La Nación, cátedra de política y periodismo
Publicada el Mar, Oct 24, 2017

Por Salvador Flores Llamas.

Llegué de Morelia al Distrito Federal el 1 de marzo de 1956, con recomendaciones de Alejandro Ruiz Villaloz, de los fundadores del PAN nacional y en Michoacán, para José Natividad Chávez González, moreliano, director de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García y del semanario Señal y para Alejandro Avilés Insunza, director de La Nación.

Al otro día por la tarde fui a la Septién, ubicada en avenida San Juan de Letrán. Josene (seudónimo del director José Natividad) me inscribió de inmediato, eran 40 pesos de colegiatura mensual.

Josene me pidió le escribiera un artículo amplio sobre don Vasco para Señal. Al ver al Profe Avilés le entregué las recomendaciones de sus amigos Ruiz Villaloz y del poeta Manuel Ponce, mi maestro; me invitó a La Nación, pero debía escoger entre Señal y La Nación, me decidí por esta última.

La Nación estaba en el tercer piso de un viejo edificio de la avenida Juárez (ocupado por el Comité Nacional y Regional y otras oficinas del PAN) frente a la Lotería Nacional y la estatua del Caballito, en la confluencia de Reforma y Juárez.

En eso llegó la Semana Santa; me fui a Morelia y le pedí a mi amigo Alfonso Vega Núñez, el organista de la Catedral, reputado el mejor del mundo, me consiguiera una entrevista con el maestro Romano Picutti, director de los Niños Cantores de Morelia.

A la mañana siguiente Alfonso me informó que Picutti me esperaría a las 12 am en el Jardín de Las Rosas, frente al Conservatorio de Música. Muy deferente, el entrevistado respondió mis preguntas.

El lunes de pascua entregué al Profe un texto de tres cuartillas, se sorprendió. Como no había foto de Picutti en el archivo de La Nación, fui al de Excélsior, en donde vendían copias de sus fotos en 10 pesos.

El domingo 8 de abril apareció la entrevista, mi primer artículo en La Nación. Sólo dos meses y medio después falleció el maestro Picutti, nacido en Venecia en 1908.

 

Éramos un equipo en La Nación

Al mediodía del sábado, una vez que nos pagaba, el Profe Avilés nos repartía las tareas para el número próximo; podían modificarse o añadirse, según lo que aconteciera.

Los reporteros éramos Luis Tercero Gallardo, encargado de “La Vida Nacional”, análisis de los sucesos políticos según la línea del PAN; Gerardo Medina, cronista de la Cámara de Diputados; Alberto Antonio Loyola, del Senado; Gilberto Moreno, con colaboraciones esporádicas (no podía confiarse en él por su afición al tequila, magnífico redactor y muy simpático) y el que escribe, encargado de reportajes y entrevistas especiales.

También cubría las sesiones mensuales del Sector Juvenil del PAN, que lideraba Hugo Gutiérrez Vega, con Manuel Rodríguez Lapuente, del Distrito Federal; Paco Treviso, de Chihuahua, y Nacho González Morfín, de Jalisco, entre otros. Ahí andaba Miguel Ángel Granados Chapa, que se decía periodista católico y ganó la presidencia de Sempermex, organización formada por comunicadores de esa línea y no dio resultado alguno.

La secretaria del Profe era Chela Corro, luego fue presidenta nacional de la rama juvenil femenina de la Acción Católica (JCFM) y hoy dirige la revista de las señoras (UFCM).

Otros colaboradores fueron Miguel Manzur, gran amigo del Profe, de quien por fortuna fui discípulo en la Septién, y Gumersindo Galván, ex miembro de la redacción de la revista con Carlos Septién, que enviaba su columna semanal “Mundo” sobre los acontecimientos internacionales.

 

Aquellos debates de los grandes tribunos panistas

Agradezco al Profe me invitara a cubrir sesiones del Consejo Nacional del PAN, a las que no tenían acceso los diaristas. Tuve oportunidad de escuchar interesantísimos debates entre Gómez Morin, González Luna, Estrada Iturbide, Preciado Hernández, González Torres, Manuel Ulloa, Christlieb Ibarrola y demás enormes tribunos.

