La voz de los vencidos: contra el pensamiento único
Publicada el Jue, Jul 23, 2020

Por Carlos Castillo.

La creación de imperios durante la Antigüedad fue un proceso siempre complejo, bélico por una parte, pero también cultural: de la espada que se imponía para dominar territorios y pueblos, a la nueva civilización que se construía con la suma de tradiciones viejas y costumbres nuevas, en una amalgama que forjó la historia de la humanidad.

La épica de las conquistas bélicas ha sido así la manifestación de una tendencia que aparece en los albores de la Historia y perdura hasta principios del siglo XXI, cuando incluso la democracia se utilizó como motivo para emprender guerras, conquistas y ocupaciones, ahí donde antaño las causas que impulsaron el sometimiento de una cultura a otra fueron el territorio, la riqueza, la religión, la venganza… Argumentos para justificar y promover diversas formas de colonización.

Y es precisamente el recuento de esas conquistas el que configura la llamada “historia oficial”, la que escriben los vencedores, la que de acuerdo con toda una construcción filosófica –muchas veces generada a posteriori– justifica y vuelve incluso necesarias las más crudas atrocidades, matanzas o genocidios, invasiones y destrucciones, en el intento de demostrar por qué lo nuevo era necesario y en ocasiones hasta inevitable.

Al margen de esa historia oficial quedan, no obstante, los relatos que realizan quienes fueron dominados, la versión que cuenta el otro lado de una narrativa que es relegada y en no pocas ocasiones se pierde en la noche de los tiempos, o se conserva en fragmentos dispersos hasta que la revisión de la propia historia vuelve para rescatar aquello que permita configurar un mosaico donde vuelva a resonar la voz de los vencidos.

Este revisionismo histórico, cuando se realiza de manera objetiva y sin afanes revanchistas o agendas políticas, permite visibilizar a ese otro que quedó expulsado de las narraciones oficiales para de este modo devolverle su lugar en la propia cultura y, sobre todo, reconstituirle su propia dignidad humana: un lugar en el tiempo y el espacio, una valoración de sus aportes, un sitio en la propia historia de la humanidad.

El cristianismo fue, en su primera etapa, la fundacional, una fuerza conquistadora que pretendió borrar por completo la civilización que le precedió, lo que se ha llamado “el mundo clásico”, y que era una suma donde la Grecia antigua, la Roma republicana o la imperial, así como la etapa conocida como “el helenismo” reunían siglos de tradición, cultura y civilización. El camino para consolidar el imperio de la Iglesia católica no estuvo exento así de esas atrocidades que se realizan en nombre de una nueva idea, de un designio superior o de una iluminación personal o colectiva.

El relato de esa empresa bélica y religiosa lo realiza la historiadora Catherine Nixey en La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico (Taurus, 2018), que comienza con la destrucción del templo de Atenea, en Palmira, en el año 385, y concluye en Atenas, en el año 532, cuando los últimos integrantes de la Academia, fundada por Platón, abandonan la Atenas cuna de la democracia y la filosofía a causa de la intolerancia elevada a grado de ley que vedaba la enseñanza pública o privada.

En los entresiglos que llenan aquellos años, la autora recorre la expansión de aquel entonces nuevo credo, su moral, sus nuevas costumbres y sus nuevos arbitrios, hasta construir una cultura nueva sobre la decadencia del imperio romano, que inició en Oriente y avanzó con celeridad por el mundo antiguo, arrasando con todo aquello que permitiera evocar el pasado: templos, estatuas y ciudades; pergaminos, saberes y doctrinas; costumbres, tradiciones y memoria; credos, ritos y ceremonias.

El paganismo, nos dice la autora, quedó así no solo prohibido sino sobre todo eliminado, de manera que “cuando las persecuciones cristianas por fin terminaron, todo un sistema religioso se había borrado de la faz de la tierra”, ya fuera por exterminio de sus fieles, ya fuera por los rigores de edictos que llevaban a abandonar la antigua fe.

Queda fuera del estudio de Nixey, por desgracia, el rescate, preservación y reproducción de las fuentes clásicas que ya en esos primeros años, pero sobre todo durante la Edad Media, realizaron los propios filósofos y teólogos cristianos, y que se pudo conocer y difundir más adelante en las universidades, aunque lo cierto es que eso corresponde a una parte mínima del conocimiento acumulado durante siglos, y del que apenas sobrevivieron, salvo algunas excepciones, los textos, autoras y autores que coincidían o podían interpretarse desde el canon eclesial.

No obstante, La edad de la penumbra es una historia que retrata de manera clara a dónde conduce la intolerancia, el absolutismo del pensamiento, la religión impuesta como dogma: esos lastres que aún en nuestros días cobran vidas, atentan contra culturas y justifican las mismas barbaries en nombre del pensamiento único.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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