aeropuerto, que si se…

Esta visión es incompatible con la democracia. Así de sencillo y así de grave. Toda vez que el Mesías es un enviado divino para la salvación de un pueblo, cualquier obstáculo que se encuentre en su camino debe ser removido. La fatalidad histórica lo ha puesto ahí, por lo que merece el poder total para llevar a cabo su empresa de salvación y transformación.

No es casualidad que ni la Independencia, ni la Reforma ni la Revolución hayan dado origen a un régimen democrático. Todo lo contrario. Los Estados que surgieron de esos tres movimientos estuvieron tentados por la figura de la unanimidad y no vieron con buenos ojos a la diversidad política y social, por lo que la legitimidad de la oposición quedó al arbitrio del grupo en el poder. Las largas dictaduras de Porfirio Díaz y del Priato apelaron a la historia para justificar su poder cuasi absoluto.

De ahí la urgente necesidad de repetir y repetir que este país, como cualquier otro que se precie de ser democrático, necesita contrapesos y equilibrios en el ejercicio del poder. Sería un retroceso de enormes dimensiones volver a un presidencialismo con rituales y ritos sagrados, en el que se alineen acríticamente los demás actores políticos y sociales, en donde los medios de comunicación se autocensuren y en donde exista un partido paraguas en el cual quepan todas las “fuerzas vivas” de la sociedad que tengan como común denominador la lealtad total al líder transformador. Varios de esos síntomas se han presentado a solo unas semanas de la elección del pasado 1 de julio.

López Obrador debe entender que su legitimidad no está en la historia de México, sino en el voto masivo de los mexicanos. Fincar un mandato en la historia a partir de interpretaciones simplistas y maniqueas es tremendamente peligroso. Es propio de regímenes autoritarios, no democráticos, y justifica prácticamente cualquier acción –y abuso— del gobierno.

Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones con una votación incuestionable, fruto de un hartazgo ciudadano que llevaba muchos años incubándose y que explotó tras la catastrófica gestión de Enrique Peña Nieto. Su gran reto es dejar de lado tentaciones demagógicas y autoritarias, y canalizar ese hartazgo por la senda institucional y del respeto a la pluralidad y los derechos de todos. De no hacerlo, sin duda será peor el remedio que la enfermedad.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval

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