Humanismo sin fronteras: panistas en el exterior
Publicada el Mar, Feb 17, 2015

Redacción.

El 31 de enero los panistas de California, encabezados por Ramón Mejía, con liderazgos sociales y en presencia de medios locales, festejaron en Los Ángeles el décimo aniversario de la asamblea fundacional como grupo organizado en dicha entidad, resaltando la importancia que tiene la comunidad mexicana en aquel país, tanto para México como para Estados Unidos. A su vez, se dio seguimiento a puntos del Foro Consulta para el Desarrollo Integral del Migrante, que fue organizado en noviembre de 2014 por la Fundación Rafael Preciado Hernández (FRPH).

Como representante de la FRPH, Carlos J. Guízar felicitó a los panistas en su aniversario y presentó su libro Humanismo sin fronteras. Migración hispana en EEUU, mismo que surgió, al igual que el deseo de los paisanos panistas de organizarse, para formar una estructura en Estados Unidos, ya que buscaban velar por los derechos de nuestros connacionales, y trabajar para que se les reconozcan sus contribuciones en este país y en México.

Sobre la obra, que describiremos a continuación, podemos decir que busca abonar al debate migratorio en la Unión Americana, tomando como base una perspectiva humanista, pilar de los principios de Acción Nacional, para que sea la persona y su desarrollo integral el centro de la discusión, porque como lo dice su título, el humanismo no debe tener fronteras, ya que vela por la dignidad de la persona y la protección de sus derechos.

Porque más allá de reconocer la labor de los 52 millones de hispanos en EEUU, casi 34 millones son mexicanos y 12 viven en California, además de ofrecer su trabajo y servicios, también son dueños de alrededor del 50 por ciento de los 2.3 millones de negocios de origen latino.  Por lo que contribuyen con el 5 por ciento del PIB estadunidense y con más de 20 mil millones de dólares al año en remesas a México, resaltando que 6 de cada 10 mexicanos las envía.

Sin embargo, su realidad es más compleja porque estas contribuciones a las sociedades mexicana y estadunidense no están libres de esfuerzos y mucho menos de sacrificios, no sólo por dejar sus tierras y mudarse a un país que, así como les abre sus puertas, en ocasiones puede mostrar también la cara del racismo, la xenofobia o posibles cacerías de brujas que han dado la cantidad de 1.7 millones de mexicanos deportados de 2008 a 2013.

Entre las complicaciones o retos a vencer están, por ejemplo, el acceso a la salud, ya que 1 de cada 3 mexicanos no tiene seguro médico y además su bajo nivel educativo no les permite mejorar esta situación, aunque su residencia sea legal. Asimismo, a pesar de ser la comunidad latina más numerosa y qué más contribuye a sus lugares de destino, vemos que el 28 por ciento de la población mexicana vive en pobreza.

Por otro lado, los mexicanos estamos en el lugar 10 de 14 en el ingreso por vivienda de las principales comunidades hispanas radicadas en este país y sólo el 10 por ciento de los mexicanos arriba de los 25 años tiene un título universitario.

Así pues, vemos un escenario lleno de retos pero también de oportunidades, mismas que deben comenzar en México y que desgraciadamente el gobierno del presidente Peña no se ha ocupado en procurar, ya que ha eliminado los programas que apoyaban a la educación de los jornaleros migrantes o reducidos aquellos que protegían sus derechos en el exterior.

En este contexto es en el que más exige apelar al humanismo para analizar el tema migratorio y encontrar soluciones al quebrantado sistema migratorio estadunidense, que no sólo ha sido sobrepasado sino que resulta obsoleto para la cotidianidad. Porque, para empezar, el humanismo es parte de su propia base fundacional, encontrándolo en las palabras: “mantenemos que estas verdades son evidentes: Que todos los hombres son creados iguales; que su Creador les entregó ciertos derechos inalienables; que entre éstos están, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”

Por ello, es que una falta administrativa no debe limitar los derechos humanos y sociales de los migrantes indocumentados, puesto que estos les son inherentes por su dignidad humana. Sin embargo, esto no quiere decir que no se respeten las normas locales, por el contrario, porque a lo que se apela en la obra es a una ciudadanía merecida que reconozca el esfuerzo y contribuciones, pero que también ayude a una mejor asimilación cultural.

Además, la Declaración Universal de los Derechos Humanos dicta que “los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana, y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”.

El principio de la no discriminación ante la ley y que los trabajadores, aún los indocumentados, tienen el derecho básico erga omnes, significa que a pesar de su irregularidad migratoria, sus derechos deben ser respetados, en base a su dignidad como persona.

Al salvaguardar los derechos humanos, económicos y sociales de los inmigrantes indocumentados, también se protege a la sociedad de cualquier abuso por parte de la autoridad sobre algún ciudadano, garantizando la protección de sus derechos y el debido proceso. Porque cuando el Estado se posiciona encima de la persona y su dignidad humana, confundiendo la aplicación del Estado de Derecho y la legalidad con las violaciones a los derechos humanos de los más vulnerables, cualquier otro miembro de dicha sociedad puede ser víctima de esas arbitrariedades.

Con ello, y a pesar del avance parcial y temporal que representó la acción ejecutiva del presidente Barack Obama, vemos que si republicanos y demócratas son consecuentes con los valores que plasmaron los padres fundadores de Estados Unidos en su Declaración de Independencia y Constitución, en donde la persona es el centro de cualquier decisión, así como el respeto de sus derechos, libertades e igualdad ante la ley, entonces, una solución humanista al debate migratorio resultaría la respuesta esperada, logrando así, mayores pactos con base en puntos coincidentes de acuerdo entre ambos institutos políticos, como la dignidad de la persona, su libertad y la búsqueda de la felicidad para lograr su plenitud.

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