La conquista del bien común
Publicada el Mie, Ene 29, 2020

Por Javier Brown César.

El bien común es la suprema perfección de la vida en comunidad, la máxima conquista a que puede aspirar quien gobierna y el faro que debe alumbrar los destinos de toda nación. Desde su fundación, Acción Nacional se propuso como objetivo “la subordinación de toda actividad individual, social o del Estado, a la realización del bien común”.

La definición del bien común es ardua, toda vez que lo que prevalece en la mayor parte de nuestras sociedades es el malestar generalizado fraseado de manera genial por Manuel Gómez Morin como dolor. Hoy día, nos aquejan dolores múltiples que, cuando no son atendidos por medios políticos o, en el peor escenario, son causados por malas decisiones de política, se convierten en graves injusticias.

El bien común es un aspecto del bien general, el cual, para los filósofos clásicos, es lo que todos apetecen, de ahí que se le considere la causa principal, y a pesar de ser lo último en el orden de la ejecución, es lo primero en el orden de la intención. La vía del bien es ardua, difícil, requiere esfuerzos considerables, decisiones acertadas e ingentes inversiones de tiempo.

El bien común es concreto, tangible, real, se expresa en servicios como seguridad pública, parques y jardines ordenados, mercados higiénicos, calles con alumbrado, casas con servicios básicos, y salud y educación de calidad. El malestar que padecemos en nuestras comunidades resulta usualmente de decisiones equivocadas que ocasionan que haya malos servicios públicos, bienes que se distribuyen de forma desigual y problemas como la inseguridad, la contaminación o carencias sociales elementales en amplios sectores de la población.

Como fin de la autoridad y eje rector del ejercicio del gobierno, el bien común es el supremo faro que orienta decisiones, de ahí que, si se pierde de vista, se causan grandes males. Como decía Miguel Estrada Iturbide: “Cuando se pierde de vista el bien común, cuando se desvía el objetivo de la acción política, entonces –insistimos– la política se convierte en actividad infrahumana, indigna de hombres; y entonces sucede que cada hombre, como se ha dicho admirablemente, se convierte en un guiñapo; porque todo el que pone su bien particular por encima del bien común, todo el que pone su propio interés más alto que el común, todo el que entiende que la sociedad está a su servicio como está el siervo al servicio del amo, es automáticamente un tirano”.

El bien común es “el conjunto de condiciones sociales que permiten y favorecen en los seres humanos el desarrollo integral de todos y cada uno de los miembros de la comunidad”. La función del Estado en este ámbito es crucial: “El Estado tiene como misión cuidar directamente, mediante una amplia planificación y coordinación de la cooperación social, todas las necesidades existenciales de sus miembros, contando con una amplia gama de políticas públicas, además de un amplio sistema de derechos humanos que protejan a las personas en todas las eventualidades de la vida, proporcionándoles la ayuda que necesitan”.

En consecuencia: “el bien común se constituye por un conjunto de condiciones mínimas necesarias, de bienes públicos, y por todos los supuestos y organizaciones de carácter público y general, que sumados y en armonía son necesarios para que los individuos, como miembros de la colectividad, cumplan su destino temporal y eterno, además de poder hacer efectivo, con su actividad propia, el mayor bienestar posible”.

La concreción del bien común demanda una sociedad solidaria, en la que los vínculos de confianza sean cada vez más fuertes y en la que el miedo sea un sentimiento residual, además demanda políticas públicas subsidiarias que efectivamente lleven la ayuda a quienes realmente la necesitan. Nadie debe quedar excluido del amplio abrazo del bien común, ya que “es de todos y para todos”.

El principio utilitario según el cual se debe lograr el mayor beneficio para el mayor número de personas es contrario al bien común, ya que se trata de un juego de suma cero en el que el menor número queda excluido de los beneficios colectivos. De ahí que la medida puntual para determinar si en una comunidad prevalece o no el bien común será siempre el eslabón más débil del tejido social: las personas en situación de pobreza, marginación, segregación y exclusión.

Hay que afirmar de manera contundente que: “No puede excluirse a nadie de los beneficios del bien común argumentando pertenencia a nación, religión, sexo, raza, convicción política o posición social. Nadie, ni los aún no nacidos ni las siguientes generaciones deberán ser excluidos de tales bienes”. Quizá la mejor expresión de este carácter universal del bien común es la breve sentencia que contienen los ya citados pilares del humanismo: “si el bien común atentara contra el fin trascendente de una sola persona, dejaría de ser bien y dejaría de ser común”.

Al ser el bien común tangible y concreto, se expresa en leyes, instituciones, políticas, bienes y servicios públicos. Las leyes que regulan al Estado no deben excluir a nadie de su ámbito de aplicación. El ideal griego de isonomía, de igualdad de todos ante la ley, es la base para el auténtico Estado de derecho y garantía de plenas libertades. Las instituciones estatales son comunes y deben estar al servicio de todas las personas sin excepción alguna. Las políticas públicas diseñadas por las autoridades deben garantizar que efectivamente se están atacando los mayores dolores sociales: la injusticia, la desigualdad, la discriminación y la discrecionalidad de los gobernantes. Los bienes y servicios públicos deben estar a disposición de todas las personas, sin exclusivismos ni privilegios.

La preeminencia del bien común se basa en la necesidad de ordenar la comunidad bajo un punto de vista superior, a la luz de un criterio moral que dignifique la vida pública, transparente el ejercicio del poder, someta a las autoridades al mandato de la ciudadanía y refleje en bienes y servicios de calidad la eficacia de la acción de todo gobierno.

La renuncia al bien común es entonces, en elocuentes palabras de Estrada Iturbide, una fuente inagotable de egoísmo y el acta de nacimiento de las tiranías: “En una sociedad de egoístas, de violadores del bien común, es natural que se incube el tirano; porque desgraciadamente los tiranos se han incubado en casi todos los ciudadanos que desconocen, que niegan, que no acatan la voluntad de los dictados del bien común”.

Twitter: @JavierBrownC

Comentarios

comentarios