En defensa de la democracia
Publicada el Mar, Dic 11, 2018

Por Javier Brown César.

La democracia es una conquista civilizatoria, un logro fundamental que permite resolver, de manera pacífica y ordenada, quiénes han de ejercer la función de la autoridad, bajo qué leyes e instituciones. En su contenido mínimo, la democracia se basa en la alternancia en el poder a partir de elecciones periódicas y libres, sin violencia y derramamiento de sangre; en su expresión máxima, la democracia debe responder a las aspiraciones auténticas del pueblo, tal como lo postuló Juan J. Linz.

No hay democracia sin pluralidad: donde predominan visiones únicas, unanimidades artificiales e interpretaciones impuestas, estamos ante el atisbo de gobiernos totalitarios que, en sus pretensiones de absolutismo político, buscan anular la disidencia, acallar las voces discordantes, minimizar el descontento social y ser intérpretes arbitrarios de la realidad.

No hay democracia sin libertades: donde se coartan y limitan derechos, se restringe la movilidad, se bloquea a minorías o se limitan las opciones de vida, estamos ante gobiernos que sacrifican la libertad en aras de la seguridad, administran la exclusión social y cierran opciones de vida para sectores desfavorecidos.

Un sistema político democrático sólo puede prosperar ahí donde hay una opinión pública robusta y plural, con medios críticos al servicio de la esfera pública y no de los poderosos. La multiplicidad de voces es vital para fomentar valores cívicos, acendrar la capacidad crítica de la ciudadanía y formar un pensamiento político que vincula la reflexión y la acción.

La crítica es el elemento esencial para todo sistema que se base en pesos y contrapesos. Desde los orígenes de las democracias modernas, la concentración del poder y la falta de límites al mismo es uno de los factores determinantes de erosión de instituciones que son vitales para minimizar abusos, evitar excesos, fiscalizar gastos y contener al máximo la arbitrariedad.

Sin partidos políticos y competencia electoral no es posible hablar de un sistema democrático. La competencia electoral se basa no sólo en el acatamiento unánime de reglas claras y visibles para todos los contendientes, también implica cierta capacidad de autocontención, para evitar confrontaciones estériles y hacer que, por encima de los apetitos de poder, prevalezcan las reglas de la civilidad y del juego justo.

La polarización de la sociedad dinamita en sus cimientos a la democracia, al dividir a la población de forma maniquea y arbitraria. El maniqueísmo político es un veneno para la sana convivencia y el medio usual para confrontar a quienes están hermanados en lo esencial, aunque se encuentren divididos en lo superficial.

En el caso mexicano, la creación de órganos constitucionales autónomos ha obedecido a una triple lógica: restarle atribuciones al Poder Ejecutivo en funciones técnicas como la conducción del proceso electoral y la determinación de la política monetaria; poner controles para las atribuciones propias del poder en materia de transparencia, abuso de la autoridad y evaluación de la política de desarrollo social; y atender materias con alto nivel técnico de especialización, como la política energética. Estos órganos autónomos, creados desde la década de los noventa, son uno de los pilares fundamentales del control que se debe ejercer sobre un poder que, si no se limita, termina en abuso y debacle institucional.

La clásica teoría de la división de poderes, que prevé la separación con base en la dinámica de la legislación, es clave para hablar de un sistema democrático; ahí donde los poderes se concentran, ahí donde el poder es centrípeto, se dinamita el futuro de la democracia. El poder, bajo un régimen guiado por demócratas auténticos, se difunde y esparce, se desconcentra y centrifuga, para crear múltiples centros de decisión.

La división entre las funciones legislativa y ejecutiva es crucial para la plena vigencia de un sistema de controles, contrapesos, fiscalización y rendición de cuentas. El Poder Legislativo no debe renunciar a sus funciones de control de la constitucionalidad en la producción de leyes, a la ratificación crítica u objeción de nombramientos, a la fiscalización puntual de las cuentas públicas, a la promoción de juicios políticos y al análisis de las políticas públicas.

El Poder Judicial sin autonomía es una ficción lamentable, un simple esperpento al servicio de grupos de interés. Se requieren jueces y magistrados autónomos y comprometidos con los altos ideales de la justicia igual, imparcial, pronta y expedita. La Corte debe ser un baluarte de control de la constitucionalidad, que limite decisiones arbitrarias y contenga apetitos autoritarios desordenados.

El federalismo es consustancial a los regímenes democráticos que han optado porque el municipio sea el eje de la vida pública nacional. La fortaleza institucional del municipio es la base necesaria para la prestación adecuada y suficiente de servicios públicos, en condiciones de calidad, atendiendo de manera prioritaria a la población en situación de desventaja.

La fortaleza de la sociedad civil es determinante para la consolidación de una democracia vigorosa y sustentable. La sociedad civil organizada y sus capacidades y potencialidades son vitales como un contrapeso eficaz ante abusos y limitaciones, y un dique de contención ante acciones arbitrarias y omisiones inexcusables.

El reconocimiento del otro y el diálogo son la clave para procesos democráticos basados en la deliberación y la construcción de consensos. La demolición de la democracia comienza por la degradación del lenguaje y la negación de la aspiración fundamental por construir de forma colectiva certezas necesarias, decisiones colectivamente vinculantes y verdades ampliamente compartidas.

¿Por qué en Acción Nacional defendemos y practicamos la democracia? Nuestra convicción más profunda es que los sistemas democráticos son los únicos que garantizan amplias libertades, limitan los abusos de poder y responden a los anhelos de respeto y reconocimiento de la dignidad humana. Sólo la democracia doblega a la autoridad para que esté al servicio de las personas, hace prevalecer la ley por encima de intereses parciales y disciplina a las instituciones para que su función de interés público pueda realizarse de forma permanente. Como toda creación humana, la democracia no es perfecta, pero si no hay democracia decaen los valores de la colectividad y se limitan arbitrariamente las aspiraciones individuales.

 

Twitter: @JavierBrownC

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