La forma del agua: una metáfora sobre la desigualdad social y la aceptación en el amor
Publicada el Vie, Ene 26, 2018

Por Mabel Salinas.

Las mejores películas son aquellas que en sus pequeños recovecos dejan lecciones que no necesariamente parten de obviedades, son ricas en metáforas y de temáticas universales, multifacéticas. Provienen de lugares tremendamente personales, de una particular forma de ver el mundo y a partir del cual se crean lugares sorpresivos, habitados por personajes inmemoriales, trascendentes, emotivos y humanos, más allá de su apariencia.
La forma del agua, la nueva película de Guillermo del Toro, cumple con cada uno de estos renglones, y es su obra más completa (incluso para algunos es la mejor de su filmografía, en la que también resaltan fábulas como El espinazo del diablo y El laberinto del Fauno). Pero a diferencia de aquellas, en donde los universos estaban construidos alrededor de niños, cuya inocencia les permitía escabullirse de la cruda realidad mediante fantasías, aquí nos reencontramos con un Del Toro amante de los monstruos, pero que también encuentra en el género musical un escaparate y una oda a su mayor amor: el séptimo arte.
Junto con Vanessa Taylor escribe un homenaje a El Monstruo de la Laguna Negra, pues desde niño siempre se preguntó qué hubiera pasado si la heroína de Julie Adams se hubiera quedado con la criatura en el filme en blanco y negro de 1954. En ese sentido, otra historia que se deriva de aquella es La Bella y la Bestia, cuyos vestigios también se hallan en el oscuro cuento del tapatío, sin embargo, lo subvierte. Su princesa es muda -incapaz de cantar como Bella, Ariel o cualquier otra protagonista de Disney-, es una marginada que vive en condiciones humildes y tanto ella como su círculo cercano son entes sin trascendencia social, relegados a la periferia, grupos minoritarios -una mujer impedida de hablar mas no de comunicarse, una mejor amiga negra, un vecino y confidente homosexual- invisibles para los poderosos.
Sin embargo, Del Toro los hace visibles, genuinos, y los dota de poder después de que un “monstruo”, una criatura anfibia proveniente del Amazonas es capturado por estadunidenses abrumados por una paranoica carrera con los rusos durante la Guerra Fría. Eliza conecta con este ser de escamas, que en realidad es una representación de la otredad, del migrante denostado, y cuya vida corre peligro porque el hombre a cargo de la seguridad de las instalaciones es el verdadero monstruo del cuento, y el director mexicano lo deja muy claro. Es misógino, autoritario, violento, abusivo, racista y está tan obcecado con su falaz superioridad que no se permite conocer a quienes son diferentes a él, particularmente a la criatura que capturó.
Lo que el realizador hace con La forma del agua -por la cual ya ganó el Globo de Oro como Mejor Director y que lo tiene como contendiente serio para la próxima entrega del Oscar- es ofrecernos su película más madura (él mismo ha dicho que es el primer filme que hace como adulto y en el que no quiere complacer a su niño interior). Infiltra mensajes políticos, sociales y refleja cómo aquella discriminación que ocurría en los años 60 sigue teniendo vigencia hoy. Y lo más maravilloso es que lo hace por medio de una historia de amor de dos seres que se aceptan en su imperfección, edifica un amor realista, sin sesgos románticos y que rehúye de la cursilería. Su cámara es hipnótica y el diseño de producción de una belleza inmaculada, elementos que recuerdan su obsesión por el detalle, pero por encima de todo recalca el hecho de que su princesa no necesita que su “bestia” se transforme para amarlo. Un mensaje esperanzador que resonará en el tiempo.

La forma del agua
Dirección: Guillermo del Toro
Elenco: Sally Hawkins, Doug Jones, Michael Shannon, Octavia Spencer

4.5 estrellas

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