En defensa de la ética
Publicada el Vie, jun 16, 2017

Por Javier Brown César.

Fuera de la ética no hay vida humana posible. La existencia de la persona transcurre en comunidades que se definen por la acción recíproca, por la influencia, por la capacidad para transformar el destino propio y el destino de otros. Fuera de la ética está el ámbito de los actos reflejos, del automatismo inocente, del actuar sin consecuencias. La política como actividad no es otra cosa que la realización de la plenitud ética, su máxima expresión, porque se refiere a la conformación de comunidades superiores ordenadas al bien más alto posible: el bien común.

La corrupción de lo público

Para Aristóteles la corrupción se da cuando una cosa se transforma en otra en su conjunto, o sea, corromperse es dejar de ser lo que se era para pasar a ser algo diferente. Para la política clásica la ética es un componente que le es esencial, de hecho, es la antesala de la práctica política, de ahí que cuando se da la corrupción en el ámbito público se pierde el sentido original de una actividad que por naturaleza está orientada y ordenada al bien común.

Sin ética los partidos políticos se convierten en maquinarias electorales, en institutos al servicio de negocios que se dan al abrigo del poder y bajo el cobijo de las instituciones; devienen órganos extractores de rentas, especies de parásitos del cuerpo social, que lo dañan de forma irremisible. Cuando persiste la corrupción generalizada en los partidos políticos el electorado enfrenta la opción de elegir por el menos malo, o simplemente se abstiene, ya que como dijo Giorgio Agamben “donde todos son culpables el juicio es técnicamente imposible”.

Sin ética, el Partido Acción Nacional, que nació para realizar la labor arquitectónica de construir bien común, se convierte en un partido como los demás, deja de ser lo que era por origen y definición, se corrompe en el sentido aristotélico. La ética es la identidad del Partido, es su raíz y esencia, su marca distintiva, su naturaleza auténtica.

Cuando se pierde el referente ético en la vida pública prevalecen las pasiones que llevan a que unas personas se confronten con otras, con lo que se da lo que Thomas Hobbes llamó la guerra de todos contra todos (bellum ominium contra omnes). Entonces prevalecen las pasiones elementales: el afán de competencia, la inseguridad y la búsqueda desenfrenada de fama a como dé lugar (competition, diffidence and glory). Esta lucha en la que predominan la traición, la mezquindad y el egoísmo, hace que prevalezca lo que el gran ateneísta Antonio Caso consideraba la ley económica de la vida: el mínimo de esfuerzo con el máximo de beneficio.

Desafortunadamente gran parte de la acción política de hoy se basa en querer los medios sin aspirar al fin: se desea el prestigio, el poder, la fama y el dinero, perdiendo de vista que el objetivo superior de la política es algo que está más allá de ella, es el servicio incondicional, la entrega disciplinada, la dedicación total. En la política auténtica se da la inversión de la ley económica de la vida: el máximo de esfuerzo con el mínimo de beneficio.

Ética en acción

La aplicación de la ética en la vida diaria del Partido implica la recta comprensión de la dignidad humana, valor supremo de la vida en comunidad; la completa intelección de lo que es el bien común, como el alfa y el omega de la acción política y la única razón de ser de la autoridad; la clara definición de la solidaridad, como cemento de la sociedad, y la correcta aplicación del principio de subsidiariedad, por naturaleza liberador y garante de la autonomía de las personas y de las comunidades.

En un adecuado orden de prelación, la política debe prevalecer sobre la economía, la ética sobre la técnica, las personas sobre las cosas, el espíritu sobre la materia, los fines individuales y sociales de las personas sobre los medios y la vida buena sobre la buena vida. La plena realización ética implica la concreción de principios y valores, y la vida dedicada a la práctica de las virtudes, que son lo más excelente que hay en cada persona y patrimonio común de todos.

Como bien lo dijo Luis H. Álvarez: “Que nada empañe nuestra tarea. Que sobre afectos y entusiasmos y hasta pasiones legítimas, imperen esos «motivos espirituales» de los que hablaba Gómez Morin y que son el alma del partido hoy como lo fueron ayer; que son lo único que nos ha sostenido y nos sostiene en esta lucha por el imperio de la ética sobre la política, de la conciencia sobre el apetito, de la voluntad de servir sobre la de poseer o dominar, de la decisión de actuar enérgica, activa y pacíficamente sobre la desesperación fatalista o violenta”.

En la cúspide de nuestros principios éticos debe estar el eje rector de la vida moral: hacer el bien y evitar el mal. La práctica de los valores en la política implica privilegiar la confianza, la responsabilidad, el respeto, el diálogo, la participación, la educación y la libertad. La acción política debe su eficacia a la recuperación del valor de la palabra: tener palabra, argumentar con convicción y mantener en todo lo alto la verdad moral: la congruencia entre lo que se piensa, se dice y se hace.

En conclusión

La ética es para la política la vía correcta, es el único camino transitable para las grandes realizaciones, para la nobleza de la vida pública, para el digno reconocimiento de la labor gubernativa, para aquello que constituye el mérito propio del funcionario: el servicio público.

La ética es la única verdad aceptable para la vida política, es el medio en el que resplandece la palabra, la forma suprema como lo público se hace transparente y visible, el instrumento a través del cual es desocultado aquello que no debe ni puede permanecer oculto: la lógica del poder.

La ética es la forma como la política vive a plenitud, sin ética muere la política auténtica que es la única por la que vale la pena luchar y esforzarse. El último reducto para que prevalezcan la decencia, el decoro, la confianza y la dignidad en la política es la subordinación de ésta a la ética. Si se pierde la ética se pierde la política, y ahí donde se pierde la política triunfa la violencia.

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