La realidad chocando contra la soberbia
Publicada el Jue, Dic 17, 2020

Por Humberto Aguilar Coronado.

Se cumplieron dos años de la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador. Como en todo aniversario este es un buen momento para la evaluación y la rendición de cuentas, por lo que el gobierno y sus críticos desplegaron las estrategias de comunicación con las que han debatido en esta etapa de la vida política nacional.

Desde el gobierno, el presidente, en su carácter de Vocero Único, celebró un nuevo informe de labores en el que, siguiendo la estrategia que le ha funcionado a la perfección, evitó datos, acciones concretas, resultados mesurables y acudió a las generalidades que le permiten reforzar su imagen: austeridad, honestidad, cercanía con la población.

Desde la crítica vimos repetirse el modelo de análisis juicioso de los datos a cargo de especialistas, posicionamientos de líderes políticos y discusiones en redes sociales en las que se pone de manifiesto la escasez de resultados en la administración federal.

El choque de ambas estrategias deja un resultado insólito: un presidente de la República con una alta aprobación popular (70–71 por ciento según los datos de López Obrador) y entre 50 y 60 por ciento según distintas casas encuestadoras y calificaciones reprobatorias cuando la evaluación pretende medir los resultados de gobierno.

Tenemos entonces un presidente aprobado y reprobado al mismo tiempo.

Aprobado a pesar de los severos daños en materia de salud y los terribles daños económicos que se han producido en este sexenio. La paradoja es que gana el gobierno y ganan los críticos del gobierno.

Los niveles de aprobación del presidente son una contundente victoria que alienta a la administración a suponer que en el próximo proceso electoral su partido puede retener la mayoría calificada en la Cámara de Diputados y ganar muchas de las gubernaturas, presidencias municipales y diputaciones locales en juego en el 2021.

Los niveles de reprobación a los resultados de gobierno son una victoria de la crítica que le permite confirmar que muchas de las acciones de gobierno son tomadas sin sustento, sin reflexión, sin técnica y sin profesionalismo. Esa confirmación permite suponer que están dadas las condiciones para la construcción de un discurso y una propuesta de gobierno que pueda ganar la confianza ciudadana y equilibrar la representación política para atenuar el poder presidencial.

Seguramente ese será el contexto en el que se desarrollará el proceso electoral del año próximo. Sin embargo, hasta ahora, el presidente parecía ser inmune a los efectos de la realidad. Hemos vivido dos años observando a un experto en evadirla o, por lo menos, en evitar pagar los costos que la realidad suele cobrar a quien gobierna.

Pero a dos años, la realidad se ha vuelto más difícil de eludir y sus costos parecen empezar a cobrar factura. Algunos ejemplos que pueden ilustrarnos:

Después de que el INEGI publicara su Estudio sobre la Demografía de los Negocios (EDN) 2020 en el que informa que, en este año, más de un millón de empresas cerraron sus puertas definitivamente con una pérdida total de 4.15 millones de empleos, el presidente reaccionó afirmando que no le preocupa el reporte del INEGI porque “… yo tengo información que no se nos ha caído el consumo. Estamos recuperando empleos, no tenemos escasez de alimentos, no hay devaluación del peso, no nos hemos endeudado, no han aumentado los impuestos”.

Sin embargo, la dura realidad -no las estimaciones ni las teorías de los economistas- dejan constancia contundente de que millones de personas con sus familias han perdido su trabajo y que esa pérdida es resultado de la decisión gubernamental de no generar programas de apoyo a las empresas, que el presidente anunciaba con todo orgullo diciendo que nunca más los apoyos serían para los empresarios.

Desde marzo hasta los últimos días de noviembre escuchamos a los agentes del gobierno mexicano presumir las magníficas estrategias desplegadas para enfrentar el reto de la pandemia de COVID-19. Escuchamos al vocero de la Secretaría de Salud arrojar, noche tras noche, datos y más datos inconexos y regañar públicamente a quienes osaron mostrarse incrédulos o con dudas.

Fuimos testigos de la claridad con la que se anunció que 60 mil muertos significarían un estado catastrófico y la tranquilidad con que esa cifra se superó sin lograr nunca controlar los contagios.

Finalmente, frente a tanto despropósito, la Organización Mundial de la Salud (OMS) hizo un reproche público al gobierno mexicano y exigió a sus líderes políticos que enfrentaran con seriedad la pandemia.

Evidentemente ni el presidente ni su vocero se sintieron aludidos por ese llamado a pesar de ser los dos líderes políticos centrales en el manejo de la enfermedad en México.

En lugar de acusar recibo, de inmediato, reforzaron una línea de comunicación fundada en el engaño: Ya firmamos el convenio para garantizar que México cuente con las vacunas. A fines de diciembre contaremos con vacunas.

Es evidente que aspiraban a controlar el daño y lograr el aplauso fácil. Sin embargo, la irreverente realidad se les puso de nuevo de frente.

Frente a la tragedia en ciernes, el presidente expidió un nuevo decálogo para la temporada decembrina. Aunque se insista en mantener el semáforo epidemiológico en el tono naranja más intenso que se pueda imaginar, las medidas del decálogo son las propias de una cuarentena, aunque por supuesto, nunca propuso la utilización del cubrebocas.

Y aunque se decreta una cuarentena, la mexicana será al estilo de este gobierno, mal planeada, mal ejecutada y con resultados catastróficos, tanto económicos como en vidas humanas.

Digan lo que digan las urnas el año próximo, la realidad demuestra que el gobierno de López Obrador dejará daños que tardarán muchos años y varias generaciones en repararse. Pero el presidente, en su soberbia, niega que existan los millones de desempleados que identifica el INEGI y se atreve a lanzar un decálogo sanitario que no prevé el uso del cubrebocas.

Porque la realidad podrá ser muy terca, pero él nos va a demostrar que es más.

 

Humberto Aguilar Coronado es Director General de la Fundación Rafael Preciado Hernández.

Twitter: @Tigre_Aguilar_C

Comentarios

comentarios