El sinuoso camino de la democracia mexicana
Publicada el Mie, Jun 19, 2019

Por Carlos Castillo.

Demanda de unos cuantos a partir de 1939, exigencia creciente conforme avanzaba el siglo, transición lograda a fuerza de votos y en paz a partir de 1989, alternancia alcanzada en el año 2000: la ruta de la democracia mexicana ha sido convulsa en ocasiones y siempre gradual, sobre el piso firme de las transformaciones legales, entre negociaciones políticas y presiones sociales, un caso de estudio en el que convergen lastres heredados, pluralidad de intereses, actores, tradiciones, protagonistas y una ciudadanía incipiente.

¿Cómo avanza esa historia, que no empieza necesariamente en el siglo anterior, sino que hereda cargas culturales provenientes de un pasado colonial? Para Héctor Aguilar Camín el lastre de un nacionalismo forjado a lo largo de los siglos representa, hoy en día, mucho más un obstáculo que un impulso; el estudio de sus rasgos, sus grandes momentos y el modo en que se constituyó es el inicio del libro Nocturno de la democracia mexicana (Debate, 2018), en donde recupera, reescribe y revisa una serie de ensayos publicados durante las últimas décadas con la intención de trazar la ruta seguida por nuestro sistema político.

Y es a partir de ese nacionalismo –primero patriotismo– que se construye como una amalgama empleada por grupos dominantes para constituirse como autoridad, y donde el Estado reemplaza durante años las fuerzas sociales, la iniciativa ciudadana y la acción política, que una nación avanza entre siglos por los cauces de independencias y reformas, revoluciones y a la sombra de Estados Unidos, adoptando modelos, replicando vicios que no logran sacudirse, perpetuando prácticas que no dejan atrás la cuasi idolatría por los líderes máximos y únicos, por la personalidad arrolladora que se instituye desde el caudillismo, la dictadura o el caciquismo.

Aguilar Camín logra en este primer capítulo delinear las formas de nuestra cultura política, hecha de costumbres y hábitos, moldeada por elites autoritarias, por breves paréntesis republicanos, por ese eterno retorno de lo mismo que, en este caso, es el abandono de la propia responsabilidad –la del ciudadano– para cederla a un poder que jamás logra solucionar todo aquello a lo que debe comprometerse para representar una cada vez más compleja y variada diversidad.

Con esa incipiente cultura política es que se entra de lleno en la etapa de la transición política a finales del siglo XX, agregando nuevos fardos y desafíos que a su vez influyen en la concreción de logros y avances. Instituciones que nacen y al poco tiempo padecen las consecuencias de una legalidad siempre negociable; partidos que no alcanzan a abrazar la democracia interna porque siempre será más fácil plegarse a la sombra del líder; sindicalismos retrógrados que son capaces de influir en procesos electorales mientras entre sus filas priva el autoritarismo; el crimen organizado que se infiltra en esa debilidad para un día emerger y demostrar cuán frágil y vulnerado era y sigue siendo nuestro Estado de Derecho.

Entre los años 2000 y 2016, y con el telón de fondo de la no resuelta desigualdad económica, la euforia provocada por la alternancia de principios de siglo va dando paso a un desencanto, réplica y por razones similares que el que se da a nivel mundial, de los partidos, de las instituciones, de las promesas y de la incapacidad de acuerdos de la clase política. De manera paralela, un personaje –Andrés Manuel López Obrador– va reuniendo esa desesperanza, esa decepción, torna la apatía en nuevo entusiasmo e introduce la mayor y más peligrosa de las disrupciones del sistema democrático: el populismo, autoritarismo democrático.

De la “Casa en construcción: democracia sin demócratas” –en clara alusión, aunque sin mencionarlo, a Carlos Castillo Peraza–, título del segundo capítulo, el tercero, “Saltando al pasado. El poder de la costumbre”, es el retrato de cómo a esa mal lograda cultura política democrática se opone una tradición autoritaria y corporativa que se niega a abandonar un pasado del que López Obrador se sirvió para construir la ilusión de un futuro. El resultado de esta mezcla de elementos fue su triunfo en 2018, constatación de cuánto de lo que fue no ha dejado de ser, y cuánto de lo que podría ser pareciera no representar sino un retroceso para los pocos, aunque reales, avances de la democracia mexicana.

Queda al terminar Nocturno de la democracia mexicana la incertidumbre que surge de los diagnósticos cerrados sobre sí mismos, que ofrecen un retrato fiel pero no la posibilidad de entrever alguna solución. En las primeras páginas, así, Aguilar Camín señala: “…Todos los miembros de mi generación, sin excepción alguna, hemos estado por debajo de las oportunidades que la historia nos brindó, y más por debajo aún de lo que nos propusimos” (p.13). Exceptuando la falacia de la generalidad exagerada, quizá entonces esa posibilidad de un horizonte, de una luz en la alborada de la noche que se extiende, exija la activación urgente de las generaciones sucedáneas.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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