La persona humana: lo substancial y lo accidental
Publicada el Vie, Sep 27, 2019

 

Por Javier Brown César.

La persona humana es digna por el mero hecho de existir, esta dignidad constituye su valor intrínseco y único, su esencia y lo más preciado que tiene. La definición que dio Boecio en el siglo V es clásica: la persona es la substancia individual de naturaleza racional. En Humanismo político, Efraín González Luna revisa esta definición, comenzando por el hecho de la individualidad de la persona: “Individuo, tanto quiere decir como indivisible, es decir, la última unidad en una especie”, en el caso de la especie humana, la última unidad, “al mismo tiempo, completa e indivisible” es la persona. “Señalemos, pues, como primer elemento de la persona, éste: la singularización o individuación”.

Toda persona es, en tanto que individuo, única e irrepetible. Además, la persona es substancia y no un ser accidental. Sigamos con Efraín González Luna e introduzcamos la diferencia entre la substancia y los accidentes: “Substancia -la constitución misma de la palabra indica el sentido del término- es lo que está debajo de una realidad, lo que la sostiene, la estructura ontológica de un ser. Accidente, en cambio, es algo que no tiene el ser en sí mismo, que no se sostiene en el ser, sino que es sostenido. Es pues, un ser, pudiéramos decir contingente, secundario, complementario, dependiente; está colgado de algo, puesto sobre algo, sostenido sobre algo, sobre la substancia”.

Para ejemplificar la diferencia entre substancia y accidente podemos recurrir de nuevo a González Luna: “Para distinguir en una ejemplificación sencilla y clara los dos términos, los dos modos del ser, la substancia y el accidente, pensemos en un proyectil, un dardo, que es un ser substancial; la velocidad con que camina es un accidente. La velocidad califica a la substancia… El color, la contextura, el grueso, son otras tantas cualidades accidentales. La substancia es el modo de ser fundamental, complejo y autónomo… Una silla es silla, lo mismo sea pesada que ligera, sean gruesas las tablas que la forman o delgadas, lo mismo tenga un estilo que otro, un color que otro, unas dimensiones que otras. Todos estos accidentes están sostenidos por la estructura central, ontológica, de la silla, por la substancia de la silla”.

La estructura ontológica de un ser es lo que lo constituye como realidad y es la base de los accidentes. En el caso de las personas solemos definirlas y tratarlas de acuerdo con las meras apariencias. Así, decimos de las personas con quienes convivimos que son altas, morenas, inteligentes, simpáticas, amables, etcétera. Todos estos atributos no definen a la persona en lo que es en sí misma: un ser con dignidad. Lo accidental de la persona es lo visible, lo substancial no se puede ver. Nosotros percibimos a las personas por sus accidentes, como pueden ser el color de piel, la estatura, el peso, el uso o no de lentes, el color el pelo, el color de los ojos o ciertas características como inteligencia, amabilidad o afabilidad; pero lo esencial, la dignidad humana no se puede ver ni tocar.

En la teoría clásica de las categorías de Aristóteles los accidentes son la cantidad, la cualidad, la relación, la acción, la pasión, la localización espacial, la localización temporal, la configuración en el lugar y el habitus o posesión. Los accidentes no definen al ser, simplemente se dan en él. Así, para el caso de toda persona, ser más alto o más bajo, pesar más o menos son por completo accidentales; una persona alta no tiene más dignidad que otra de baja estatura. También es accidental el color de la piel y de los ojos, la apariencia física u otras cualidades similares.

Accidental es también el ser hijo o padre de tal o cual persona, lo que uno hace o deja de hacer, el lugar donde nació, la época en la que se nació o el hecho de tener determinados objetos personales como relojes y joyas. Todo esto es meramente accidental, o sea, no afecta al núcleo de la dignidad humana que es lo realmente substancial. Si a la persona le restamos todos sus accidentes, lo que queda como su sustento o base es la dignidad, o sea, el valor que cada uno de nosotros tenemos por el mero hecho de existir.

La dignidad es inalienable e inviolable, no puede aumentar ni disminuir, es “algo” pleno que expresa un valor único. De la dignidad se desprenden las prerrogativas esenciales de las personas, que son los derechos humanos. Los Pilares del humanismo, en el apartado Persona, postulan esta igual dignidad: “Afirmamos que esta dignidad debe ser reconocida y garantizada a todo ser humano, sin importar su condición de hombre o mujer, su edad, e incluso, y hoy de manera especial, al recién concebido en el seno de su madre o en cualquier otro medio y forma, del minusválido, enfermo o desahuciado; que sea rico o pobre, sabio o ignorante, su raza, cultura, religión o creencia”.

La reforma constitucional en materia de derechos humanos fue promovida por el PAN desde 1984 cuando se planteó que los derechos humanos fueran reconocidos por el Estado, en lugar de que éste ofreciera garantías, ya que dichos derechos son prerrogativas de toda persona. Al final, el artículo primero constitucional, gracias a la reforma promovida desde el gobierno federal en 2011 significó un cambio de paradigma al introducir los derechos humanos en el texto constitucional y prohibir toda forma de discriminación.

Citando de nueva cuenta los Pilares hay que señalar que: “La dignidad de la persona es constitutiva de su propio ser, lo cual quiere decir que, por el simple y trascendental hecho de existir, cada ser humano debe ser reconocido y respetado por sí mismo, independientemente de su condición o de su actuar”. Este párrafo es de gran importancia, ya que afirma que la dignidad se da por el mero hecho de existir y no depende de la condición personal o del actuar de las personas. Si una persona realiza acciones contrarias al derecho, sin duda será castigada de acuerdo con las leyes, pero no pierde su dignidad, no es más o menos digna.

La acción y la pasión, lo que uno hace o deja de hacer tampoco afectan a la dignidad, pero sí a los fines existenciales personales, tal como lo expresan los citados Pilares: “Con sus acciones, la persona puede lograr una mayor realización o un detrimento de sus fines existenciales”. Un delincuente puede causar daños a otras personas y mermar con sus actos su propio proyecto de vida y el de otra persona, pero no por ese hecho pierde su dignidad, no se le puede tratar como a una cosa, se le debe respetar en su persona, aunque esté preso.

La substancia es entonces lo que caracteriza a toda persona y ésta consiste en la dignidad inalienable que nos define a todos, que nos iguala a todos y que le da sentido al Estado y a la política como realidades subordinadas a la plena realización de las personas; de ahí nuestra afirmación de que “la razón de ser de todo grupo social, desde la familia hasta la comunidad internacional, está en el servicio a la persona”.

 

Twitter: @JavierBrownC

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