El mito sobre el dato
Publicada el Mar, Jul 23, 2019

Por Fernando Rodríguez Doval.

La competencia política es, esencialmente, una disputa cultural. Una contienda por convencer a los ciudadanos de que nuestras ideas son mejores que las del adversario. Una lucha por persuadir sobre la bondad de nuestro programa, su superioridad moral y práctica. Por eso es que existen las ideologías: un conjunto de afirmaciones consistentemente articuladas que brindan una explicación coherente y total acerca de lo que debe hacerse en el espacio público.

Muchas controversias son, sin duda, ideológicas. ¿Cómo debe ser el régimen fiscal de un país? Habrá quienes digan que se debe gravar a quienes más ganan y esos recursos redistribuirlos hacia los menos aventajados para de esa forma disminuir la desigualdad social. Enfrente, estarán quienes sostengan que esa medida desalentará la inversión, lo que generará menos empleos y, en consecuencia, más pobreza. Aquéllos creen en el Estado como motor del desarrollo; éstos están convencidos de que son los particulares quienes producen la riqueza y por lo tanto no se les debe estorbar. Puede haber matices y puntos de encuentro entre las dos posturas, pero nadie duda de que esa es una polémica ideológica, ya que tiene que ver con las cosmovisiones acerca del papel del Estado, el mercado, los particulares y la sociedad.

Dicho esto, también es cierto que no todo es ideología en la política. Muchísimas decisiones deben tomarse a partir del dato, la cifra, el análisis costo-beneficio. Por ejemplo, una discusión acerca de dónde construir un aeropuerto o si se deben invertir miles de millones de dólares en hacer una refinería en vez de utilizarlos en exploración y producción de crudo, no debiera tener nada de ideológico. En esos casos, la racionalidad debe imponerse sobre los prejuicios. En debates de esa naturaleza no debieran participar los filósofos políticos, sino los expertos en aeronáutica, geografía, ingeniería, física o meteorología.

Quizá la gran tragedia del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, tragedia de la que se derivan todas las demás, es su obsesión por ideologizar toda la discusión pública. Por privilegiar el mito sobre el dato. Por anteponer el dogma a la realidad, la creencia a la evidencia. Todo esto a partir de unas verdades preconcebidas y un relato histórico en el que el Presidente ciegamente cree.

En la mitología lópezobradorista existió un día en México un Estado fuerte, nacido venturosamente de una revolución social, que repartía sabia y equitativamente el ingreso nacional. Un Estado que administraba los recursos públicos con rectitud y patriotismo, y cuya palanca para el desarrollo era Pemex, una empresa pública honesta, eficiente y moderna que construía refinerías para llevar el progreso a todo el territorio nacional. En ese Estado la gente vivía feliz y en paz. La solidaridad imperaba de manera casi espontánea. El pueblo bueno era el soberano que tomaba las decisiones más relevantes. De repente, esa Arcadia mexicana colapsó por culpa del maldito neoliberalismo y de los apátridas tecnócratas, organizados en el poder en torno a una mafia cuyo jefe de jefes se llama Carlos Salinas. El año 1982 es el parteaguas fatal que nos trajo la pobreza, la corrupción, la violencia, la desigualdad. Antes todo era felicidad, después todo será miseria.

Por infantil, simplista y maniquea que suene la anterior narrativa, el Presidente de la República cree sinceramente en ella. Así lo ha plasmado en sus libros, discursos y mañaneras, y la repite a la menor oportunidad. Lo decía la presidenta de MORENA durante la campaña electoral: la gente quiere regresar a ese México que nos robaron los neoliberales. Restaurar esa utopía es perentorio para la llamada Cuatroté. No importa que la ciencia histórica nos diga que realmente las cosas no fueron así, que el sistema posrevolucionario fue tremendamente autoritario y corrupto en lo político y poco sustentable en lo económico y que naufragó estrepitosamente durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo precisamente por su irresponsabilidad populista, por engordar en demasía al sector público y por no liberalizar a tiempo un modelo proteccionista que había generado un sector productivo poco competitivo e ineficaz. Da igual lo que digan las estadísticas, estudios y datos duros acerca de la locura que supone invertir miles de millones de dólares en una refinería que tiene el 2 por ciento de probabilidades de ser exitosa: todos son inventos neoliberales para mantener una situación de privilegio y corrupción, si antes las refinerías fueron la palanca del desarrollo veamos la forma de que también lo vuelvan a ser ahora.

Lo dijo el defenestrado Carlos Urzúa hace unos días: el problema de este gobierno es su voluntarismo. El creer que querer es poder. La prédica ideológica que desprecia la técnica. El mito sobre el dato. La comodidad del pensamiento mágico sobre la complejidad de la política pública. Todo ello aunado a una soberbia y necedad sin límites. La combinación puede ser explosiva. Las señales ya están ahí. El rumbo que se está siguiendo no es el adecuado. La historia, a la que tanto suele recurrir el Presidente, nos muestra una vez y otra vez, en una y otra región del mundo, que los experimentos políticos que hicieron primar la ideología sobre la racionalidad y el sentido común fracasaron siempre. Y en su fracaso causaron sufrimiento, dolor, polarización, divisiones, crisis. Estamos a tiempo de evitarlo.

 

Fernando Rodríguez Doval es Secretario de Estudios y Análisis Estratégico del CEN del PAN.

Twitter: @ferdoval

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