Le Clézio: cruce de mundos narrativos
Publicada el Jue, Jul 20, 2017

le clezio

Por Carlos Castillo.

Como punto de encuentro entre culturas, la literatura ofrece un espacio donde las diferencias conviven, lo opuesto se cruza y lo plural se conjuga en historias que, reales o fantásticas, son capaces de reunir en un solo tomo lo más variado y disímil de mundos que vencen fronteras para integrarse en el libro, en la obra.

Esta suma se logra ya sea a través de personajes universales, de descripciones que a partir de un lugar específico podrían a su vez remitir a cualquier zona del orbe, o de situaciones que por partir de la naturaleza humana son las mismas para cualquier mujer u hombre a lo largo y ancho del Planeta. La condición es pues la capacidad de ser universal, de aprehender lo común para convertirlo en una individualidad donde se funde lo que es de todos.

Jean-Marie-Gustav Le Clézio, Premio Nobel de Literatura en 2008, es uno de esos autores que logran esta condición de universalidad desde un plano donde la fantasía cobra un lugar primordial, cosa no del todo habitual en las letras contemporáneas, mucho más enfocadas a describir situaciones donde lo urbano, lo histórico o lo autorreferencial tienden a predominar como ejes narrativos.

Y lo logra, sobre todo, a través de la incorporación de tradiciones narrativas que abren la puerta a la experiencia como lo hace la oriental, donde la moraleja busca ser ejemplo de estilo de vida; donde, también, el entorno natural y su descripción precisa y exhaustiva son escenarios para que la acción del hombre compruebe y eleve a un plano superior aquello que, a través de los sentidos, se abraza y transforma para siempre la percepción de aquello que nos rodea.

Mondo y otras historias (TusQuets Editores, 2010) es una obra en la que esa naturaleza cobra un protagonismo sublime, tal como lo hiciera el romanticismo más tradicional, donde el ser es abrumado y casi incorporado como un elemento más del paisaje, y donde la acción de lo moderno corrompe y desencaja lo que en su estado virginal mantiene la pureza de lo jamás visto, y que al momento de toparse con los ojos ofrece la maravilla del encuentro primerizo, de la sorpresa ante el hallazgo, de la capacidad de descubrir en un paisaje forestal o marino el milagro de lo que late más allá de la percepción desgastada por el uso de la costumbre.

En Le Clézio todo es esa primera impresión constante. Los sabores y aromas que se extraen de las plantas impregnan con su descripción las páginas del cuento que da nombre al libro, donde el personaje principal elige siempre los espacios vacíos, sin gente, y huye de las calles de poblados donde la concurrencia es amorfa, presencia que estorba y se mira con desdén. Lullaby, personaje del cuento homónimo, se paraliza ante un mar que tiene voluntad propia, que es él solo lo más importante e incluso sacrifica las obras humanas en nombre de reivindicar y extender su territorio.

Quienes, por otra parte, jamás han tenido ese contacto íntimo con la naturaleza, son seres que dejan todo atrás con tal de acudir a su encuentro, y en ese desprendimiento las pérdidas no obstante no son jamás equiparables con lo que se obtiene a cambio: mundos donde lo submarino y lo que habita en la transparencia del aire son perceptibles y llegan a confundirse en la prevalencia del azul, bajo una luz solar que ciega no para impedir la vista sino más bien para abrir puertas a cosas que no alcanzaban antes a percibirse (“El que nunca había visto el mar”).

Un acantilado se convierte así, bajo el título “Hazarán”, en una cúspide donde seres imaginarios (o no) hablan desde voces audibles sólo a quienes son capaces de atender en silencio absoluto las palabras el viento; peñasco donde la piedra es infranqueable por su origen de fuego y lava, pero que es capaz de ceder al embiste inmemorial de una marea que sin prisa alguna entiende su labor leve de acariciar hasta deshacer lo que parecería sólido hasta la eternidad.

Los mundos narrativos de Le Clézio pueden hallar su raíz en el Oriente milenario, pero a su vez se enriquecen con esa tradición romántica alemana o inglesa, sumando además lo que de este lado del Atlántico y el Pacífico podría considerarse la cosmogonía indígena, donde un orden secreto aglutina la dispersión de elementos en un solo ciclo, en una única visión de la que cada parte es crucial a un todo inseparable: mundos narrativos que se integran y expanden en cada página que se abre, nueva, a lecturas renovadas y siempre originales.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común. Twitter: @altanerias