En defensa de las instituciones
Publicada el Jue, Oct 18, 2018

Por Javier Brown César.

La edificación de las instituciones es una tarea titánica, digna de gigantes. En contraparte, para su destrucción basta una horda de liliputienses bien organizados. El fundador de Acción Nacional fue, en la afortunada idea de Carlos Castillo Peraza, un constructor de instituciones. La historia patria, avara para con ciertos personajes y prolija para figuras llenas de claroscuros, relegó injustamente la figura de Manuel Gómez Morin al ámbito de lo anecdótico; desterrado de los libros de texto, el insigne intelectual mexicano sigue esperando el reconocimiento largo tiempo negado.

Manuel Gómez Morin fue arquitecto decidido de instituciones que han perdurado a lo largo de las décadas y que han superado la prueba del cambio de siglo y del relevo generacional. El eminente abogado nacido en Batopilas, Chihuahua, fue un constructor de instituciones eficientes, eficaces, limpias y perdurables; gracias a su contribución definitiva nacieron las grandes organizaciones financieras del siglo XX: el Banco de México, el Banco Nacional de Crédito Agrícola, el Banco Nacional Hipotecario Urbano y de Obras Públicas (hoy Banobras) y la Sociedad Financiera, que a la postre se convertiría en la Bolsa Mexicana de Valores.

Además, el ex rector de la UNAM aportó sus ideas e ideales para la creación de la Escuela Bancaria y Comercial, del Fondo de Cultura Económica, del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, y de la Editorial Jus. Gómez Morin vivió en carne propia la titánica labor de edificar instituciones que otros, más pequeños en estatura moral y política, trataron de pervertir, como pasó en su tiempo con algunas instituciones financieras, que fueron utilizadas por quienes triunfaron en la Revolución, para autorizarse préstamos en condiciones preferenciales.

La renuncia de Gómez Morin a la presidencia del Consejo de Administración del Banco de México fue, sin duda alguna, contraria a sus más caros deseos, tal como escribía a su padrino, Benito Martínez, en 1925: “A pesar de lo que a mí me gusta renunciar a todas las cosas, nada me dolería tanto ahora como renunciar a ser Consejero del Banco porque el Banco es en cierto modo obra mía y porque creo que tengo exacto conocimiento de lo que el Banco puede y debe hacer para el futuro y no quisiera que una institución que debe vivir y prosperar vaya a fracasar o tener dificultades sin que yo pueda ayudar a efectivamente evitarlo”.

Las instituciones tienen como aliados importantes a patriotas con altura de miras, quienes buscan construir en el presente la esperanza para las nuevas generaciones. Enemigo de las instituciones es el personalismo, no en el sentido filosófico, sino político: la convicción de que alrededor de las personas giran las organizaciones y que éstas están a su servicio personal, lo que implica una visión patrimonialista de los recursos públicos, bajo la cual es posible apropiarse de lo público con fines de beneficio privado. El personalismo acarrea la ruina de las instituciones, porque las hace depender de un individuo que se atribuye dotes superiores y que se rodea de séquitos de aduladores dispuestos a asentir en lo aberrante.

También atenta contra las instituciones la visión adánica, que basa su prestigio en la destrucción de lo antiguo, de lo tradicional, para instaurar una nueva historia, una nueva visión y una nueva forma de quehacer político que hace tabla rasa del pasado, bajo la pretensión de construir nuevos paraísos; quien pretende edificar paraísos sobre las ruinas de lo destruido usualmente construye infiernos presentes y acaba con las esperanzas de toda una generación.

Contrario a las instituciones democráticas es el interminable monólogo de quienes se creen poseedores de la verdad. En el solipsismo propio de quienes se consideran iluminados suele proyectarse la ruina de los espacios públicos, la devastación de las asambleas deliberativas, la anulación del disenso y el control de los medios de difusión. La democracia no anula el disenso, lo hace productivo; no atenta contra los órganos deliberativos, los fortalece; no devasta los espacios públicos, los limpia y tonifica.

Con la caída de la democracia se colapsan también las libertades, joyas preciosas que responden a lo más profundo de la dignidad humana: el anhelo de ser escuchado, de participar, de tener voz en las deliberaciones, de desplazarse y agruparse libremente, y de opinar sin otras ataduras que las que dicta el bien común. Con la caída de las instituciones libres, fenece también la más profunda aspiración de la persona humana por contar con un conjunto de condiciones que favorezcan su desarrollo.

Defender las instituciones es el reto definitivo de cada generación, construirlas es el logro eminente de quienes apuestan por ser arquitectos, en lugar de lucrar y de vivir como arqueólogos, administrando las ruinas que otros han dejado a su paso. Para nosotros, no hay tarea más urgente que defender las instituciones que se edificaron después de un largo proceso de transición, de una auténtica transformación que es parte de las innumerables transformaciones históricas que ha vivido nuestro país y que comenzaron en la Colonia, cuando se dio el giro definitivo de una visión sesgada de los habitantes originarios, considerados como mera fuerza salvaje de trabajo, para pasar a una concepción que hizo de ellos personas dignas, merecedoras de reconocimiento y respeto, y sujetos de derecho.

La transición nos aportó asambleas deliberativas libres y plurales, medios libres y siempre dispuestos a la crítica, órganos constitucionales autónomos con gran eficacia técnica, un sistema federal que ha revitalizado la institución municipal y un sistema de contrapesos entre poderes, y de la ciudadanía hacia los poderes públicos. El legado de la transición se refleja en una ciudadanía activa, en una opinión pública vigorosa y en un eficaz sistema que evita que las arbitrariedades se impongan por encima de las necesidades auténticas.

Esta generación tiene el reto de defender las instituciones que hacen fuerte al Estado mexicano, de crear las nuevas instituciones que habrán de perdurar, y de evitar, parafraseando a Manuel Gómez Morin, que las actuales instituciones, fracasen o tengan dificultades sin que podamos ayudar efectivamente a evitarlo. De nosotros depende que el legado de los creadores de instituciones, auténticos titanes de nuestra historia patria, siga vivo y vigente.

 

Twitter: @JavierBrownC

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