En nombre de un bien mayor…
Publicada el Jue, Sep 21, 2017

Por Carlos Castillo.

Un evento excepcional representa, para una sociedad, la puesta a prueba de sus capacidades de organización, reacción, fortaleza y unidad. Ante la prueba de lo anómalo, un pueblo tiene ante sí la oportunidad de emplear sus mejores atributos para salir airoso o ver aflorar su ruindad y bajeza para fracasar y atomizarse.

Una catástrofe natural –temblor, huracán, incendio, pandemia– y también una humana –conflicto armado, protestas masivas– son algunas de esas situaciones cuando hace falta liderazgo, fortaleza institucional y solidaridad entre habitantes y familias, y es el entorno de una guerra el que Ray Loriga, en su novela Rendición (Alfaguara, 2017), utiliza para precisamente poner a prueba a un país que sin nombrar jamás, podría ser cualquiera, porque la condición humana va más allá de cualquier frontera o división política.

El conflicto, para los protagonistas, no es nuevo: tras varios años de combate, dos hijos en el frente de los cuales no se tiene noticia alguna y el sorpresivo arribo de un niño, mudo, que se instala al amparo de una pareja, llega el momento de evacuar las zonas rurales, que es donde se desarrolla la primera parte de la historia.

Este éxodo va precedido de la orden de prender fuego a la casa propia, mandato de un Estado que se asume protector y que vela por el bienestar de sus gobernados. Y es en esa condición de control que poco a poco se vuelve absoluto –como suele ocurrir en todo estado de excepción– que el lector comienza a intuir cómo una gradual pero eficiente pérdida de albedrío se instala en el ambiente de la narración.

La resignación, así, invade a los personajes, en marcha silente y sin remilgo hacia la que será la nueva morada. Tras un accidentado y complejo camino, la nueva ciudad donde son recluidos recuerda a las distopías imaginadas por Aldous Huxley o por George Orwell, metáforas adelantadas a su tiempo y que terminaron por anticipar rasgos o generalidades de la historia del siglo XX.

Cuesta así, creer a Loriga cuando describe una ciudad en la que todo, absolutamente todo, es transparente: las paredes, las calles, los baños. Pero conforme avanza la narración y la sorpresa de los habitantes se convierte en hábito, también lo hace la credulidad ante tal esperpento, para situarnos frente a una realidad cruda: la falta absoluta de intimidad, el dominio total de cada una de las actividades que se realizan no por una autoridad externa sino, al contrario, por el propio autocontrol que genera entre el saber que todo lo que se hace puede ser visto –y es constantemente visto– por alguien más.

El personaje principal, sin embargo, no cede a esa costumbre, como tampoco lo hace frente a un trabajo mecánico en el que, como Sísifo, empuja una piedra cuesta arriba durante el día, que durante la noche caerá para empezar de nuevo la labor la mañana siguiente. No cede y busca la manera de rebelarse, de expresar un descontento sólo percibido o manifestado por él, hasta que, como el soma de Huxley, descubre el elemento que convierte en sumisos y acríticos a los pobladores.

Con maestría, el autor galardonado con el Premio Alfaguara de novela 2017 transforma lo que en unos es habituarse al asombro hasta convertirlo en rutina, en repulsión y caída en la cuenta de cuánto un hombre es capaz de ceder con tal de encontrar la calma, con tal de salir de ese señalado estado de excepción para, incluso al precio de la propia libertad, seguir e impulsar un orden de cosas que aniquila hasta los instintos más básicos de inconformidad o, lo que es lo mismo, de libertad.

La nostalgia del tiempo afuera de la nueva urbe; la búsqueda de regreso a un estado anterior de cosas que, aunque caótico, garantizaba o al menos cedía espacio para el ejercicio del libre albedrío; la certeza de que evocar lo anterior y enfrentarlo al presente es una forma de salvación, que lleva del sueño a la acción; la imposibilidad de rendirse ante un nuevo orden son, en conjunto, la lucha interna en la que el progreso consume el pasado y presenta a su apologista como alguien incapaz de adaptarse, de gozar los beneficios y honrar las maravillas de lo nuevo.

Y en ese resignarse a que lo viejo debe morir, es el propio personaje quien también claudica de su búsqueda y cede, incapaz de erigirse solo frente a lo que llega, rendido ante la conciencia de sí mismo como escollo ante lo que quizá, porque la mayoría lo acepta, pudiera ser mejor. Esa derrota es, pues, la de la rebeldía, la del conflicto suprimido y solucionado por un poder superior al que nadie ve, al que nadie cuestiona, al que la ciencia dota de absoluta y completa autoridad.

Una muestra, al fin, de cómo incluso las certezas que generan calma pueden, llevadas al extremo y explotadas en su dimensión más radical, trocar todo paraíso en pesadilla, siempre ofrecido ése, y las consecuencias de ésta, como el hallazgo, al fin, de un supuesto y aparente bien mayor.

Comentarios

comentarios