La derrota de Hillary aúpa a Trump
Publicada el Vie, Nov 18, 2016

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Por Miguel Ángel López Lozano.

Hace 30 años, cuando Donald Trump acaparaba las miradas de los multimillonarios de Wall Street, afirmaba en el Show de Oprah que si lanzara su candidatura a la Presidencia de los EE.UU. sería para ganar basado en una campaña sencilla pero directa, en donde representara al norteamericano de a pie con la intención de derrocar a los políticos de siempre, harto de la corrupción y el tráfico de influencias de Washington. Treinta años después y contra todo pronóstico, después de arrastrar la segunda posición en todas las encuestas y de contar con tal sólo un 15 por ciento de probabilidades de ganar, más o menos las mismas probabilidades que tenemos de obtener dos veces un seis con un dado, Donald Trump se ha impuesto a la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Poca gente esperaba que un outsider como Trump, conocido por sus desarrollos inmobiliarios, sus salas de juego y su promoción de los concursos “Miss Mundo”, lograra la nominación republicana, ganara la presidencia de la Nación más importante del mundo, y menos aún que tuviera el control de la Cámara de Representantes y el Senado, acontecimiento insólito que no se repetía desde el año 1928, garantizándose al menos que los próximos dos años podrá legislar sin impedimentos de ningún tipo, y a la vez derogar las leyes más conflictivas de la administración Obama.

Una de las principales claves del auge de Donald Trump y del inesperado apoyo que le ha aupado a la Presidencia se debe a su condición de outsider, lejos de la visión cortoplacista de un profesional de la política alejado de la ciudadanía, ha sabido entender al votante americano y principalmente ha sabido empatizar con la clase media baja. Un votante que ha sucumbido ante un fenómeno mundial que se contagia como un virus en las sociedades occidentales: la antipatía hacia los profesionales de la política, la indignación ante las élites partidistas y el establishment económico financiero.

Esto explica en gran medida cómo un outsider como Trump ha logrado arrebatarle la presidencia a Hillary Clinton, la personificación del establishment americano. Los electores se han cansado de los viejos discursos políticamente correctos, de los candidatos apadrinados por las grandes corporaciones y los grandes Lobbies de poder, de los candidatos fabricados a medida por los medios de comunicación, buscan candidatos que se enfrenten a la realidad face to face con un lenguaje cercano.

Trump, fiel a su promesa de los años 80, se ha guiado por un mensaje sencillo pero a la vez directo, ha recogido las demandas que los norteamericanos de a pie se hacen día a día en sus conversaciones y con sus familias. Sus principales propuestas huyeron de lo políticamente correcto: reeditó la vieja idea del “muro de la vergüenza”, ha prometido impedir el acceso a los musulmanes en territorio americano, deportar hispanos, abandonar el Tratado de Libre Comercio, revisar los acuerdos con la OTAN, y un largo etcétera de medidas que han generado estupor entre los medios de comunicación y la comunidad internacional, pero que calaban y motivaban a las bases de un partido cuya dirigencia poco a poco se alejaba más de él.

Al igual que hiciera Bernie Sanders, Trump se guió por su propio manual alejado del de su partido, aunque con diferente fortuna. Trump consiguió el apoyo de las bases de su partido arrollando sin miedo al establishment republicano que hizo todo lo posible por neutralizar su candidatura, pero poco pudieron hacer frente a unas bases que enloquecían ante un candidato que recogía sus demandas sin pensar en las consecuencias que podrían traer.

En el caso de Bernie Sanders, a pesar de ganar enteros entre las bases del partido y principalmente entre los jóvenes, se enfrentaba a una realidad bien distinta, una candidata que durante décadas ha gozado del paragüas de las élites neoyorquinas, y que como era de esperar, hizo valor su influencia y forzó su nominación de manera descarada y tendenciosa. Los grandes Lobbies norteamericanos no podían permitir que la abanderada de la ideología de género y la protegida del Planned Parenthood quedara fuera por un candidato socialista.

