Feminismo Humanista: un punto de encuentro
Publicada el Jue, Dic 17, 2020

Por Vanessa Sánchez Vizcarra.

Resulta imposible entender los grandes cambios sociales, políticos y culturales que han vivido las sociedades de nuestro tiempo sin considerar el aporte de los movimientos feministas: desde el reclamo colectivo de la mujer por sus derechos políticos en el siglo XVIII hasta llegar hoy en día a conceptos como el de la democracia paritaria que transforman el modo en que se reconfigura la inclusión de las mujeres en la vida pública y privada.

El feminismo ha representado así una auténtica revolución del pensamiento, de la acción social y de la política que aspira a la reivindicación, el reconocimiento y la garantía de los derechos humanos de las mujeres que toma como punto de partida el hecho de que nacer mujer implicó durante siglos ocupar un espacio asignado y determinado por los varones; esto excluyó a la mujer del espacio público y justificó su discriminación de la toma de decisiones que afectaban de manera directa su propia existencia.

Las inequidades que se generaron a partir de una sociedad determinada desde lo masculino perpetuaron desigualdades que incluso llevaron a considerar que el concepto de dignidad humana, punto de partida del Humanismo, incluía de manera igualitaria a mujeres y hombres. Hoy, en cambio, y gracias a los movimientos feministas, constatamos que existen una serie de injusticias que han sido visibilizadas y corregidas de manera gradual gracias a las ideas y los reclamos de mujeres.

Esta gradualidad comenzó en 1790, frente a una “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” que de manera explícita ocultó que las propias mujeres también debían ser reconocidas y nombradas; siguió con el reconocimiento de que la desigualdad entre sexos obedecía a una construcción cultural y no a un “orden natural”, y avanzó a lo largo del siglo XIX bajo diversos movimientos que en Inglaterra y Estados Unidos exigían el derecho al voto de las mujeres.

Los cambios legales e institucionales que se lograron a partir de distintos movimientos sociales durante el siglo XX fueron acompañados por el pensamiento filosófico, antropológico y sociológico feminista, que se avocó a estudiar el origen de esas desigualdades y su manifestación en sociedades que poco a poco se abrieron a reconsiderar y corregir las condiciones que situaron a las mujeres en un plano inferior. Estas etapas, llamadas olas del feminismo, continúan hasta nuestros días y son parte de los grandes debates que, ayer como hoy, reclaman un igual reconocimiento de los derechos de mujeres y hombres.

¿Qué respuesta damos desde el Humanismo al feminismo?, ¿cómo asumimos que esas desigualdades formuladas y denunciadas se replican de manera conceptual y programática en tanto no seamos capaces de ahondar en su origen y sus consecuencias? Es en este punto radical –de raíz– donde se vuelve necesaria la formulación de un Feminismo humanista que, a través de la perspectiva de género, deconstruya la larga y rica tradición humanista para, en primer lugar, reconocerla como incompleta por haber omitido lo que implica el Ser mujer.

Este reconocimiento y revaloración del Ser mujer desde el humanismo implica, en segundo lugar, incorporar la experiencia femenina a una filosofía que ha sido capaz de mantenerse vigente precisamente por su capacidad de dejarse influir y modificarse por el encuentro con otras tradiciones; en este caso, la tradición del feminismo, que incorpora las vivencias, las expresiones, las individualidades que permiten a las mujeres no sólo ser tratadas como iguales, sino que, más bien, les permiten el acceso a la igualdad que parte de la sustantivación de su propia dignidad.

El Feminismo humanista implica corregir las asimetrías que hemos naturalizado en la forma en la que nos relacionamos hombres y mujeres, y en la que es indispensable despojarse de estereotipos y roles que limitan la plenitud y el desarrollo humano; para ello, incorporar la dignificación de las mujeres en los marcos legales y normativos representa, como tercer punto, el asumir que la acción política debe servir para la construcción de un bien común que incluya de manera igualitaria a quienes han quedado excluidas de ese concepto que exige una revisión constante y reiterada para mantener su vigencia y responder a los retos y necesidades de su propio tiempo.

La revisión y actualización de las ideas humanistas conforman así un punto de encuentro para las humanistas: una oportunidad y también el reto de proponer desde nuestra filosofía una visión transformadora de las instituciones sociales y políticas, pasando desde el espacio personal hasta el público, incorporando a las mujeres como sujeto central del pensamiento, de la acción social y de la política. Devolver así a la mujer al centro, revalorando su completa, profunda y trascendente dignidad: ese es el deber, la urgencia y el llamado del Feminismo humanista.

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