In memoriam: Alberto Antonio Loyola
Publicada el Mie, Nov 22, 2017

Por Aminadab Rafael Pérez Franco.

El pasado 26 de octubre murió en la Ciudad de México don Alberto Antonio Loyola. Quien esto escribe recuerda a un hombre sencillo, amable, con una voz suave que compartía invariablemente palabras de sabiduría, producto del conocimiento y de la experiencia acumulada en años de labor intelectual y periodística. Confianza y avidez despertaban sus pláticas en quienes tuvimos la fortuna de convivir con él, para aprender y entender la nobleza del trabajo bien hecho y el gozo de hacer el bien a los demás.

Don Alberto fue, primeramente, un periodista, quién aprendiera el oficio en las aulas de la Escuela de Periodismo de la Acción Católica Mexicana, en los tiempos en que esa institución adoptó el ilustre nombre de don Carlos Septién García; posteriormente, prosiguió su formación como licenciado en Ciencias Sociales en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y la Universidad Libre de Bruselas, concluyendo su formación con la maestría en Lengua y Literatura Españolas en la Universidad Complutense de Madrid.

El destino lo llevó a iniciar su fructífera carrera periodística en San Luis de la Paz, Guanajuato, su terruño por voluntaria adopción, en el periódico La Voz, aunque pronto fue incorporado a la cooperativa y equipo de reacción del periódico Excélsior, en los tiempos en que dicho diario fue indiscutiblemente el mejor medio de nuestro país, publicación en la que permaneció hasta el golpe con el que el régimen echeverrista derrocó la dirección de don Julio Scherer García. Fue entonces, cuando don Alberto Loyola desempeñó simultáneamente labores de reportero en esta nuestra revista La Nación, como coordinador de prensa de la diputación federal del PAN por varias legislaturas, como profesor fundador de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Iberoamericana y como titular del órgano de difusión de la Asociación de Cajas Populares de México.

Don Alberto fue también, un panista ejemplar y comprometido. En 1950, justo a la edad de 21 años, se afilió al PAN, dando inicio a una militancia propia de los tiempos de la oposición política, donde predominaban el compromiso, el testimonio y el sacrificio. Un militante cuyas motivaciones eran los fines de orden superior y la misión de transformar a México para convertir al servicio público en sinónimo de la gestión del Bien Común. Y así le tocó a don Alberto Loyola ser tanto actor como cronista de campañas, de debates parlamentarios, de éxitos y crisis institucionales, que eran la vida misma de alguien quien asumía su panismo como identidad y proyecto vital.

La militancia panista llevó a don Alberto Loyola por caminos intrincados: fue consejero nacional en dos periodos, miembro del CEN en el último año de la segunda gestión de Manuel González Hinojosa, dirigente por muchos años en el Consejo y Comité Regional de la capital del país y diputado federal en dos ocasiones: la primera en aquella convulsa XLIX Legislatura Federal 1973-1976 y la segunda supliendo a Diego Fernández de Cevallos tras su postulación como candidato a la Presidencia de la República en 1993-1994.

Al poco tiempo, en 1996, don Alberto trabajó escribiendo historia del PAN en la Fundación Rafael Preciado Hernández. Fue ahí donde tuve la fortuna de convivir y hablar con él tantas veces y de tantas cosas. Entre sus proyectos el más notable quizá fueron los dos libros de Memorias del PAN que compiló con reseñas de La Nación que abarcaron la década de los sesenta. Pero también tenía la Memoria de Labores del Grupo Parlamentario en la LV Legislatura, que es, hasta hoy, el más sistemático y detallado testimonio existente sobre el trabajo de una diputación federal panista. Escribió un par de libros más: Introducción al arte de escribir, destinado a sus alumnos en la Ibero y en el PAN y el segundo cuyo título lo dice todo: De la aristocracia pulquera a la aristocracia cervecera… así escribía alguien que no se guardaba nada.

De entre tantos recuerdos, fue inolvidable aquella tarde en que nos explicó el origen de un artículo suyo publicado en Palabra donde reseñaba la película sobre Tlacuilo, nombre que los aztecas daban a aquellos destinados a aprender el significado profundo de la lengua y cultura náhuatl, o las veces en que contaba con entusiasmo por qué la cooperativa era la mejor forma posible para organizar una empresa, o el día que hablando de los fundadores desconocidos del PAN me obsequió la semblanza en voz de un cercano suyo don Juan B. Amescua, o sus anécdotas desde las campañas hasta la forma en que abría brecha como presidente estatal del PAN en el proceso de formación del estado de Quintana Roo.

Ochenta y ocho años nos acompañó en el mundo don Alberto Loyola. Hará quizá tres años cuando por última vez charlé por teléfono con él, le agradecí como siempre sus atenciones y su paciencia con mis preguntas atropelladas; su voz continuaba siendo suave aunque desde luego era ya un poco más lenta; era feliz siendo el cronista vitalicio de San Luis de la Paz y esa plática fue igual que todas con el ser humano siempre atento y generoso. Descanse en paz él que tanto dio y de quien tanto aprendimos. Hombres como él, que con la pluma prestigiaron a esta revista y al PAN, nunca serán olvidados.

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