Aunque confrontaran sus opiniones, no escatimaban el aplauso, el abrazo y la sonrisa franca, al terminar cada peroración. Eran cátedras de argumentación, buen decir político y de unidad partidista.

El primer director de La Nación iba a ser Bernardo Ponce, columnista de Excélsior. Hubo discrepancias: el “biscolega” (apodaban así a Bernardo por su defecto visual) tardó mucho tiempo en presentar El Boletín original del PAN y su enfoque era muy gobiernista. Con pena el “Maistro” le dio las gracias y encargó la tarea a Septién García.

 

Muere Septién García

Al perecer Septién García el 19 de octubre de 1953, en la Sierra de Mamulique, al norte de Nuevo León, cuando iba a cubrir la inauguración de la Presa Falcón (a cargo de los presidentes Ruiz Cortines y Eisenhower), ubicada sobre el Río Bravo, en Nueva Ciudad Guerrero, Tamaulipas, y el condado Star, Texas, dirigió La Nación el Profe Avilés.

Reporteros de La Nación que colaboraron con él –Septién- y en La Revista de la Semana de El Universal se creyeron con derecho de sucederlo y aun despojados, y rechazaron colaborar con Avilés, como Adolfo Pimentel Mejía y Luis Calderón Vega.

Los sábados, el Profe enviaba a algún reportero a recoger el importe de la nómina de La Nación, que el “Maistro” cubría íntegro en el Banco de Londres y México, del que figuraba como vicepresidente y era el accionista principal.

Dos veces cubrí tal encomienda, que me acercó más a don Manuel; también recogí varias de sus colaboraciones para La Nación con el seudónimo de Manuel Castillo (en homenaje a su padre, don Manuel Gómez Castillo) en alguna de las empresas de que era consejero; igual que las de Christlieb Ibarrola, en su despacho de la calle de Madrid, frente a la pared posterior del Senado actual.

Los reporteros auxiliábamos al Profe en esas tareas extra, así como en repartir boletines del PAN que él redactaba metiendo a la máquina hasta 10 hojas de papel cebolla con papel calca. No teníamos mimeógrafo.

Los diarios estaban concentrados en la zona: La Prensa en Basilio Badillo, atrás de nosotros; El Nacional en la prolongación poniente de esa vía, José Terán; El Universal, Excélsior, ABC y Novedades sobre Bucareli.

Diario visitaban al Profe reporteros de la fuente política como Julio Scherer, de la Extra de Excélsior; Roberto Ramírez Cárdenas, de La Prensa; Cirino Pérez Aguirre, de Novedades, o le hablaban por teléfono en busca de una declaración del Partido (el Profe fungía como su vocero, como decimos ahora).

Igualmente, diputados, senadores y líderes panistas de diversas partes del país. Vi llegar al vehemente Salvador Rosas Magallón, candidato a gobernador de Baja California, quien acusó ante la Suprema Corte a su contrincante priista, Eligio Esquivel Méndez, de haberle cometido fraude electoral.

 

El Profe deja La Nación

Cuando dirigía el diario Tribuna de San Luis Potosí, con Esteban Zamora, llegó Christlieb Ibarrola a visitar el Comité Estatal y dictó una conferencia. Al final de ella, me pidió lo espera un poco porque deseaba platicar conmigo.

Me informó que el Profe Avilés, Hugo Gutiérrez Vega, Manuel Rodríguez Lapuente y adláteres, a quienes surtía con dinero Enrique Tissen para que difundieran noticias de la Democracia Cristina (lo que prohibían los estatutos del PAN) habían sido separados del partido. Por idénticos motivos fue cesado del PAN Granados Chapa, que merodeaba en ésas. Gerardo Medina fue nombrado como nuevo director de La Nación.

 

Don Manuel, amigo generoso

Valga recordar que Gómez Morin era muy generoso con sus amigos, por eso tuvo en su despacho a estudiantes de leyes, hijos de panistas, como Diego Fernández de Cevallos y Antonio Estrada Sámano, vástago de don Miguel Estrada Iturbide, quien fue mi condiscípulo de Filosofía en la Ibero.

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