La libertad en tiempo de los algoritmos
Publicada el Lun, Feb 24, 2020

Por Carlos Castillo.

El desarrollo de las nuevas tecnologías y de la comunicación ha transformado prácticamente todas las formas de relaciones que existen en nuestro tiempo: desde la forma en que se produce y consume la información, pasando por el comercio y la transportación, hasta la manera en que entablamos relación con otros seres humanos.

Estos cambios, más allá de parecernos acertados o no, son parte innegable y podría decirse que irreversible de una realidad que acorta distancias, agiliza procesos, altera patrones establecidos y configura una nueva forma de habitar tanto la esfera pública como la privada.

Por lo que respecta a la esfera privada, la tecnología irrumpe para despersonalizar el intercambio entre las personas. Así, del encuentro personal al contacto vía voz, que supuso la llegada del teléfono fijo, la aparición de la mensajería instantánea cambió las voces por caracteres, por escritura, que al masificarse debió hacerse cada vez más simple y que en ocasiones llega a reducirse a emoticones –emojis–, capaces de sintetizar y concentrar en su significado la complejidad del lenguaje.

Explorar la manera en que las relaciones afectivas reflejan estas nuevas tendencias es el gran acierto del novelista Patricio Pron, en su libro Mañana tendremos otros nombres (Alfaguara, 2019): la historia de una pareja que, consolidada en tiempos previos a la irrupción de la comunicación instantánea y el auge del teléfono móvil como instrumento de interrelación, sufre una ruptura y debe, tanto ella como él, iniciar de nueva cuenta su vida en un entorno que resulta totalmente novedoso, desconocido en muchas de sus formas y retador en cuanto al descubrimiento de sus límites y posibilidades.

La novela, premiada con el Premio Alfaguara del año pasado, refleja así estas nuevas condiciones de convivencia humana desde la forma de la escritura hasta el fondo de la propia trama, convirtiéndose así en un retrato bien logrado, aunque a veces un tanto forzado, de nuestro tiempo y de nuestras circunstancias como humanidad; esta es, sin duda, una de las misiones más alta de la literatura: ser el espejo de la época en que está escrita, y de igual modo, abrir una puerta que desde la interpretación del presente ayude a esclarecer el porvenir.

Pron acierta en el primero de estos objetivos, y desde la parte formal, evade dar nombres a los personajes del libro. Así, los protagonistas son referidos por su género (“Ella” y “Él”), y cada personaje secundario se identifican por una letra que, suponemos, resume el nombre propio, casi como una provocación, casi como una invitación a estirar los límites de ese caos donde las identidades se reducen a nombres de usuarios, donde los nombres pueden no corresponder con quien los usa, donde quizá en algún momento el ser deje de importar como tal y sea simplemente una referencia de patrones de consumo, gustos y necesidades establecidos por un algoritmo.

En lo que respecta a la trama de Mañana tendremos otros nombres, su desarrollo ocurre en un mundo donde las aplicaciones de citas, las redes sociales y la comunicación inmediata modifican conductas, actitudes e incluso temporalidades; una mujer y un hombre se enfrentan así al reto de descubrir cada uno por su parte esa realidad cambiada, de usar por primera vez esos recursos para encontrar una pareja, para sostener relaciones, para interactuar con desconocidas y desconocidos, para elegir o ser elegidos de acuerdo con descripciones de gustos y fotografías que no siempre retratan toda la realidad.

Y en esa búsqueda se encuentran con que ese mundo no es mejor que el anterior, que adaptarse puede ser una opción pero que el proceso de hacerlo lleva a un laberinto del que es mejor salir antes de verse atrapados en sus pasadizos y misterios. Y la solución se torna dar un paso atrás, empezar de cero, acudir de nuevo al encuentro con el rostro y con cada uno de los sentidos, frecuentar los lugares que aún sobreviven para interactuar: el café y el restaurante, la calle o el museo, las librerías que se extinguen o las casas donde aún es posible abstraerse, cuando se quiere, de esa invasión casi absoluta de los dispositivos móviles.

Una novela, en suma, para entender que la libertad todavía puede ejercerse y que la tecnología no deja de ser una herramienta que si bien, como toda tecnología, simplifica la vida, no puede ni debe ser sustituto de aquello que nos hace más humanos: los sentidos, el encuentro real con el otro, la posibilidad de ser considerado como una complejidad irreductible y no como un cálculo que pretende determinar las decisiones propias.

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