La empatía literaria y la empatía política
Publicada el Jue, Feb 21, 2019

Por Carlos Castillo.

El diccionario define la palabra “empatía” como la “acción de comprender al otro poniéndose en su lugar”, así como la “facultad para identificarse con alguien, para sentir lo que él siente” (Léxico de filosofía, Jacqueline Russ, Akal).

Esta capacidad, que la neurociencia adjudica a las llamadas “neuronas espejo”, es fundamental para el oficio literario, que tiene como materia prima la invención de vidas, escenarios y mundos donde se desarrolla una historia que por principio debe resultar creíble, apegada a cierta veracidad y capaz de construir en la imaginación del lector un universo en el cual se desenvuelva una existencia determinada.

Mario Vargas Llosa habla, así, de “la verdad de las mentiras”, para referir que en fin de cuentas la literatura no deja de ser un cúmulo de invenciones que contienen en sí mismas un reflejo tan sólido de lo humano, que se convierte en un reflejo nítido de lo más profundo de la vida humana.

El filósofo Emmanuel Lévinas, a partir de la formulación de la teoría de la otredad, profundizó desde el plano epistemológico acerca de la necesidad, después de la Segunda Guerra Mundial, de fortalecer precisamente esa capacidad de ponerse no sólo en los zapatos sino, ante todo, en la piel del otro, con la finalidad de construir una ética que tuviera su origen y final en un “otro-como-yo-mismo”.

La empatía es, pues, desde los planos filosófico y literario, un ejercicio y una práctica que, desde la imaginación, la sensibilidad, la cercanía y la capacidad de abrirse a lo diferente, permite adentrarse en la existencia de personas o grupos específicos y recrear así la individualidad ajena para proyectarla y asumirla como parte de quien observa, imagina e interioriza.

Cuando esa habilidad empática logra saltar de la literatura a, por ejemplo, la política, hay un cambio radical en el modo de enfrentar y resolver los problemas y dilemas que competen a la arena pública. Así, de una postura donde el otro es rival, se asume que aquel con quien buscamos un acuerdo común es, por principio, otro ser humano con ambiciones, historias, trayectorias y experiencias que lo convierten en un igual.

Lograr ese tránsito trastoca las relaciones humanas y deja a un lado las posturas irreductibles, los dogmas y los absolutos donde la política –entendida ya como la capacidad de lograr puntos de encuentro– siempre fracasa. Y esa radicalidad empática es la que el escritor israelí Amos Oz estudió en un pequeño libro, al margen de su obra literaria, titulado Contra el fanatismo (Siruela, 2002): un compendio de tres conferencias que, no obstante, son el trasfondo que acompaña la veintena de novelas que publicara y que le hicieran candidato al Nobel de Literatura desde hace varios años.

“Sobre la naturaleza del fanatismo”, la primera parte de ese ejemplar, es así un adentrarse en los resortes que impulsan las posturas radicales donde quien cambia de opinión es traidor, donde se busca que alguien modifique su visión por un bien supuesto que un otro considera indispensable, y donde “el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores” son razones que validan la intolerancia y la negación de lo distinto.

En la segunda conferencia, “Sobre la necesidad de llegar a un compromiso y su naturaleza”, Oz traslada su teoría al conflicto árabe-israelí, ante el cual fue siempre una voz moderada, y apela a entender sin ingenuidades ni reduccionismos esa longeva y cruda confrontación desde la visión compleja, histórica social y cultural, propia de cada parte.

En la tercera, “Sobre el goce de escribir y el compromiso”, hace un llamado a que una solución no puede partir de la postura que contraponga “una lucha entre bien y mal” sino más bien desde lo que llama un “compromiso doloroso” para ambos pueblos, bajo la premisa de que “un acuerdo feliz es una contradicción” y que siempre será preferible elegir “la imperfección de la vida descartando las perfecciones de la muerte gloriosa”.

En una época en la que asistimos a una escalada clara de los extremos, manifiesta en posturas cada vez más radicales e irreductibles –fanáticas–, presentes tanto en el discurso como en el lenguaje y el trabajo político, resulta conveniente volver a un libro que mantiene una vigencia absoluta por su actualidad, por su capacidad de mirar de frente y sin máscaras realidades complejas, por su decisión de empujar una visión renovada, más clara, más limpia, más justa, de cada conflicto, para entender que, ante todo, hay un ser humano con muchas más coincidencias que diferencias detrás de cada opinión y de cada postura.

Os, quien falleció el pasado 28 de diciembre, hace un llamado, en suma, a salir de los extremos para hallar, desde la palabra, desde la empatía, desde la imaginación, respuestas nuevas a preguntas que cargan con el peso, la ceguera y la historia de una supuesta y malentendida tradición.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común:

Twitter: @altanerias

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