Juan Rulfo y el México bisagra
Publicada el Vie, may 19, 2017

Juan Rulfo

Por Carlos Castillo.

La obra de Juan Rulfo coincide con un cambio demográfico en México: el abandono de lo rural y el florecimiento de lo urbano, desdén por el pago y llegada del horizonte de concreto y asfalto.

Los años cincuenta del siglo XX son testigos de ese hecho y el autor, que este 2017 cumpliría 100 años, es parte de esa transformación social, se beneficia de ella y recorre la distancia de una provincia campesina hacia la Ciudad de México. Ahí, la sorpresa, el encuentro, la Universidad, los pasos primeros en la literatura que, por esa época, aún se deleitaba con los resabios de la gesta revolucionaria en obras de Martín Luis Guzmán o Mariano Azuela.

Desde el otero citadino Rulfo mira hacia aquello que dejó detrás con ojos críticos, la mirada hinchada y deslumbrada, los sentidos nostálgicos de horizontes extensos y secos. Aprehende esa herencia de sus primeros años y la reinterpreta desde sus manifestaciones más crudas, heridas personales que son de algún modo también colectivas, como toda guerra civil, como la Revolución o el conflicto cristero que terminaban cuando él apenas se asomaba al mundo.

Los relatos de ancestros y parientes, los recorridos a pie por cementerios y caminos de tierra, los templos que se erigían en la distancia como polos a los que, de fiesta en fiesta, el pueblo acudía y entre campanadas y carnavales se construía así la medida del tiempo…

Todo ello es parte de su herencia y la asume propia, sin pudor alguno: y así, sin velos ni tapujos la relata, cruda como el sacrificio personal de quien dedica al Creador el sufrimiento infringido a la carne desnuda, violenta como el ruego de quien suplica el perdón de los hombres antes de ser fusilado, supersticiosa ante los embates de la naturaleza que ponen en duda la fe, seca como las rutas donde la piel se resquebraja ante el sol infame.

El llano en llamas (1953) es su primera obra y todo su estilo se encuentra ya proyectado en esos 17 cuentos. Una escritura precisa y sin adornos, nada del barroco o el churrigueresco de catedrales y templos; la prosa afilada como los riscos y la piedra volcánica que es legado de erupciones milenarias; el estilo preciso para expresar aquel país que prefería ocultarse para dar primer plano a la ciudad floreciente y en expansión.

Dos años pasan antes de que Rulfo publique su siguiente libro. En ese lapso, una vocación fotográfica, iniciada años antes, captura en imagen aquellos parajes, pueblos y escenarios que bien podrían ser la manifestación gráfica de aquellos sitios que describe en su obra. El libro Juan Rulfo. Letras e imágenes, que vio la luz apenas en 2002 (Editorial RM), rescata ese material y lo ofrece al público por vez primera.

Es en 1955 cuando la única novela que escribiría aparece en librerías: Pedro Páramo, una historia sombría, oscura, en ocasiones hasta estremecedora pero siempre cubierta por un velo que transforma las voces en murmullos, los personajes en siluetas delineadas bajo luces mortecinas, los paisajes en confines inexactos y borrosos, las historias en tragedias a las que sus protagonistas se acostumbran y se resignan, para incorporarlas a una existencia que se repite en ciclos que, como herencia maldita, vuelven siempre a empezar.

Es en estos tres trabajos que Juan Rulfo logra plasmar un México bisagra, un México que transita de una época a otra tratando de dar la espalda a su pasado y con los ojos puestos en el porvenir. Y ahí está la literatura para poner ante los ojos del lector –urbano, universitario, más cosmopolita que localista– aquello que también es identidad, raíz, realidad profunda que tarde o temprano emergerá de nuevo para arrojar su dolor y su miseria a la lista de temas nacionales.

El rescate de ese país rural no deja de impresionar por su exactitud y su crudeza. Las descripciones coinciden todavía con un pueblo que sigue debatiéndose entre el ayer y el hoy, y es posible hallar incluso en este siglo –con sus cambios claros pero fiel a lo relatado– un mundo donde el silencio autoimpuesto, la poca claridad o el olvido quedan instalados y parecen perpetuarse.

Ese México que más adelante estaría también presente en la primera obra de Fuentes, en los filmes de Buñuel, en la fotografía de Álvarez Bravo, y que ya venía preconizado por el muralismo de los años treinta. Rulfo calló y no escribió más; se perdió en la urbe que al final terminó por devorarlo, por sumirlo en un silencio quizá fruto de la certeza de que no quedaba más por decir: ya llegarían otros a escribir la historia de lo que seguía.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

Comentarios

comentarios