La gran farsa
Publicada el Mar, Sep 29, 2020

Por Humberto Aguilar Coronado.

Una de las características más visibles del presidente López Obrador es su capacidad para medir y leer el ánimo social; tirios y troyanos reconocen en el presidente a un extraordinario intérprete de los cambios en la opinión pública y a un hábil constructor de discursos o símbolos, para aprovechar el vaivén de los sentimientos sociales.

Dentro de este comportamiento del presidente de la República vale la pena detenerse en el contenido de su arenga del 15 de septiembre.

La mañana del 16 los medios de comunicación resaltaban uno u otro de los hechos de la noche del 15. Todos buscaban la nota. Se destacó la ausencia de gente en la plancha del Zócalo como medida de precaución -frente a la pandemia y frente a presuntas amenazas de corte terrorista-; se destacó la emotividad de López Obrador y, por supuesto, algunos medios pusieron atención en lo que incluyó y lo que no incluyó el segundo grito del actual presidente.

Las redes sociales también se inundaron de comentarios en torno al evento. La discusión pública navegó entre burlas y bromas a los atuendos, mensajes de apoyo incondicional al presidente y reclamos por haber omitido reconocer la labor de los médicos.

Sin embargo, en la maraña de opiniones y en el habitual choque de posturas que vivimos en México a partir de la política polarizadora del Ejecutivo, fue evidente que los más allegados a López Obrador desplegaron una estrategia para resaltar un mensaje en particular del grito.

¡Viva la esperanza en el porvenir! Este mensaje fue promovido con el hashtag #Esperanzaenelporvenir!

Evidentemente, en el cuarto de guerra del presidente López Obrador están identificando algo en el ánimo social que trataron de corregir en el evento que conmemora el grito de Dolores.

El presidente está identificando desánimo social y ese es un giro dolorosísimo para el proyecto político de López Obrador. Basta recordar que el slogan central de MORENA, desde que era un movimiento social, consistía en identificarse como la esperanza de México.

Lo curioso es que este dato, la pérdida de esperanza, no empata con los niveles de aprobación del presidente. ¿Cómo explicar este fenómeno?

La gente sigue sintiendo enorme simpatía por el presidente López Obrador, pero ya no siente confianza en que este gobierno va a mejorar su futuro.

Evidentemente, la pandemia de COVID-19 ha provocado condiciones tan adversas desde el punto de vista económico que es inevitable un golpe en el ánimo y en la confianza de la gente. Sin embargo, esa no es la única explicación a la lectura del gobierno. Desde su círculo más estrecho tienen que haber identificado un nivel de tristeza, de desánimo y de desconfianza en el futuro generalizado entre la población, como para salir a intentar infundir nuevos ánimos, nuevas fuerzas.

Como siempre en este gobierno, a la atinada lectura del momento crítico que viven millones de mexicanos y que está provocando la pérdida de la esperanza, siguieron las reacciones que son, simplemente, un cúmulo de ocurrencias, farsas y sinsentidos dirigidos fundamentalmente a conservar la simpatía por el presidente.

Se acumularon increíbles absurdos:

La famosa rifa del avión concluyó como se esperaba, como una total y magnífica farsa a la que el pueblo de México tendrá que destinarle recursos públicos que deberían servir para reactivar la economía y reencender la llama de esperanza.

Pero eso no es todo, el presidente gozó tanto la farsa que ahora propone rifar los bienes incautados. Seguramente va a cumplir esa nueva ocurrencia sin importar cuántas normas tenga que violentar para ello.

La famosa consulta popular para juzgar a los expresidentes terminó cómo se esperaba: como una total y absurda farsa en la que el pueblo de México no le obsequió al presidente el número de firmas suficientes para iniciar el proceso.

En la segunda pista de ese circo, López Obrador lo inició desde su facultad, enviando al Senado una solicitud para que sea calificada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Y en el tercer circo, de la noche a la mañana, aparecieron las cientos de miles de firmas que faltaban para que el Instituto Nacional Electoral haga las revisiones que exige la ley.

El manejo de la pandemia va a terminar como empezó, como una funesta farsa en la que se presume que no se colapsaron los hospitales, sin importar el número de muertos y encargando al funcionario responsable, mantener la confusión todo el tiempo que sea posible para que la rendición de cuentas se difiera y sea altamente compleja.

El manejo de la seguridad pública y el funcionamiento de la Guardia Nacional terminó como se esperaba: soldados entrenados como soldados haciendo labores de policía civil con tácticas militares y con el resultado natural de esas tácticas, más muertos y más víctimas civiles.

Es natural que la población esté perdiendo la esperanza. En ningún campo se ven resultados, en ningún campo se perciben cambios reales. Las herramientas del Estado se siguen usando para atacar rivales políticos hasta niveles cínicos como los de la Unidad de Inteligencia Financiera.

La lucha anticorrupción cedió su lugar a la videoserie Lozoya y hasta el capítulo de Pío López Obrador.

Los miles de empleos que el presidente asegura que se recuperan no existen y la gente sigue sin trabajo y con mayores carencias. Siguen los muertos por coronavirus y los muertos por violencia.

Y el presidente no es capaz de utilizar su liderazgo para intentar que las cosas cambien. Apuesta todo su capital político para lograr las dos cosas que a él le importan, pero que a la gente ni le sirven, ni le interesan: que se construyan sus absurdas megaobras y que la oposición política esté tan lastimada que no pueda competir electoralmente en el 2021 y en el 2024.

El que es definido como el político más importante del siglo XXI mexicano se presenta ante México como lo que realmente es: la gran farsa del primer cuarto del siglo XXI.

 

Humberto Aguilar Coronado es Director General de la Fundación Rafael Preciado Hernández.

Twitter: @Tigre_Aguilar_C

Comentarios

comentarios