España
Publicada el Mar, Oct 24, 2017

 

Por Fernando Rodríguez Doval.

En su conferencia España Fiel, Manuel Gómez Morin hablaba de la permanente influencia de la huella hispánica en los mexicanos. La mexicanidad, explicaba el fundador del PAN, debe recuperar sus raíces españolas y occidentales y hacerlas compatibles con la herencia precolombina, porque de esa fusión valiosa nació una identidad propia que nos distingue como nación. En el mismo texto, Gómez Morin alaba a esa España “que alumbró el Nuevo Mundo” y que con su acción civilizatoria “llevó a otras partes el caudal de sus virtudes y de su esfuerzo”.

En las palabras de Gómez Morin está una premisa que muchos otros historiadores e hispanistas comparten: España es mucho más que un Estado con unos límites geográficos específicos. España es también un conjunto de valores que se difundieron por todo el mundo para transmitir una lengua y una cultura.

Como nación, España es quizá la más antigua de Europa: desde el Imperio Romano ya formaba una provincia con unas características propias (la Hispania), que se mantuvieron durante la monarquía visigoda –estamos hablando del siglo VI de nuestra era— y la lucha contra el invasor árabe, para consolidarse como una unidad política durante el reinado de los Reyes Católicos, en el siglo XV. En esa nación, desde el inicio, estuvo incluida Cataluña.

Todo lo anterior viene a cuento ante los intentos de un sector de la sociedad catalana por desertar del destino común español y proclamar su independencia, a pesar de que actualmente esta región cuenta con la mayor cuota de autogobierno de toda su historia. Este deseo es abiertamente ilegal, ya que la Constitución española, avalada masivamente en referéndum en 1978, no contempla ningún mecanismo de fragmentación territorial y consagra la unidad y permanencia de España. Además, es totalmente contrario a la más mínima lógica económica: los capitales no conocen de nacionalismos, y ya van más de 500 empresas –entre ellas varios de los bancos más grandes— que han salido de Cataluña por la incertidumbre producida por la intentona independentista.

Pero el asunto catalán no es solamente de legalidad y de economía. Tiene que ver con la ideología que está detrás: el nacionalismo. Durante las últimas cuatro décadas, Cataluña ha estado gobernada por un nacionalismo victimista que culpa al resto de España de todos sus problemas; es así como en las aulas y en las instituciones oficiales se han difundido ideas excluyentes e intolerantes, exacerbando los sentimientos más primitivos de pertenencia a un clan o a una tribu como si fueran incompatibles con la identidad común española e incluso europea.

Dice Mario Vargas Llosa que la pasión nacionalista es la que ha causado más estragos en la historia. “Religión laica, herencia lamentable del peor romanticismo, el nacionalismo ha llenado la historia de Europa y del mundo, y de España, de guerras, de sangre y de cadáveres. Desde hace algún tiempo, el nacionalismo viene causando estragos también en Cataluña. (…) Se necesita mucho más que una conjura golpista de los señores Puigdemont y Junqueras, y de la señora Forcadell, para destruir lo que han construido 500 años de historia”, dijo en un vibrante discurso el Premio Nobel de Literatura.

El nacionalismo, por definición, es supremacista y excluyente, y suele fabricar un enemigo externo al cual echar la culpa de todo cuanto negativo ocurre. El patriotismo, en cambio, es el sentimiento de orgullo por pertenecer a una comunidad con historia y tradición. Carlos Puigdemont y los nacionalistas catalanes han logrado despertar un patriotismo español que llevaba décadas dormido y que ahora se ha instalado, al parecer de forma definitiva, en la opinión pública peninsular.

Y esto es quizá el punto más relevante de esta crisis. Durante largos años, la movilización patriótica en España se limitó a los partidos de fútbol de su selección. Era políticamente incorrecto mostrar la bandera española en las calles o plazas o enaltecer una identidad común –como hacen prácticamente todos los Estados en el mundo— por la asociación manipuladora que la izquierda y los nacionalismos periféricos hacían de esos símbolos con el franquismo. Para que nos demos una idea de lo anterior, baste decir que el himno de España ni siquiera tiene letra. Hoy, en cambio, la amenaza independentista de un sector de la sociedad catalana ha vuelto a poner de manifiesto este sentimiento nacional español que durante varios años languideció. Millones de personas han inundado las principales calles y plazas españolas, también en Cataluña, para defender la unidad y permanencia de España. El Rey Felipe VI, en diversos discursos, ha dejado claro que no permitirá la secesión de Cataluña y que cumplirá con lo que establece la Constitución, y Mariano Rajoy ha anunciado la aplicación de su artículo 155 para detener la actuación ilegal de las autoridades catalanas.

Eso, sin duda, es un cambio sustantivo. Carlos Puigdemont consiguió lo que no pudieron personajes como Manolo Escobar, Blas Piñar, Manuel Fraga o el propio José María Aznar: que los españoles de a pie se sientan orgullosos y dejen de tener complejos por pertenecer a una realidad histórica incontestable que desde su origen alberga formas diversas, pero convergentes, de pertenecer a ella.

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Comunicación del Comité Ejecutivo Nacional

Twitter: @ferdoval

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