La política de la verdad
Publicada el Mie, Nov 22, 2017

Por Javier Brown César.

Para los griegos, la verdad se expresaba en la relación entre el ser y el no ser: verdadero es el decir que afirma que lo que es, es, y que lo que no, es no es. Así Platón postulaba que los sofistas, que en sus tiempos eran maestros de sabiduría, eran expertos en el arte retórico, pero su decir consistía en afirmar que lo que es, no es.

La verdad siempre se refiere a cierto resplandor del ser, a la claridad, la transparencia, la revelación. La verdad es una forma de descubrimiento de cierto aspecto de la realidad, la mente humana es apta para encontrarla y está naturalmente orientada a ella. La inteligencia, como facultad superior de la persona, está en constante tensión en la búsqueda de todo aquello que oriente la vida, ilumine decisiones y clarifique los conceptos.

Carlos Castillo Peraza expresaba de manera puntual esta tensión en la búsqueda de la verdad, propia de la persona: “lo más sensacional de la inteligencia humana es que está diseñada para encontrar la verdad. Eso no garantiza que la encuentre, pero está diseñada para eso. El PAN afirma eso. Que el ser humano es inteligente y que su inteligencia está hecha para la verdad. Si la encuentra es otra cosa, pero para eso está hecha, para buscarla y encontrarla. No es para eso para lo que está hecha la inteligencia del camarón ni la inteligencia del avestruz. El camarón se agota en la camaronidad. El tigre se agota en la tigridad. El ser humano no se agota, siempre puede avanzar más”.

El hecho de que la inteligencia sea apta para conocer la verdad tiene, como también afirmaba Castillo Peraza, consecuencias políticas. En principio, la única forma de llegar a conocer la verdad es en libertad. De ahí que la política, deba ser, en primer lugar, opción de libertad, garantizada por la propia autoridad, la cual está obligada al decir veraz. Desafortunadamente, la vía para el acceso a la verdad suele ser ardua y difícil, mientras que los caminos de la mentira son múltiples y seductores.

Es posible utilizar el ocultamiento intencional, para no mostrar los hechos como son. La verdad queda oculta, gracias a astutos subterfugios, que hacen que lo que prevalezca sean la opacidad y la falta de transparencia. De ahí que el primer cometido de la política sea abrir espacios de claridad, garantizar que el funcionamiento de lo público sea visible para todos por igual, sin simulaciones ni engaños.

Hoy día existe una forma común de vulneración de la verdad: el silencio. La imposición autoritaria del silencio es una de las estrategias más perversas, ya que usualmente conlleva complicidades inconfesables, acciones equivocadas y omisiones graves. La complicidad, aliada de la corrupción y la impunidad, se cobija en el silencio artero.

También es posible mentir recurriendo a los medios de difusión: comprar espacios para que otros digan lo que se quiere que se diga, para que callen lo que pueda afectar intereses inconfesables, para que no revelen la verdad, y para que presenten fragmentos y cortes de la realidad que nos ofrecen una visión parcial y sesgada de los hechos.

Otra forma de que la verdad no se manifieste es la mentira sistemática, que cuando se da en política erosiona la confianza, vulnera los acuerdos y genera distancia y escepticismo. La mentira se presenta de múltiples formas: como inexactitud, como revelación parcial de los hechos, como incongruencia moral, como engaño.

La mentira sistemática aniquila el valor de la palabra, la degrada, imposibilita el logro de acuerdos y mina sistemáticamente la democracia, porque la democracia se basa en el debate, el diálogo, el acuerdo; es oferta de transparencia, garantía de que los acuerdos serán mutuamente vinculantes y que con base en los consensos se construyen redes basadas en la confianza.

Castillo Peraza afirmaba que: “La democracia es un modo de vivir en el respeto, en el diálogo, en la política. Es un método también para tomar decisiones”. De ahí que cuando se vulneran las instituciones democráticas, por ocultamiento, mentira sistemática o silencio cómplice, se transita de la fuerza de las ideas a la simple fuerza bruta; la concordia cede ante el encono y el fracaso de la política democrática de paso a la guerra.

Como oferta de libertad, la política construye las condiciones mínimas para que se dé el encuentro de las personas; como método político la democracia garantiza que las vías que prevalecen en las relaciones entre las personas sean el diálogo, el acuerdo, el debate y la argumentación.

En política hay que atreverse a decir la verdad, hay que abrir espacios de claridad, transparentar las decisiones y los acuerdos. Sólo en el medio de lo transparente es posible que la política tenga plena visibilidad, que revele su “verdad”, que no debe ser otra cosa que la búsqueda del poder como un medio para construir el bien común.

Los griegos tenían una palabra elocuente para definir el coraje de decir la verdad: parresía. Hay que tener coraje para revelar cuando se dan fraudes al erario, cuando fracasan las políticas públicas, cuando los servidores públicos incurren en aberrantes actos de corrupción. Hay que tener coraje para confesar las limitaciones propias de los políticos, sus errores y omisiones.

Vivimos tiempos en los que el ocultamiento, la mentira sistemática y el silencio cómplice están dinamitando la confianza en las instituciones democráticas. De esta forma se degrada y merma sistemáticamente el valor de la política, suprema actividad ordenadora de la vida en común y garantía de que es posible construir acuerdos de forma pacífica, ordenada y generosa.

Hoy, la única vía para que la política sea, en verdad, lo que tiene que ser -arquitectura del bien común, defensa del valor de la palabra, garantía de espacios públicos libres y abiertos a la deliberación y el debate- es la política de la verdad.

 

Twitter: @JavierBrownC

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