La manipulación histórica y el perdón del Rey
Publicada el Lun, Abr 22, 2019

Por Fernando Rodríguez Doval.

La exigencia de López Obrador al Rey de España para que nos pidiera perdón por la conquista de hace 500 años inundó de risas la conversación pública en ambos lados del Atlántico. No sin razón se ha comentado que no fue casual que se hiciera justo en los días en los que se debatía en el Congreso la contrarreforma educativa y la revocación de mandato: crear cortinas de humo es una estrategia de comunicación tan antigua como la propia disputa por el poder.

Pero más allá de eso, conviene discutir el planteamiento de López Obrador; una tentación permanente de los gobernantes es manipular la historia para obtener beneficios políticos y no en vano nuestro Presidente se asume como parte de una transformación que no es sino una continuidad histórica de tres que ocurrieron antes.

Hace 500 años no existía tal cosa como México, es decir, no había una nación, entendiéndola como una comunidad con una cultura e historia en común y que aspira a un futuro también compartido. Lo que había en estas tierras hace 500 años no era tampoco ese paraíso edénico que nos pinta la historia oficial, sino una enorme cantidad de pueblos confrontados entre sí, de orígenes étnicos diversos, sojuzgados y tiranizados la mayor parte de ellos por los mexicas, cuya élite gobernante se distinguía por sus atrocidades. Cuando Hernán Cortés arriba al continente y se percata de esa realidad, hace alianzas con los pocos pueblos que habían logrado resistirse a la dominación mexica –como los totonacas de Cempoala, los tlaxcaltecas o los de Cholula— y a través de una amplísima coalición en la que lo que menos había era españoles logra derrotar a Tenochtitlán, ofreciendo inclusión y honra a los perdedores: los descendientes de Moctezuma, por ejemplo, tuvieron títulos nobiliarios que los acreditaban como “Grandes de España” y recibieron hasta 1934 una pensión de la Corona española.

Por lo tanto, de entrada, es falsa esa premisa repetida hasta la saciedad en la historia oficial de que “los españoles nos conquistaron”. Eso implica pensar que toda Mesoamérica era Tenochtitlán. La conquista fue un proceso político y social de enorme complejidad. Por supuesto que hubo abusos por parte de los conquistadores, muchos de los cuales únicamente venían por riquezas y fama; pero la política oficial de la Corona española era otra completamente distinta y estaba marcada por lo que Isabel la Católica había dejado establecido en su testamento en 1504, en el que decía que no se podían consentir agravios contra las personas ni los bienes de los indios, quienes debían ser bien y justamente tratados.

Por eso llegaron miles de misioneros, por eso se construyeron cientos de iglesias y conventos, por eso hubo una fusión racial y cultural que hoy conocemos como mestizaje, por eso se promulgaron las Leyes de Indias que respetaban los usos y costumbres de los indígenas. Pocos conocen que el Imperio Español, en el clímax de su poder, decidió suspender las conquistas hasta que sus mejores teólogos, juristas y filósofos le dejaran claro al Rey Carlos V que eran lícitas moralmente. Eso ningún otro Imperio en el mundo lo había hecho ni lo ha vuelto a hacer. Y comenzaron tres siglos de virreinato, con un enorme esplendor artístico y cultural y con la primera Universidad que existió en América. Fue en ese tiempo cuando se forjó una nación, México, que después aspiró legítimamente a ser un Estado independiente.

El antihispanismo que hoy esgrime AMLO nació en el siglo XIX. Una de las obsesiones de la masonería yorkina que se estableció en nuestro país tras la independencia era borrar cualquier huella española del alma de los mexicanos con dos propósitos claros: combatir el catolicismo inherente al mundo hispánico y favorecer una opinión pública proclive y favorable a Estados Unidos, nación que planeaba su expansión y había puesto sus ojos en nuestro territorio. Esta visión se añadió a la leyenda negra creada en el siglo XVI por las potencias que rivalizaban con España, concretamente Inglaterra y Holanda, las cuales sí que llevaron a cabo una política de exterminio hacia los indígenas de las regiones que ellos conquistaron y colonizaron en América.

Sin duda, es urgente reconciliarnos con nuestro pasado, pero no desde una posición victimista y derrotista, porque además no corresponde con la realidad. El México actual desciende tanto de los pueblos indígenas (con su inmensa pluralidad, no solamente eran los mexicas) como de España.

La manipulación de la historia con fines políticos ha sido siempre una poderosa arma en manos de los gobernantes. López Obrador lo sabe bien. Si un político cree que su actuación está inserta en un relato histórico –la “cuarta transformación”—, todo ese relato tiene que ser consistente con lo que ese político dice y hace. La historia se convierte así en un tribunal que juzga y sentencia. Y algo aún peor, profetiza: hay una fatalidad y un destino providencial al cual nadie se debe oponer. La manipulación política de la historia es, pues, algo intrínsecamente totalitario.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval

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