Pero una vez más, la decisión de unos pocos alejada de la realidad impuso a una candidata que lleva más de 20 en el primer plano de la política, que pertenece a una de las dinastías más influyentes de Washington, que ha sido primera dama, senadora, Secretaria de Estado y que está marcada por sospechas de tráfico de influencias y de corrupción ante una sociedad que demanda políticos alejados de la política. El apoyo fue tan descarado en perjuicio de Sanders, que el propio Trump se compadeció públicamente de él. Los partidos políticos y sus cuadros dirigentes no acaban de entender que cuando se producen este tipo de decisiones sin contar con el sentir de la militancia, acarrean unos efectos contrarios al deseado.

Finalmente, Donald Trump obtuvo la victoria electoral gracias a la pésima elección del Partido Demócrata y a la pésima campaña de Hillary Clinton, porque no nos engañemos, aunque ganó el voto popular, obtuvo menos votos que Obama en las pasadas elecciones (9 y 5 millones votos menos que Obama en 2008 y 2012, comparados respectivamente). A Trump no le perjudicó ser el blanco de la ira de la progresía internacional, ni el desprestigio de los medios de comunicación, del activismo izquierdista de Hollywood, ni de la ausencia de apoyos dentro de la dirección de su partido. Por el contrario, Trump se ha visto beneficiado de una serie de acontecimientos que pocos esperaban y que han vuelto a poner en entredicho el trabajo de las encuestas electorales. Unas encuestas que auguraron desde el principio de la campaña la victoria de Hillary, y que no han sabido medir el voto oculto que genera, cada vez más, sorpresas en los resultados electorales.

Las principales claves de la derrota de Hillary se obtienen analizando el voto de las minorías, un voto que consideró ganado desde el minuto uno de la carrera presidencial. Nadie esperaba que a pesar de las declaraciones de Trump obtuviera dos puntos porcentuales más que Romney en voto latino (mejorando la marca de Florida, hecho que le sirvió para ganar un estado clave en su elección), mientras que Hillary obtuvo cinco puntos porcentuales menos que Obama; tampoco se esperaba que gracias a la escasa movilización del voto afroamericano Hillary obtuviera cinco puntos porcentuales menos que Obama, facilitando que Trump ganara Carolina del Norte; respecto a los jóvenes; Hillary también perdió cinco puntos porcentuales en comparación con Obama, ni siquiera las mujeres apoyaron a Hillary más que a Obama.

Hillary erró a la hora de dar por ganado el voto de las minorías: el afroamericano, el latino, el de las mujeres y el de los jóvenes. Su equipo creyó que tanto el escándalo machista que asedió a Trump el último mes de campaña, como sus declaraciones xenófobas acerca de las deportaciones de inmigrantes y las reiteradas menciones al muro mexicano bastaban para asegurarse un voto necesario para la victoria.

Donald Trump, a pesar de obtener menos votos que Mitt Romney en 2012, los obtuvo donde los necesitaba: Pensilvania, Michigan, Wisconsin. Hacía décadas que estos estados no votaban por el partido republicano y junto a Florida, Ohio, Carolina del Norte (los rojos tradicionales), le dieron la victoria.

Cometería una equivocación si dejara de mencionar la filtración del FBI en la investigación federal a Hillary por el uso de su correo electrónico, pero a pesar de ese golpe a final de campaña, el principal error de Hillary es que no supo leer la realidad, no entendió al votante de la clase media y media baja. Se instaló y rodeó del establishment neoyorquino y californiano creyendo que esos dos estados representaban el sentir de los estadunidenses. Craso error creer que el ciudadano cosmopolita de las costas se asemeja al del interior infravalorando su potencial y tamaño. A pesar de que Donald Trump representa a ese 0.1 por ciento de los más ricos e influyentes de América, supo mostrarse como un antisistema alejado de las élites, representando al ciudadano medio harto de la corrupción y el tráfico de influencias del poder, imagen que siempre ha acompañado al matrimonio Clinton.

Dios bendiga a América y especialmente ilumine a sus nuevos dirigentes para que tomen las decisiones acertadas radicadas en el bien común de la comunidad internacional.

 

Miguel Ángel López Lozano es analista político. Twitter: @malopezlozano