Genocidio silenciado
Publicada el Mie, Nov 22, 2017

Por Carlos Castillo.

El atentado ocurrió el 29 de diciembre de 1980, en Madrid, perpetrado por el Ejército Secreto para la Liberación de Armenia: la bomba estalló a los pies del periodista José Antonio Gurriarán, quien llamaba desde la caseta telefónica donde el artefacto fue instalado.

De esa cruda experiencia surgió un libro, La bomba, donde la víctima rescató su experiencia no sólo frente a la recuperación y rehabilitación de heridas y lesiones que casi le cuestan la vida, sino sobre todo la búsqueda que inició de quienes fueron los responsables de aquel acto infame.

Es a partir de esa pesquisa que se abre una historia que data de inicios del siglo XX pero cuya memoria aún dista mucho de sanar, y que es el genocidio del pueblo armenio a manos del gobierno turco en 1915, que llevó a la muerte planeada y organizada de millón y medio de mujeres, hombres y niños.

Veintisiete años después, Gurriarán regresó a Armenia en compañía de diez hijos o nietos de exiliados, de aquellos que lograron sobrevivir a largas travesías por el desierto, que fue uno de los métodos de exterminio: caminar bajo el sol abrazante hasta morir; o de quienes por un giro del azar, la compasión de algún campesino o la benevolencia de algún pastor, lograron atravesar fronteras y resguardarse en países vecinos.

Esa vuelta al país que duerme y amanece a la sombra del monte Ararat es ocasión para recrear las diversas rutas de de aquellos sobrevivientes, desde las voces de sus familiares, dispersos, bajo la historia de una nación donde el cristianismo echara profundas y primigenias raíces hace cerca de dos mil años, en el que la vecindad de credos distintos y la ambición política de imperios nuevos y viejos es la narración de siglos de atropellos, guerra, exterminio y barbarie.

El libro que surge de ese viaje colectivo es Armenios. El genocidio olvidado (Espasa, 2008), y su protagonista es precisamente esa historia milenaria que transcurre desde épocas anteriores a nuestra era y es protagonista durante la Antigüedad, la Edad media o la guerra fría, y que tiene una de sus épocas más arduas precisamente durante ese genocidio que Turquía, hasta la fecha, se niega a reconocer como tal.

Esa última y compleja etapa es la línea que recorre la obra completa, a la que el autor vuelve una y otra vez en busca de dejar asentados los detalles, fruto de su investigación, que dan a conocer la barbarie de una aniquilación que en su momento aún no podía ser nombrada como genocidio, porque el vocablo no se había utilizado jamás.

No obstante, a raíz del exterminio que padecieron los judíos durante la segunda guerra mundial, y conforme diversos medios a lo largo del siglo XX fueron rescatando testimonios y hechos, el genocidio armenio ha sido reconocido por diversos países, por fortuna cada vez más, como una aniquilación programada, planeada y realizada con intención precisa y expresa de eliminar a un pueblo.

Esta causa, por otra parte, ha sido motivo de no pocas polémicas en este siglo XXI, sobre todo a raíz de que el premio Nobel de literatura turco, Orhan Pamuk, comenzara a referirla en diversos artículos y foros internacionales, lo que le ha valido padecer las consecuencias de la intolerancia y las amenazas de diversos grupos radicales de su propio país, al punto de vivir bajo amenazas y protegido por el miedo a padecer actos de violencia que atenten contra su vida.

Actos como los que, en 2007, cobraron la vida del periodista Hrandt Dink, asesinado a plena luz del día por escribir acerca del genocidio, lo que, además, está proscrito por ley en Turquía, bajo redacciones imprecisas y vagas de normas con las que se busca evitar una solicitud común a no pocos defensores de la causa armenia: el reconocimiento oficial del asesinato masivo.

Gurriarán nos aproxima así a uno de los grandes temas pendientes de nuestro tiempo: la justicia hacia las víctimas y hacia los herederos de los sobrevivientes, la reconciliación de dos países con un pasado que no puede ser acallado ni mucho menos intentar dejarse en el olvido. Armenios. El genocidio olvidado es el orgullo de un pueblo con una historia majestuosa, un presente que exige cerrar heridas y un futuro que poco a poco intenta erigirse encima de una memoria colectiva que se niega a callar.

 

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