La revolución de las mentalidades
Publicada el Mie, Mar 25, 2020

Por Javier Brown César.

Hoy las sociedades demandan de la política una auténtica vuelta de tuerca. Las personas están enojadas e iracundas. El miedo ante un futuro incierto, que resulta de la falta de oportunidades y la desigualdad planetaria, así como el afán de reconocimiento no atendido hacen perder la confianza. La inconformidad que se expresa como ira contenida no tiene ya un cauce institucional adecuado. Hemos llegado a un momento en la historia en el que es imprescindible emprender la tarea de cambiar de forma profunda nuestras normas, instituciones y hábitos.

El cambio, cuando es un mero artificio retórico o un afán personalista, se convierte en ficción y engaño. Los cambios impulsados desde arriba, desde las altas esferas del poder, suelen ser imposiciones desafortunadas que a la postre se muestran ineficaces y son fuente inagotable de desesperanza. Un Estado fuerte que no es acompañado por una sociedad igualmente fuerte, que le ponga frenos y lo ate al mandato popular, se convierte, a decir de Acemoglu y Robinson, en un ente despótico, un Leviatán despiadado.

En 1969, Efraín González Morfín propuso una agenda de transformación fundamental y auténtica en el crucial y vital documento denominado Cambio democrático de estructuras, que es una auténtica apuesta programática para Acción Nacional. Ante un entorno de crispación social que giró en torno a la masacre estudiantil de octubre de 1968, González Morfín defendió la tesis de que: “frente al escandaloso desequilibrio político y a la ostentosa y desigual distribución de los bienes, son necesarias medidas revolucionarias para que operen o se transformen las estructuras políticas, económicas y sociales del país”.

La esencia de las revoluciones no es la violencia, ni la destrucción, las grandes transformaciones que se dieron en Europa del este a fines del siglo pasado y en África en este milenio fueron resultado de movilizaciones pacíficas. La revolución de terciopelo de Checoslovaquia y la Primavera Árabe del norte de África de naturaleza pacífica y popular se dieron de manera similar a como nació la democracia en Atenas y la República en Roma. El cambio auténtico sólo puede ser democrático y revolucionario: “La reforma de las estructuras políticas, económicas y sociales hacia modelos más justos y humanos siempre se ha promovido de abajo hacia arriba, por el impulso incontenible de los grupos humanos postergados, cuando se deciden a mejorar su propia vida”.

Hoy se requiere una nueva agenda programática, una apuesta valiente para detonar lo que Moisés Naím llamó la revolución de las mentalidades, lo que conlleva, a decir de Manuel Gómez Morin, la definición de propósitos posibles de alcanzar: “Según nuestra verdadera capacidad y sin que ello signifique renuncia o transacción deprimentes”. El cambio deberá darse en cuestiones tan fundamentales y culturalmente arraigadas como nuestras relaciones con la economía, con el medio ambiente, con las minorías, con la tecnología y entre mujeres y hombres.

La economía se ha convertido en una especie de caballo desbocado, incontenible, no atado a criterios éticos ni a altos ideales humanos. Cuando el intercambio y el consumo se convierten en fines se pierde el sentido de lo humano y el papel central de la persona como agente principal del desarrollo. No se trata solamente de redistribuir riqueza de forma extractiva, quitándoles a unos para darles a otros, sino de ordenar la dinámica económica para que esté al servicio de la persona humana, de sus anhelos y aspiraciones. Una economía humana y moderna demanda generar las condiciones para transitar a un modelo de inclusión en el que el Estado regule las atrocidades de mercados desbocados y someta la dinámica económica a los imperativos del desarrollo humano.

La Plataforma política 1988-1994 denominada “Un plan para el cambio” fue el primer documento de propuesta partidista que esbozaba con claridad el tema del medio ambiente entendido como un “bien que pertenece a todos los mexicanos, no solamente a los que actualmente vivimos, también a las generaciones futuras con las que tenemos el compromiso de legarles un espacio vital adecuado”.

Nuestra relación con el entorno es profundamente depredadora, bajo un esquema de consumo ilimitado de recursos que comprometen la supervivencia de las generaciones futuras. Un auténtico ecologismo que no promueve el asesinato de personas se basa en el cuidado responsable de la creación y en el imperativo de hacer que la naturaleza sea cada vez más ordenada, bella, justa y unitaria. Quien destruye naturaleza se destruye a sí mismo y a su descendencia. El imperativo de proteger la vida desde la concepción hasta la muerte natural se debe extender a todo ser vivo.

La tecnología, como la economía, es un medio más al servicio de las personas, pero hoy aísla en lugar de vincular, segrega en lugar de incluir y crea la falsa ilusión de poder que se pierde cuando algún fallo no esperado se presenta. Hemos convertido a la tecnología en un ideal superior sin criterios morales. La técnica se ha impuesto hoy sobre el azar: se le considera como una especie de nueva magia que resolverá nuestros problemas, pero si la técnica, bajo criterios morales, no sirve a las personas termina sirviéndose de ellas y cual Moloch incontenible devora a nuestras hijas e hijos.

La relación entre mujeres y hombres es si la gran agenda pendiente de cambio que no se ha emprendido. No se trata sólo de tener leyes e instituciones, se requiere un profundo cambio de hábitos, una auténtica revolución cultural que dé un nuevo horizonte a las relaciones entre las personas, al interior de la familia, en el espacio público y en los órganos de decisión empresariales y políticos. El creciente empoderamiento de las mujeres está generando, de manera preocupante una reacción violenta, resultado de la incomprensión, la mezquindad y el egoísmo. El mundo no podrá prosperar si una mitad vive en la opulencia y la otra mitad en la indigencia, si una mitad está segura y es próspera mientras que la otra mitad vive con miedo, inseguridad y hambre.

Peter Sloterdijk, sostiene en su libro Ira y tiempo que en el siglo pasado el comunismo funcionó como un mecanismo para que las personas canalizaran su ira, la cual se origina en el afán de reconocimiento no atendido por el Estado. Hoy, la ira que motiva la falta de reconocimiento de movimientos emergentes y pacíficos como los ecologistas, las feministas, los indígenas y las personas con preferencias sexuales diferentes ha encontrado un nuevo banco para depositar su ira: el populismo. Si los partidos humanistas no son capaces de estructurar un programa que tenga sentido para los iracundos estarán destinados a ser devorados por los populismos de nuevo cuño, como Cronos devoró a sus hijos.

 

Twitter: @JavierBrownC

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