La existencia, el pensamiento, la acción política
Publicada el Jue, Oct 24, 2019

Por Carlos Castillo.

Pensar a la persona y el lugar que ocupa en su entorno ha sido la labor histórica de la filosofía. Desde la Grecia arcaica hasta los dilemas más actuales de la bioética, los seres humanos se han preguntado acerca de su lugar en el cosmos, en la sociedad, frente a sí mismos y frente a los otros.

Ese cuestionarse propio de la especie marca la evolución de ideas que, a lo largo de los siglos, lejos de ser pasivas y contemplativas han empujado a mujeres y hombres a intervenir en la vida pública en defensa de un ideal, de un anhelo, de un cambio en el orden de las cosas que dejan de ser soportables y exigen pasar a la acción.

Los cambios de la humanidad, ya sean ideológicos o tecnológicos, van siempre acompañados de reflexiones e ideas que apuntalan y sostienen el edificio de la especie; cuando no es así, esos cambios solamente rozan la superficie de la historia sin ser capaces de profundizar o enraizar en alguna forma de trascendencia, de legado: eso que empuja a que otras y otros asientan, consientan o disientan de aquello que se busca cambiar o conservar.

Una de las últimas grandes corrientes de pensamiento que convocó a Occidente fue el existencialismo. Su desarrollo fue sobre todo en la Francia de entreguerras, para consolidarse y tener sus máximas cimas tras la Segunda Guerra Mundial: sus salones fueron los de los cafés parisinos, sus representantes, filósofos y filósofas que ahí se reunían a tratar de descifrar el lugar del ser en un mundo que luego de los campos de concentración y de Hiroshima cambió para siempre.

Todo era nuevo en ese momento. Las certezas más sólidas habían desaparecido entre genocidios y Europa se reconstruía sobre escombros, muerte y los límites de la acción humana rotos y torcidos. Y entre esos escombros, las ideas del último siglo XIX e inicios del XX fueron las que, con Nietzsche, Kierkegaard a la cabeza, sirvieron para que en Alemania, Heidegger y Husserl apuntalaran una nueva forma de pensamiento que abandonaba la pura teoría para dar cabida a la experiencia humana como eje del filosofar: la fenomenología.

Pasaron algunas décadas para que dos jóvenes, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, desdoblaran de la fenomenología una rama que, bajo el nombre de existencialismo, convocó a quienes ya no les bastaban las puras ideas ni la reflexión de gabinete sino que, por el contrario, exigían que esas ideas se convirtieran en móviles capaces de influir y transformar la historia. Ahí estuvieron Camus, Arendt, Jaspers, Marcel y una lista inmensa de vidas y obras apasionantes.

Y es ese recorrido el que Sarah Bakewell sigue de manera minuciosa en su obra En el café de los existencialistas (Ariel, 2016), a través de una narración que, fiel a la propia fenomenología, recupera el detalle de vidas convulsas y complejas, entreteje anécdotas individuales o colectivas con teorías filosóficas para descubrir el trasfondo vital de quienes formularon una manera nueva de interpretar la realidad que, casi siempre, invitaba al compromiso, al absoluto, a la radicalidad y a tomar posturas que en el mundo bipolar de la guerra fría se tronaban irreconciliables.

Una obra que al final de cuentas, recuerda la autora, reconstruye una etapa de la historia de las ideas en que la libertad ocupó el centro del debate y de la acción política, para un momento crítico –este siglo XXI– en que “nos encontramos supervisados y dirigidos hasta un grado extraordinario, controlados para averiguar nuestros datos personales, alimentados con bienes de consumo pero sin poder… hacer algo que altere demasiado el mundo, y se nos recuerda regularmente que los conflictos raciales, sexuales, religiosos e ideológicos no son casos cerrados, en absoluto. Quizá estemos ya preparados para hablar de nuevo de libertad… y hablar de ella políticamente significa también hablar de ella en nuestras vidas privadas”.

Nuestro tiempo exige pensar muchas cosas de nuevas maneras: las tecnologías y la política parecieran haber estrechado un vínculo que desde el propio régimen democrático de libertades atenta contra la misma libertad. Asimismo, las certezas sobre las que se construyó el espacio público del siglo XX han entrado en crisis, para recordarnos que la propia realidad nos exige pensar de nueva cuenta aquello que creíamos inmóvil o inamovible: un ambiente similar al de los propios existencialistas, un reto en el que la imaginación y la creatividad exigen hallar nuevos cauces para una libertad nueva.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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