La degradación de la palabra
Publicada el Jue, Feb 21, 2019

Por Javier Brown César.

La palabra es una de las más sublimes expresiones de la dignidad humana: abre horizontes, teje mundos, determina ideas e ideales. En el primer número de la revista doctrinal e ideológica de Acción Nacional, Carlos Castillo Peraza, fundador y primer director, estableció para Palabra el objetivo de ser “un instrumento de reflexión y de diálogo”.

Para Aristóteles, la palabra es la base de la política. En el libro primero de su tratado sobre la ciudad (la Política), el filósofo de Estagira estableció con claridad meridiana la centralidad de la palabra para la vida de las comunidades. Decía Aristóteles: “La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza… no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra”.

Privilegio exclusivo del ser humano, la palabra es a la vez un logro civilizatorio y un don superlativo. En su discurso a Nicocles (III), Isócrates de Atenas decía: “como nos es innato el convencernos unos a otros, y el demostrarnos aquello sobre lo que deliberamos, no sólo nos apartamos de la vida salvaje, sino que, tras reunirnos, habitamos ciudades, establecimos leyes y descubrimos artes; en casi todo lo que hemos inventado es la palabra la que nos ayudó. Ella, en efecto, dio leyes sobre lo justo y lo injusto, sobre lo malo y lo bueno; de no haberse dispuesto así estas cosas, no habríamos sido capaces de vivir unos con otros. Con la palabra contradecimos a los malvados y encomiamos a los buenos”.

Aristóteles remataba su defensa de la palabra en los siguientes términos: “la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, el sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad”. El pensamiento se desenvuelve a partir de la palabra como el medio privilegiado para llegar a acuerdos, para ordenar los asuntos públicos.

Así, la palabra es la suprema expresión de la vida política, el instrumento principalísimo para deliberar acerca de lo justo y lo injusto, deliberación absolutamente indispensable para constituir una comunidad ordenada y estable. Ludwig Wittgenstein afirmaba de forma contundente que “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. De ahí que la degradación del lenguaje lleva a la reducción del mundo, a la banalización de la opinión pública, a la depreciación del espacio público y a la destrucción abyecta de la libertad de expresión.

El espacio público está plagado de riesgos y escollos para el buen uso del lenguaje. Ya Freud, y de manera principal Lacan, postularon que el inconsciente se expresa a través de la palabra, de ahí que quien coloniza el lenguaje con imperativos ajenos a su propia lógica y estructura, domina no sólo las conciencias sino las estructuras más profundas del pensamiento; la palabra secuestrada se pone al servicio de la degradación de las mentalidades, de la manipulación de las conciencias y de la programación de las ideas e ideales que a su vez determinan las esperanzas y los sueños.

Cuando prevalece en el espacio público la continua descalificación del otro, se da la polarización maniquea que divide profundamente a la sociedad, que genera rencores y enconos, desencuentros y violencias interminables. La descalificación del oponente es a la vez un recurso falaz y eficaz. Falaz, porque no ataca los argumentos del otro, sino que descalifica los argumentos al descalificar al adversario. Eficaz, porque a partir de acusaciones arteras busca comprometer la credibilidad ajena, a la vez que pretende acrecentar la credibilidad propia.

El espacio público se ha saturado de eufemismos, recursos perversos basados en el ocultamiento, en el artificio que consiste en dejar de llamar a las cosas por su nombre, para recubrirlas con una semántica que, a la vez que consuela las malas conciencias, sirve como recurso de los gobiernos para encubrir su ineficacia y sus limitaciones. Hablar de personas con discapacidad para referirse a un amplio espectro de personas con diversas barreras personales, no puede ocultar con palabras lo que es evidente para los más avezados: el Estado está renunciando a sus funciones principalísimas de garantizar salud y educación de calidad, empleo y crecimiento económico, y protección a la vida y la propiedad de las personas.

Las democracias existen precisamente para defender a las minorías de las mayorías, para darle a la palabra el peso específico que le corresponde en la esfera pública y el lugar más alto posible en la vida de las personas. Contra la lógica democrática se impone el cuestionamiento y la descalificación del otro con base en el argumento del poder: respondo a los intereses de quienes me eligieron y no a las minorías (cuya voz debe ser máximamente relevante, cuyos derechos deben ser defendidos y cuya participación en el espacio público debe ser indispensable).

El día que, por gracia de eufemismos moralizantes, culpas inconfesables y corrección política vergonzante, dejamos de llamar a la delincuencia por su nombre, habrá llegado a su fin el ideal del Estado de derecho; se volverá entonces al estado de naturaleza del que hablaba Thomas Hobbes, en el que la guerra es la tónica y la paz un residuo de la nostalgia. Así, degradando la palabra, terminaremos con un balbuceo interminable y absurdo, regresaremos a la barbarie en la que la ley es definida por el más fuerte, y en la que la palabra válida y cierta es la que pronuncia el poderoso, sin debate ni disenso, imponiéndola con base en la fuerza, en la brutalidad o en la astucia.

Respetar la palabra, valorar la palabra, encomiar la palabra, son acciones necesarias para rescatar a la política de la debacle actual, en la que, ante la falta de acuerdos y consensos, lo que sigue es la guerra de todos contra todos, de la que hablaba Thomas Hobbes. La palabra es a la vez instrumento vital de la política y condición necesaria para la paz.

En la citada presentación de la revista doctrinal e ideológica del PAN, Carlos Castillo Peraza concluía en los siguientes términos: “Cultura e identidad propias, apertura al diálogo, profundización en las raíces, mirada lanzada al mundo. Esto quiere ser Palabra. Una palabra que sabrá darse y será capaz de recibir. Una palabra que no debe agotarse en sí misma -sería parloteo- sino hacerse obra, en nuestra vida personal, en nuestra acción social, económica y política. En síntesis, una palabra que se cumpla”.

 

Twitter: @JavierBrownC

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