El PRI y la mexican’tnidad – Revista La Nación
El PRI y la mexican’tnidad
Publicada el Vie, Ene 26, 2018

Por Tevye De Lara.

La corrupción sistémica del PRI no tiene parangón en toda la política comparada. Quizá, el partido Yedínaya Rossíya de Putin se le acerque, o el gobierno de alguna república centro-africana. ¿Por qué los consideramos uno más de los partidos en competencia democrática?

En comunicación política se estudia cómo la normalización es una estrategia que aventaja a quien la utilice, al colocar el punto de inicio de una discusión en donde mejor convenga argumentativamente. En el caso del PRI, este punto de inicio pasa por considerarlos un partido más dentro del continuo político mexicano.

El PRI no es un partido más en el juego democrático. Es el partido único que gobernó a México por setenta años del siglo XX y que, bajo una nueva y ultra-corrupta versión, regresó a Los Pinos por un sexenio más en el XXI. En otras latitudes, el siglo XX vio a los partidos autoritarios desaparecer, succionados por el vórtice de la historia. En Polonia, el Movimiento Solidaridad hundió a los comunistas en el olvido. En Alemania, la reunificación desterró la influencia soviética para siempre. En Sudáfrica, el apartheid terminó con el poderío del racista Partido Nacional –finalmente disuelto en 2005–. Sin vincular particularidades, se evidencia una tendencia histórica en favor de la democracia y la libertad, que se nos negó a los mexicanos.

El partido del viejo orden autoritario que perdió la Presidencia en el año 2000 –para recuperarla 12 años después– es un caso extraño, vergonzante y atípico en la historia de las transiciones políticas. Hay que decirlo con todas sus letras: el PRI debió desarticularse como partido político con el cambio de siglo. Hay muchos surrealismos en el cine, la literatura y el arte mexicanos, este surrealismo político no es motivo de orgullo.

Algunos somos suficientemente jóvenes como para no recordar las formas y métodos del PRI-partido-único; ese politburó de sátrapas que gobernó a México, terminada la revolución hasta el año 2000. En el imaginario masivo de las nuevas generaciones, la esencia autoritaria y corporativista del PRI se difumina con la quasi-cómica estampa de un presidente botarate que pronuncia cantinflescamente el inglés, tiene una pelea abierta con la aritmética y confunde geografías y autores. Basta escarbar un poco, detrás de la bobería, para que resurja la pestilencia autoritaria, la compra de votos, el desfalco, la ineptitud macroeconómica y los veintidós gobernadores indiciados, procesados o investigados por fraude público. “El Nuevo PRI” podría ser el título de una obra de Strindberg.

Con todo, esta enajenación ha producido un cinismo cívico, resumido en la ominosa muletilla: “todos los partidos son iguales”. Una conveniente expresión de escepticismo que, buscando encapsular la frustración ciudadana, termina sirviendo a las aspiraciones del PRI por afianzarse en el poder.

En ello reside, precisamente, el “bono conformista” auspiciado activamente por el PRI, su nomenclatura y sus adeptos, con el que se pretende internalizar el relato derrotista de que aun acabando electoral y políticamente con el PRI, otra pandilla política vendría a hacer igual o peor las cosas. Que no hay forma de ganarle a los corruptos. Esto es una falacia funesta, un pesimismo cultural instalado en lo más escondido del subconsciente de muchos mexicanos. Para definirlo, propongo el término mexican’tnidad.

La mexican’tnidad es el producto sociocultural priista por antonomasia. Es la idea ubicua de que, esencialmente, los mexicanos no podemos aspirar a un país boyante, libre y sin corrupción, porque “todos llevamos un pequeño priista adentro”. La creencia de que la democracia, el mercado y el estado de derecho tienen algo de “anti-mexicanos”. Es la subyugación total al omnipotente poder del gobierno (si estás con ellos te va bien, si estás en contra de ellos no habrá capitalismo simétrico que te proteja). Es la estética decadente de una parodia soviética, personificada en el retrato del presidente, banda al pecho, colgado en el muro de cada oficina pública.

Este malsano vicio se traduce, en época de elecciones, en una apatía cívica generalizada, que ahuyenta la concurrencia de voto. No por nada, el voto nulo y el abstencionismo se han convertido en los principales activos de rédito electoral para el PRI. Han renunciado enteramente a proponer una plataforma política viable y moderna, enfocándose de lleno en las tácticas de disuasión y fragmentación (Maquiavelo les guiñaría, si no fueran tan agrestes).

¿Cómo pensar en derrotar al PRI sin extirpar la mexican’tnidad? Es imposible y ahí reside la clave de la renovación política mexicana. Quien aspire a arrancarle de las manos la Presidencia al PRI (crearán un verdadero fangal político para retenerla) necesita cimbrar y deshacer la narrativa subyacente al bono conformista. Tiene que inspirar a los mexicanos a re-imaginar el país, romper todas las herencias políticas que nos dejó el siglo XX y encarar la corrupción priista, de frente, sin amnistías ni absoluciones. El siglo XXI comenzó hace años, pero en México iniciará en julio de 2018.

Tevye De Lara es productor de televisión y experto en estrategia mediática, fundador de la consultoría Mediapol S.C. y de la agencia TDL Publishing LLC.

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