Guerra Fría
Publicada el Jue, Feb 21, 2019

 

Por Mabel Salinas.

Con la precisión de un artesano preocupado por la técnica de su oficio y la libertad de un artista, como él mismo lo es, el cineasta polaco Pawel Pawlikowski retoma una característica que ha definido su estilo autoral en otros testamentos fílmicos. Tal como hizo en Ida, ganadora del Oscar como Mejor Película Extranjera, se toma un respiro del presente para inspeccionar el pasado, más concretamente el suyo, pese a los puñales que acarrea su Guerra Fría.

En la cinta de 2013 lo hacía a través de una joven monja que previo a tomar los votos investigaba quién era y de dónde venía, cuáles eran sus orígenes y quiénes habían sido sus padres. A la par, el director nos mostraba un fragmento de la historia polaca y los dramas que en ella había sembrado la Segunda Guerra Mundial: el exilio, la separación de familias, el Holocausto, el olvido.

Si bien con Guerra Fría nuevamente nos traslada al pasado, a los inicios de esta etapa histórica ocurrida tras la ocupación germana, ahora su interés no son los secretos ni la travesía de alguien más, sino su propio origen, sus raíces. Teniendo como marco el contexto sociocultural de su país, añade un aspecto biográfico al narrar la historia de amor-desamor-encuentros-desencuentros de sus padres en los años 50 del siglo anterior.

Wiktor (Tomasz Kot) conoce a Zula (Joanna Kulig) mientras hace un casting por todo el país en consecución de una compañía de jóvenes cantantes y bailarines de música folclórica, popular. En un país quebrantado, el arte -especialmente el nacionalista- puede ser una armadura ante la creciente inmersión stalinista. En medio de las constantes vulneraciones del libre albedrío surge un romance -más carnal que idílico- entre ellos, ambos poseedores de fuertes personalidades. Zula incluso tiene un pasado oscuro por haberse defendido de los avances sexuales de su padre. Sin embargo, para escapar de los ánimos propagandísticos que pervierten la empresa artística, la pareja se dispone a huir, pero ella se desdice y ausenta de la cita. Wiktor, entonces, recorre una gélida calle valija en mano y con el corazón roto ante la algarabía indiferente de unos soldados.

Así comienzan los pequeños episodios del tórrido romance de los padres de Pawlikowski, dos personas que se aman con ferviente pasión, pero a la vez se odian con desmesura. A través del uso de la elipsis, el autor deja fuera los periodos donde se encuentran distanciados. Son, como nos muestra la película, baches en negro, huecos intrascendentes. Nuestros protagonistas cobran vida cuando se reencuentran, ya sea en París, ya sea en Polonia, ya sea en algún otro rincón europeo.

Pero estar juntos también es una faena por sus temples veleidosos, erráticos, volubles, a veces pueriles. No saben estar juntos a la vez que no pueden vivir uno sin el otro. Son incapaces de gozar su amor libremente en los países lejanos al régimen totalitario que los corroe. Pareciera que únicamente confinados ante una libertad cautiva y en medio de un contexto opresor son capaces de convivir. Las fiestas parisinas y el consumo de alcohol enardecen sus espíritus celosos, posesivos, fieros. Exponen lo peor de ellos mismos en su propia Guerra Fría.

En un vaivén de hermosas imágenes en blanco y negro retratadas por Lukasz Zal, Pawlikowski entreteje un amor duro, explora las heridas de su pasado, algunas de las cuales comenzaron a sangrar antes de su llegada a este mundo, mientras otras apenas cicatrizan. Se detiene a analizar su origen y a transformar esa tormentosa historia en arte. A la vez, equipara el belicismo político, económico y social entre los bloques comunista y capitalista durante la Guerra Fría a la pugna amorosa entre los bloques que simbolizan sus padres. Para él la guerra se vive en dos frentes y en ambos se moldeó su periplo personal. Nos deja muy claro: Wiktor y Zula estaban destinados a colisionar y a arrasar con todo a su paso.

 

 

Mabel Salinas es Directora Editorial de enlaButaca.com y colaboradora de Cine Premiere.

@mabsalinas @EnlaButaca

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