Feminismo para recalcitrantes
Publicada el Mie, Ago 21, 2019

Por Carlos Castillo.

El reconocimiento de la mujer a la plena ciudadanía (voto, participación política), a las decisiones sobre su propia vida (profesión, rol familiar y social, atuendo, cuerpo), de aquellas prácticas que son formas de violencia en distintos niveles (feminicidio, exclusión de espacios en la vida pública, desigualdad salarial, lenguaje excluyente) son todas y cada una luchas por lograr una condición de igualdad que comienza por una primera condición: entender que si bien los seres humanos somos iguales, las mujeres padecen condiciones históricas de injusticia que implican medidas compensatorias y subsidiarias para alcanzar un auténtico cambio cultural.

Ese cambio tiene que ver, sin duda, con el requisito previo de nombrar esas desigualdades que existen y se replican en lo cotidiano, de forma consciente o inconsciente, porque ocurren en un mundo dominado por estereotipos, por prácticas, costumbres y hábitos que en conjunto han dado forma a lo que desde las diversas categorías de análisis de las ciencias sociales se llama “cultura patriarcal”.

No se puede conocer lo que no se nombra, y el solo hecho de dar o conquistar un espacio en el lenguaje es precisamente la forma en que los seres humanos empezamos a entender y a transformar nuestra realidad. Un acto de honestidad es entonces llamar a las cosas por su nombre: feminismo a la lucha por la igualdad, injusticia a esas condiciones que permiten y hasta justifican la exclusión de las mujeres, cultura patriarcal a ese sistema de hábitos y costumbres que producen y normalizan esa exclusión, feminicidio a un tipo de crimen que vulnera y denigra a la víctima debido a su sexo.

Esta lucha por la igualdad que en principio debería congregar a cualquiera que asuma la idéntica dignidad de seres humanos, es parte de la historia del siglo XX en distintos países y ha dado pie a un debate que, como todo cambio, encuentra resistencias, se radicaliza o se acentúa, está presente en la arena pública y permite por el solo hecho de llevarse a cabo dar prioridad a un tema urgente en definitiva, necesario y sobre todo prioritario para la política, ese instrumento gomezmoriniano cuyo fin primero y último debe ser “evitar el dolor evitable”.

Y si en nuestro país el feminismo ha cobrado bríos, ha suscitado reflexiones profundas tanto en la academia como en la literatura, y ha también generado cambios legislativos graduales y de profundas implicaciones, enfrenta aún y por desgracia una resistencia que lleva a descalificar a sus protagonistas y a sus causas, a intentar presentarlo como un movimiento radical y violento, a menoscabar o relegar sus demandas y a minimizar sus argumentos o las crudas realidades que representa.

Contra esa necedad e indolencia, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie ofrece un volumen breve titulado Todos deberíamos ser feministas (Literatura Random House, 2018), transcripción de una conferencia TED impartida en 2012 y que de manera didáctica, sin perderse en debates académicos ni confusiones conceptuales, ofrece a la lectora y al lector un panorama de esas injusticias cotidianas, de esa violencia implícita en el día a día de la vida de las mujeres, de esa cultura que las relega a un plano secundario como fruto de los hábitos y costumbres de sociedades construidas y desarrolladas bajo modelos que denigran y vulneran derechos.

Trato diferente en lo público, inequidad en el acceso a oportunidades, papeles sociales fijos que obligan a que por una razón de género una persona esté casi condenada a desempeñar un rol social o familiar, lenguaje que humilla o invisibiliza, prácticas que desconocen y minimizan, masculinidades que se resisten al cambio y se reafirman desde la violencia, culturas que consideran que todo por haber sido debe seguir siendo tal y como es, aunque ese ser implique perpetuar formas de opresión que pueden llegar a normalizar la injusticia como parte de lo habitual.

“Ser feminista no es solo cosa de mujeres” es la gran conclusión de esta obra, porque la solidaridad obliga a que, ante un trato desigual, sean hombres y mujeres quienes busquen la forma de contribuir a una solución efectiva. Y en esa solución, la subsidiariedad, es decir, entender que se requieren medidas que ayuden a lograr la igualdad, debe ser la herramienta que permita ir cerrando esas brechas de género cada vez más visibles, que como todo derecho se reclama y se exige, que como toda injusticia genera indignación y rabia, y que en la medida que se asuma como una causa común podrá impulsar esos cambios que ya empiezan a ser, que ya afectan a las familias, que ya se encuentran presentes en la vida pública y que son, en suma, la base de sociedades más justas, abiertas, plurales y libres.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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