Las lecciones francesas
Publicada el Jue, Abr 26, 2018

Por Fernando Rodríguez Doval.

Fue en septiembre de 2008 la primera vez que un Presidente de Francia, en aquel entonces Nicolás Sarkozy, intentó recomponer el vínculo entre el Estado y la Iglesia Católica, profundamente lastimado desde la revolución de 1789 que convirtió a la nación gala, considerada hasta entonces como la hija primogénita de la Iglesia por la conversión del rey Clodoveo en el siglo V, en la cuna del laicismo más recalcitrante e intolerante. Hace diez años, durante la visita de Benedicto XVI, Sarkozy abogó por “una laicidad positiva, que respete, que dialogue, que una, y no que excluya ni que denuncie”.

Diez años después, ha sido otro Presidente francés, Emmanuel Macron, el que ha insistido en lo anterior. En un encuentro con Obispos a principios de abril, Macron se pronunció a favor de un diálogo entre el Estado y la Iglesia, defendió las raíces cristianas de Francia y Europa –enfatizando no sólo la raíz católica, sino la savia católica “que debe contribuir una y otra vez a la vida de nuestra nación”- y reconoció las aportaciones que los católicos han hecho para el fortalecimiento de la nación. Pero, además, Macron hizo una definición programática de enorme envergadura: la laicidad, dijo, no tiene como función negar lo espiritual a cambio de lo temporal ni extirpar de nuestras sociedades la parte sagrada que nos nutre tanto de nuestros conciudadanos, sino que su función es asegurar que todos tengan la libertad de creer o de no creer. Así, laicidad y libertad religiosa van de la mano.

Reflexiones similares hizo dos siglos atrás otro destacado francés, Alexis de Tocqueville. El filósofo enfatizaba que los buenos cristianos suelen ser también buenos ciudadanos, porque difunden valores sin los cuales una sociedad no podría funcionar, como la solidaridad, el amor al prójimo o el apoyo al desvalido. Siempre en un marco claro de respeto entre lo que corresponde al ámbito temporal, es decir, el Estado como autoridad política, y al ámbito espiritual, o sea, las iglesias como autoridades religiosas.

Consideraciones como las difundidas por el Presidente Macron adquieren un sentido muy particular en el caso de México, en donde en dos meses se llevarán a cabo elecciones presidenciales y en donde se padece una inédita situación de violencia que ha alcanzado niveles de crueldad inimaginables.

Así lo han entendido los Obispos mexicanos. En un reciente mensaje, titulado Transformar con responsabilidad y esperanza, se comprometen “a animar e impulsar con imparcialidad la participación ciudadana durante este proceso electoral; invitamos a los partidos políticos, a los candidatos independientes y toda la ciudadanía a sumar esfuerzos para que prevalezca la propuesta y el compromiso por la transparencia, la legalidad, la honradez, la equidad, el dialogo, y la verdad, y evitar la mentira, el fraude, la coacción, la simulación, la violencia, el engaño a los pobres con dádivas pasajeras y todo lo que desvirtúe la democracia de cuya construcción todos somos responsables. Queremos contribuir a un diálogo nacional en el que se escuchen todas las voces, especialmente de aquellos y aquellas que sufren violencias e injusticias. Proponemos un diálogo abierto y propositivo entre los candidatos y la sociedad para lograr una agenda que se convierta en proyecto de gobierno”.

En ese diálogo, que es la esencia de una democracia deliberativa, las religiones juegan un rol fundamental. No deben mezclarse las cosas del César y las cosas de Dios, pero tampoco pueden sobrevivir en una dialéctica permanente. Las religiones, desde su ámbito, pueden aportar los elementos éticos necesarios para que se pueda desarrollar una vida social en paz y en concordia, además de dar respuestas a esa aspiración permanente de las personas por encontrar un sentido a su vida. El Estado no debe buscar imponer creencia alguna –llámese religión o ideología—, pero tampoco debe buscar desterrar de las personas la noción de lo sagrado, como si la religión fuera una anomalía que debe desaparecer.

A diferencia de la laicidad, que respeta y garantiza la libertad para creer o no creer de todos los ciudadanos, el laicismo se presenta como una filosofía moral totalizadora y excluyente. El laicismo pretende erradicar del espacio estatal y público cualquier expresión religiosa, partiendo de la premisa de que la religión puede ser una potencial fuente de conflicto entre los ciudadanos, por lo que su manifestación pública debe ser limitada y acotada.

Las lecciones francesas aportan luz a Occidente en general, y a nuestro país en particular. Bien aplicadas, pueden hacer enormes aportaciones para una convivencia plural, democrática, justa y solidaria.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval

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