El mundo móvil de Tokarczuk
Publicada el Mie, Mar 25, 2020

Por Carlos Castillo.

Necesidad o placer, gusto u obligación, llamado o rutina: los viajes han forjado la historia de la humanidad desde su primera hora, a través de rutas que empiezan con la misma población del planeta y terminan con la certeza de que no hay ya territorio inexplorado ni desconocido para nuestra especie.

La trashumancia del nómada, la exploración del aventurero, los caminos del peregrino, las rutas del comerciante son, cada una, frutos de una inquietud que también ha llevado de la tierra al mar, de las superficies terrestres a las profundidades oceánicas, de la oquedad de la cueva a la conquista del aire y de ahí a un espacio infinito donde cada punto de luz implica la posibilidad de islas que alguna vez podrán alcanzarse.

El mundo tal y como lo conocemos es fruto indudable de la movilidad, esa capacidad de asumir que los límites y las fronteras son flexibles y que más allá de estas se encuentra siempre la capacidad de seguir andando; esa es la certeza del conquistador, la del migrante, la del explorador, desde Heródoto hasta Alejandro Magno, de Magallanes y Elcano a Neil Armstrong: las cartografías, los mapas marinos y los celestes se han dibujado con ese espíritu que mira siempre hacia delante.

Nomadismo, trashumancia, errancia, distintos nombres para una misma intención que puede también tomar las vías de la imaginación o de la mente, para explorar, con Freud o Lacan, el inconsciente; con Shakespeare, la condición humana más primigenia; con Yourcenar, las vidas de grandes mujeres y hombres del pasado; con Verne o Asimov, las posibilidades abiertas del futuro.

En esa estirpe, y con esa suma de elementos, la Nobel de Literatura de 2018, Olga Tokarczuk, presenta una radiografía del viaje y del desplazamiento desde las páginas de Los errantes (Anagrama, 2019), una suerte de antología que abarca las diversas y muy variadas formas de recorrer caminos que ofrece el siglo XXI, época en la que viajar deja de ser un asunto reservado a la excepcionalidad para ser una cuestión masiva y, con ello, una experiencia que distingue a nuestro tiempo.

Aeropuertos son así parte de los itinerarios, destinos turísticos masivos o secretos, calles olvidadas pero con efemérides suficientes para escribir una historia de la propia calle, vías donde se aglomeran transeúntes que son parte del paisaje de las grandes urbes, ciudades donde también los recorridos cotidianos representan formas de viajar y desplazarse, sobre el pavimento o entre túneles donde el subterráneo ofrece la posibilidad de romper la continuidad tiempo-espacio tal y como Julio Cortázar lo imaginara hace más de cincuenta años.

Pero esos errantes, como las tribus sonámbulas de Alberto Ruy Sánchez o los shandys de Vila-Matas, se agolpan también en la historia y son los distintos, los diferentes, los excluidos, los segregados: aquellas y aquellos que en épocas no alcanzaron la categoría de persona y fueron considerados inferiores, con menor dignidad que los iguales, peligrosos a los ojos de las mayorías, apariencias que se usaron para determinar conductas y justificar cautiverios, esclavitudes o separaciones.

La narrativa de la autora polaca no es simplemente, así, un catálogo o un listado al estilo guía turística. Ofrece, en cambio, un ahondar en la naturaleza humana que va de sus hazañas más loables a sus ruinas más infames, sin respetar fronteras o razas o clases sociales, solamente delimitando la importancia, la crucial trascendencia de la movilidad versus lo fijo o estable, retomando las concepciones de Heráclito que, antes de la Grecia Magna, recordaba la importancia del fluir como elemento fundador del Universo, ese arjé que era origen y destino.

“Nada atrae tanto como el vacío”, sentencia Tokarczuk. Y ese llamado hunde sus raíces y parece dar respuesta a un espíritu indomable, a una voz que remueve la voluntad y empuja a mirar hacia un horizonte que debe llenarse con nuevas presencias, sean las de un paraje que llama a ser caminado o una página en blanco que exige del lenguaje para ser testimonio o relato.

Avanza así la historia y su registro, se añaden nuevos folios a un permanente impulso que hace de la humanidad una maravilla tan impredecible como indomable: la libertad es, en el fondo, la mayor de las virtudes y conquistas bajo esa forma de entendernos y asumirnos como especie, porque es la que permite extender los límites tanto como la decisión de abarcarlos. Los errantes permite así recordarnos, en momentos de confinamiento, cuánto vale y cuán importante es precisamente esa capacidad de desplazamiento.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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