La agenda humanista en el nuevo milenio
Publicada el Jue, May 24, 2018

Por Javier Brown César.

El humanismo político, doctrina de Acción Nacional, es punto de encuentro de generaciones, sustento de nuestras convicciones irrenunciables y nuestras propuestas políticas, referente obligado para pensar el futuro y juzgar con acierto el pasado. Hoy, la agenda del humanismo político dista mucho de plasmarse en realizaciones concretas de gobiernos omisos en lo elemental, destinados al repudio y al olvido por actos u omisiones que han causado profundo dolor en nuestra sociedad.

El reconocimiento de la eminente dignidad del ser humano implica luchar contra el olvido histórico de la centralidad de la persona en las decisiones estatales, que durante el siglo XX llevaron a la represión insultante, a la barbarie como respuesta aberrante a movimientos sociales que tomaron las calles y buscaron un cambio de régimen de forma pacífica.

El atropello a los derechos de las personas organizadas fue una de las causas de la pérdida de legitimidad del régimen: al delito de disolución social siguió el intento de anulación de la disidencia, mediante el uso brutal de la fuerza. Lo público dejó de estar al servicio de las personas a partir de la cancelación de espacios o su secuestro con fines privados.

La fabricación de clientelas ha atentado contra la dignidad de las personas, sometiéndolas a dádivas que hacen radicar las decisiones cruciales en el hambre y la pobreza cotidianas. La interminable fábrica de pobres es insostenible, las instituciones al servicio de intereses mezquinos deben transformarse para dar paso a una nueva institucionalidad al servicio de cada persona.

El malestar generalizado se extendió al grado de generar una distancia al parecer insalvable entre las instituciones y la ciudadanía. A la pérdida de representatividad de las autoridades se sumó el uso patrimonialista de los recursos públicos, la colonización facciosa de las instituciones estatales y la ineficacia de políticas públicas diseñadas de espaldas a la ciudadanía, con fines de justificación presupuestal.

La memoria es el remedio contra el mal, como bien lo vio Tzvetan Todorov: si recordamos, aunque sea indirectamente, lo que ha sido nuestro pasado, encontraríamos las vías para no repetirlo, para generar los acuerdos necesarios para hacer frente a la desigualdad, a la impunidad y a la crisis de inseguridad que tuvo como una de sus causas la colusión de autoridades y delincuentes.

Repetir el pasado significa anular el presente, dejar de proyectar hoy las transformaciones necesarias para visionar juntos un futuro, una nación. Recordar lo que hemos vivido refresca la necesaria memoria y nos aleja de la tentación de transitar por vías que a la postre han resultado fatales para el pleno desarrollo humano y han atentado contra el bien común.

Hoy, el bien común es el menos común de los bienes, lo que ha generado un gran descontento social y ha puesto en evidencia que el problema de la autoridad sigue siendo central, como lo sentenció Manuel Gómez Morin con gran lucidez: “He aquí la clave de los problemas sociales y políticos de México. La autoridad, forma de lo social, ha de estar íntimamente vinculada con la sociedad; es ella misma en su estructuración ordenada a un fin. Un desajuste entre sociedad y autoridad, y más todavía una escisión, conduce pronto a la decadencia y a la muerte al grupo humano que las padece. El capítulo más vitalmente importante, en consecuencia, en la preocupación de todos los mexicanos, tiene que ser este de restablecer la vinculación intima de la autoridad con la sociedad, de la nación con el Estado, del pueblo con el gobierno. Sin ello, quedarán siempre vacíos e irrealizables los programas más completos de gobierno y se frustrarán las intenciones más sinceras”.

Las crisis de confianza y de representatividad están minando las posibilidades de lograr la unidad en torno a un proyecto que vincule y convoque, que atraiga voluntades libres y no odios largamente incubados. Las fallas visibles de nuestras autoridades no sólo están en la base de muchos de nuestros problemas más urgentes, también han erosionado los valores y principios de una sociedad que, en buena medida, tiende a imitar a sus gobernantes.

La desconfianza ha resultado de la fragmentación del tejido social, por obra de gobiernos que mantienen viejos esquemas de privilegios a costa de decisiones democráticas e independientes. La falta de solidaridad está dando paso a un aislamiento cada vez mayor, a una desarticulación social preocupante, que es caldo de cultivo propicio para la proliferación de oportunistas y vividores; ante una nación de individualidades dispersas, es difícil concretar un proyecto común que vaya más allá de ganar las próximas elecciones.

Para enfrentar las desigualdades sociales se ha postulado la necesidad de regresar a un Estado paternalista, en el que se apuesta por el infantilismo permanente de la ciudadanía. Hoy, el mejor gobierno es el cogobierno, el que está cerca de una ciudadanía madura y activa, que con toda oportunidad atiende las necesidades ingentes de la población y que no antepone las obras ostentosas al hambre y malestar consuetudinarios.

Durante décadas, el Estado asumió actividades privadas, elevó sus gastos, generó redes de complicidades y subyugó a la iniciativa privada o negoció con ella con beneficios ostensibles. El Estado ha sido obeso y abusivo, secuestró actividades privadas, estatizó y privatizó de forma arbitraria y poco transparente. La vuelta a un Estado devenido en ogro filantrópico sería regresiva y fatal en términos de la necesaria madurez ciudadana y de la agenda de libertades que tanto tiempo ha tardado en ser construida.

Queremos recuperar nuestra esperanza, cumplir nuestros sueños, tener la certeza de que nuestros hijos regresarán a casa, de que las necesidades del día siguiente estarán cubiertas, no queremos vernos asolados por la inseguridad, amenazados por la enfermedad o excluidos del crecimiento económico. Queremos que el Estado esté al servicio de cada persona, que no haya más exclusión, segregación, odio, violencia e intolerancia. Servir a todos por igual y generar bienes y servicios públicos de calidad para todos es hoy la primera condición para edificar el portentoso palacio del bien común, y el primer y prioritario asunto de la agenda humanista que todos debemos atender y que estamos llamados a construir.

Twitter: @JavierBrownC

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