La lucha por las instituciones
Publicada el Jue, Sep 21, 2017

Por Mónica G. Villicaña Salcedo.

Es claro que hoy día existe un hartazgo por parte de la sociedad respecto a sus representantes, los partidos políticos, el gobierno y en general a todo lo que tenga que ver con la política, como dice Jesús Silva Herzog-Marquez “no hay profesión más detestable en nuestros tiempos que la política… Al parecer nadie que haga vida en la política merecería respeto. Y crece, al mismo tiempo, la ilusión de que la mejor manera de arreglar las cosas del gobierno es acudiendo a quien haga gala de anti-político. Como mi experiencia con el dentista fue desastrosa, iré a buscar a un plomero para que me extirpe la muela”.

La propagación de ese hartazgo puede resultar muy peligroso para la consolidación de nuestra incipiente democracia. En la medida que ese hartazgo aumenta, incrementa también el riesgo de una regresión política. Fortalecer y legitimar a nuestras instituciones públicas se vuelve menester. El Estado, el gobierno, el congreso, los partidos políticos, etcétera, son los mejores garantes de nuestros derechos y libertades. Ya hemos visto en otros países que nada bueno deriva de desconocer o debilitar estas instituciones.

La fuerte crisis de legitimidad que vive actualmente el sistema político nos obliga a todos quienes participamos en política, dígase gobernantes o militantes de partidos, a ponernos a trabajar para tener instituciones más sólidas y acreditadas, y a las mejores personas al frente de ellas, sólo así lograremos recuperar la confianza de la ciudadanía, ya no en nuestro proyecto político, sino en algo más importante que son justamente las instituciones que nos hemos dado como sociedad para lograr una mejor convivencia, instituciones que tantos años ha costado construir y que son el mejor instrumento que tenemos para lograr el bien común.

Tenemos un gran reto por delante y el costo de no afrontarlo puede ser enorme. No hay duda de que la tarea de fortalecer y consolidar a nuestras instituciones pasa por revisarlas, para asegurarnos de que sean transparentes, eficaces y limpias, pero pasa también por cambiar el discurso que se hace de ellas. Es en verdad increíble el desprecio con el que suele hablarse de nuestras instituciones. Es muy frecuente escuchar expresiones lapidarias respecto del congreso, de los partidos o de los políticos. En nada ayuda al país y a la democracia denostarlas sin ton ni son, sin conocer y reconocer al menos un poco el enorme aporte que hacen a la sociedad, y en cambio, sí que abona al hartazgo y al desencanto de la gente y a impulsar esa insólita idea de “mandar al diablo las instituciones”.

Cuando la gente deja de creer en sus representantes, en los partidos políticos, en sus instituciones, lo que sigue es empezar a creer en el líder mesiánico. Ahí está Venezuela como ejemplo, en el año 1999 los venezolanos empezaron así su actual pesadilla, hartos de los partidos, hartos de los políticos, eligieron a un demagogo sin partido, un militar populista que pronto se convirtió en dictador. No permitamos que esto pase en México.

Hoy por hoy estamos, aunque muchos no lo crean, en un grave riesgo de caer en el engaño del populismo, si la gente no recobra la confianza en sus instituciones será fácil que caiga en el discurso de falsos profetas que prometen abundancia, pero que como ya vimos en Venezuela sólo propician miseria y opresión.

Enarbolemos la defensa de las instituciones, luchemos por fortalecerlas, por devolverles legitimidad, logremos que los ciudadanos vuelvan a creer en ellas, así no sólo estaremos consolidando la democracia, también estaremos desterrando el peligro del populismo.

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