Gómez Morin: demócrata convencido
Publicada el Jue, May 16, 2019

Por Javier Brown César.

Además de un férreo constructor de instituciones, Manuel Gómez Morin era un demócrata convencido. Desde la fundación de Acción Nacional la democracia interna fue fructífera gracias al debate y al diálogo, a la confrontación de ideas, más no de personas. Tan pronto como el 17 de septiembre de 1939 tuvo lugar uno de los debates más importantes en la historia de Acción Nacional: la participación en la elección federal de 1940 con candidato propio, proponiéndose para tal efecto la candidatura del general Juan Andrew Almazán. La postura de la presidencia de la Convención Nacional, a cargo de Manuel Gómez Morin, era en favor de fortalecer la organización antes que postular un candidato propio, al final, la propuesta que prevaleció fue la de apoyar a Andrew Almazán de forma condicional.

Así: “Libres de todo compromiso, limpios en nuestro propósito y sin desdeñar ni el más pequeño instrumento que da la ley, Providencia de los pueblos, seguiremos adelante en nuestro propósito inicial, que no es el de ganar una elección, sino el de luchar por la verdadera salvación de México… Si ustedes lo aprueban, y yo pido que lo aprueben por unanimidad de votos, la Convención se clausurará diciendo que en tanto sea el general Almazán el hombre que reúna los deseos de renovación que el pueblo mexicano abriga, Acción Nacional lo apoyará con el resto de la Nación, y en el momento que él deje de serlo, Acción Nacional le retirará su apoyo”.

La propuesta de Gómez Morin fue aprobada por unanimidad y el Partido apostó primero por fortalecer la organización antes que entrar en la “neurosis de la escaramuza”. Lo importante de los debates iniciales es la lección de democracia que los fundadores nos dejaron: la apuesta por el diálogo y la construcción de consensos; el predominio de la fuerza de los argumentos sobre la lógica de la coacción y sobre el griterío vociferante.

El fundador de Acción Nacional ayudó a edificar importantes empresas editoriales como el Fondo de Cultura Económica y la Editorial Jus, esta última publicó, en 1962, una serie de conferencias de inmenso valor para la época, inmersa entonces en los autoritarismos que prevalecían en prácticamente toda América Latina. La obra titulada La democracia en México postulaba firmemente que ésta consiste en “una doctrina de fondo y una técnica; no mera técnica, sino técnica para la realización de principios y valores éticos”.

En su conferencia titulada “Democracia en lo social y en lo económico”, Manuel Gómez Morin comienza preguntándose hasta qué punto influyen las nuevas circunstancias sociales y económicas en el valor y la viabilidad de la democracia. Para el fundador del PAN las nuevas circunstancias eran: el progreso de la ciencia y la técnica, el crecimiento de la población, la aparición de nuevas necesidades, la transformación de las estructuras sociales, la extensión y la rapidez de las comunicaciones y la aceleración de los cambios. Este diagnóstico es tan notable como vigente y expresa claramente la necesidad de defender la democracia ante un entorno en el que la globalización con su dinámica febril y vertiginosa es contraria a la dinámica laberíntica de las instituciones democráticas.

Para Gómez Morin la creciente socialización, o sea, la intensificación de los vínculos interpersonales, así como la importancia creciente de lo económico son datos positivos de la naturaleza humana. La persona está más protegida en la medida en que las comunidades son más firmes. La eficacia económica tampoco está reñida con la libertad propia de la democracia, ya que ambos términos se concilian en el bien común, de ahí que “el papel, la función propia de las instituciones, de la autoridad, del Estado, del Poder Público, no es, por cierto, el incremento de la productividad. La labor de la autoridad y del Poder debe ser guiada por la búsqueda y orientada a la realización de ese bien común”.

Pero la libertad: “es sólo una de las caras de la democracia. La otra es la voluntad y la ocasión orgánica de participar en la decisión y en la gestión de los asuntos comunes, de elegir auténticamente a los representantes y gobernantes. Las dos son inseparablemente complementarias y si una falta, la otra se falsea o sucumbe”. Esta visión de la democracia es propia del modelo republicano, que postula la exigencia de una ciudadanía activa, vigilante, que antepone sus obligaciones ciudadanas a la exigencia de necesidades devenidas en derechos; la contrapartida de este modelo es el liberal, que basa el edificio democrático sólo en la eficacia del sufragio y en la realización periódica de elecciones.

Gómez Morin critica las concepciones desvirtuadas de la democracia: la económica, la social, la dirigida que supone un fuerte intervencionismo estatal, las cuales “suprimen o simulan y falsifican la representación, la participación libre y racional del hombre en los asuntos comunes”. La democracia política es “la única posibilidad de equilibrado crecimiento de las comunidades humanas para acabar de verdad con la miseria y la ignorancia, la injusticia, la opresión y la inseguridad”. Esta idea es congruente con el principio del primado del orden político: las crisis no son consecuencia de factores meramente económicos y sociales, usualmente se originan en malas decisiones políticas.

Los aspectos principales de la democracia, junto con la libertad son: la instauración legítima de la autoridad, gracias a que en su origen se encuentra el consenso ciudadano y a que se ejerce conforme a la ley; la limitación del Poder “impuesta por el respeto a las libertades humanas esenciales, consecuencia de la naturaleza y dignidad de la persona”, la autonomía real de las comunidades humanas intermedias “que es exigida tanto por el principio de subsidiariedad como por la necesidad imperiosa de la descentralización”.

Para Gómez Morin lo propiamente insustituible de la democracia es “la identificación del Poder y del pueblo”, ya que la fuerza del Poder sólo puede venir de la adhesión voluntaria,” ya que el constreñimiento o la simple flojedad del reblandecimiento y del conformismo, ni son de efecto positivo ni permanentes”. La identificación del Poder con el pueblo: “Sólo puede ser alcanzada por el sufragio efectivo, es decir, por el acatamiento verídico de los resultados del proceso electoral, cada vez más afinado y depurado; por la participación efectiva, orgánica y constante del pueblo, lo mismo en las asociaciones y comunidades intermedias de todo orden, que en ese proceso electoral y en la vida de la comunidad; por el diálogo y la colaboración entre el Poder y el pueblo, que se institucionalizan a partir de la división de los poderes y la descentralización; por la responsabilidad real del Poder ante el pueblo, organizada en lo político mediante el proceso electoral genuino, y en lo económico y social por la deliberación racional y responsable de los programas comunes y por la rendición efectiva de cuentas comprobadas; por el respeto jurídicamente garantizado de las libertades personales y de los derechos y funciones de las comunidades y asociaciones intermedias: familia, municipio, organización profesional, comunidad de trabajo, de cultura o de fe”.

 

Twitter: @JavierBrownC

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