La visión de Estado de Manuel Gómez Morin
Publicada el Jue, Sep 21, 2017

Por Javier Brown César.

Miembro de una generación eje, Manuel Gómez Morin padeció en carne propia la turbulencia revolucionaria que aquejó al país desde que el fundador de Acción Nacional era un adolescente. Para Octavio Paz, “la Revolución Mexicana es un hecho que irrumpe en nuestra historia como una verdadera revelación de nuestro ser”. Para Gómez Morin significaba el encuentro con México: “Existía México… como país con capacidades, con aspiración, con vida, con problemas propios”.

El 14 de julio de 1919, en un artículo escrito para El Heraldo de México, el joven abogado oriundo de Batopilas, Chihuahua, criticaba acremente un defecto principal de los políticos revolucionarios, la falta de programa y de organización: “En nuestro país todo es fruto de la improvisación. Los políticos y los administradores, el ejército y los gendarmes, las leyes, los camiones, los sabios, las lecherías, los ferrocarriles, los paseos, los héroes, los cantantes, los fenómenos meteorológicos… Somos esencialmente improvisadores, notablemente improvisadores”.

En 1921, Manuel Gómez Morin escribía, desde Nueva York, acerca de la ingente necesidad de tener una visión de Estado: “necesitamos… tener un plan concreto, definido categórico de acción en la política interior y en la exterior. Que el gobierno sepa qué quiere hacer y cómo le va a hacer”. En su ensayo 1915, concluido en febrero de 1926, Gómez Morin oponía a la improvisación la técnica: “que no quiere decir ciencia. Que la supone; pero a la vez la supera Conocimiento de la Realidad. Conocimiento cuantitativo”.

El problema político era el principal en los tiempos posteriores a la Revolución. Por todas partes surgían políticos improvisados cuyo único afán era lucrar con los cargos públicos, medrar bajo la protección de un Estado que gradualmente había dejado de representar los intereses de la Nación, tal como Gómez Morin lo denunció en 1943: “el Estado es el común enemigo y el más temible; porque en vez de hacer justicia ha hecho subversión, y en vez de gestionar el Bien Común ha instaurado apetitos e intereses o pasiones parciales; y lo mismo abdica de su autoridad que la confunde con la violencia y la opresión; porque por largos años, en vez de expresar el ser nacional, se ha empeñado en negarlo y en desfigurarlo, por todo ello es preciso que la nación recoja y organice todas sus fuerzas para acabar con esa situación monstruosa y someter al Estado y simultáneamente darle plenitud altísima de misión que le compete”.

Los apetitos desbocados de la clase política de la época evidenciaban la degradación de la política a negocio, a medio para hacerse de privilegios, para lucrar con la miseria del pueblo y consolidar la riqueza de los amigos de los poderosos. Esta corrupción de la vida pública había sido denunciada por Gómez Morin en su mensaje a la Asamblea Constitutiva de Acción Nacional, al señalar que la vida pública: “ha sido tan frecuentemente una mera explotación del poder, una simple sucesión de luchas y traiciones entre los profesionales de esa explotación, que la mayoría ciudadana, la que conserva y se inspira en la verdadera tradición nacional, la que piensa, trabaja, cree y construye, no ha tenido otro contacto con la acción política que el de sufrir su violencia y sus exacciones. El grupo de hombres adueñados del gobierno, cada vez más alejado del interés nacional, se preocupa exclusivamente por la retención del poder mediante alianzas o complacencias exteriores disfrazadas de radicalismo, mediante la corrupción y el engaño a que se presta nuestra primaria democracia legal, o mediante el uso de la violencia física o de los medios múltiples de coacción que pueden usarse en nombre del Estado y burlando el derecho”.

Gómez Morin era un estadista y como tal alejado de los apetitos propios del poder. Su visión de Estado era la de quien pugnaba porque el poder encarnara las causas superiores de la Nación. De ahí que en los Principios de doctrina de 1939 se postulara que: “Sólo un Estado que sea verdaderamente nacional… puede tener la necesaria plenitud de autoridad, sin ser tiránico; ejercer ampliamente sus facultades de gestión, sin ser opresor, y cumplir su inexcusable deber de justicia, sin ser subversivo”.

Al defender su triunfo en el Distrito II de Parral en el Colegio Electoral, el 29 de agosto de 1946, Gómez Morin expresó las siguientes palabras luminosas: “Limpieza, amor y conocimiento. Reclama, sobre todo, libertad…Acción Nacional quiere que haya responsabilidad en la vida pública, que quienes manejan los dineros y los asuntos – más importantes que los dineros – de la Nación, rindan cuentas de su manejo; y lo podemos obtener a condición… de que esta Representación sea representación genuina del pueblo; de que quienes están aquí, no deban su permanencia en esta Asamblea al favor de un compadre o un amigo, sino al voto auténtico y verdadero del pueblo”.

El problema de la auténtica representación política, tan urgente y necesitada de atención en los tiempos de la fundación de Acción Nacional sigue vigente: la distancia entre autoridades y ciudadanía es cada vez mayor, el afán desmedido de enriquecerse ejerciendo cargos públicos es escandaloso, igual que lo es el apetito desbocado por buscar una candidatura sin un fin trascendente, solamente por el afán de poder y riqueza. Sin una visión de Estado y un programa de reforma política integral, poco se podía hacer en esos tiempos y poco se puede hacer hoy. Mientras la democracia no se convierta en método para el diálogo y el encuentro fecundos, en aras de construir un auténtico proyecto nacional, el Estado mexicano seguirá siendo una palabra hueca para millones de personas que cada vez creen menos en las promesas de políticos cuyo único afán es la conquista del poder por el poder mismo.

En su informe a la Asamblea General Ordinaria, del 11 de septiembre de 1944, Manuel Gómez Morin, al dirigirse al supremo órgano partidista, decía palabras que todavía hoy tienen vigencia plena: “Hemos tropezado con sistemas legales y administrativos pensados adrede para corromper la vida pública y hacer imposible el cumplimiento del deber político. Y con caciques, lidercillos, esbirros y pistoleros. Y con los obstáculos mayores que han sido la apatía y la desconfianza, fruto de tantos años de burla y de traiciones, de esfuerzos generosos desviados por el engaño o rotos por el fraude.

“Pero ciertamente estos… años acreditan el gradual crecimiento de una conciencia política, la superación de un abatimiento cívico que pareció mortal hace cuatro años; el vigoroso despertar, por encima de la propaganda pagada y a pesar de las deficiencias lamentables de los que deberían ser sus órganos, de una opinión pública; la conversión de lo que era solamente decepcionado apartamiento o nauseada repulsión, en una exigencia cada día más incontrastable, de cambio radical y verdadero de hombres, de procedimientos, de orientaciones en la vida pública. Una exigencia que nada podrá contener ya porque es justa y necesaria y porque es clamor nacional y porque el mundo nuevo que está naciendo la apoya y la reclama”.

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