El lado oscuro del sueño americano
Publicada el Mar, Ene 22, 2019

Por Carlos Castillo.

La opulencia y desarrollo de toda sociedad posee siempre un reverso de marginalidad y desigualdad, escenario donde la vida transcurre cerrada sobre sí misma, carente de oportunidades que, por ineficacia gubernamental en los países más atrasados o por dejadez individual en los más avanzados, permitan romper círculos de miseria que degradan tanto el aspecto material de la vida como su aspecto social y de convivencia en comunidad.

Barriadas, chabolas, favelas, cinturones de miseria son, así, expresiones que nombran aquellos sitios donde la pobreza se instala y se convierte en paisaje cotidiano, extendiéndose hasta en ocasiones dejar de ser solamente periferia o barrio y convertirse en ciudad: normalización de lo que debiera ser excepción, exclusión que se contiene y se formaliza.

Y es en uno de esos emplazamientos, situado al norte de Estados Unidos, al borde de los Grandes lagos, cerca de la frontera canadiense, donde se desarrolla la primera novela de Julie Buntin, Marlena, una amistad peligrosa (Seix Barral, 2018), historia de una familia que se instala en un suburbio de un pequeño poblado donde las casas son de prefabricación, en el mejor de los casos, camiones rodantes desvencijados o contenedores abandonados, en los casos más extremos.

Apenas adolescente, la protagonista, Catherine, pronto traba amistad con quien se encargará de propiciar un giro en su desempeño académico, en su relación familiar y en su propia existencia; Marlena, hija de productores menores de drogas sintéticas, avispada en relaciones personales, cabecilla de un grupo en esa etapa cuando basta marcar una diferencia, ostentar y desarrollar una rebeldía o emanciparse de manera prematura para ser reconocido como líder de jóvenes que, poco a poco, se dan cuenta de un futuro condenado a ser círculo vicioso que no hace sino reducirse día a día.

En esa relación entre ambas jóvenes, la amistad y su deformación de complicidad se instala como un valor torcido pero indispensable; la admiración de Catherine por su mentora, el dejarse llevar por nuevos mundos de familias destruidas, maestros indiferentes y un círculo en decadencia, el contraste con aquellos que provienen de núcleos estables y adinerados, las drogas como escape y el alcohol como salida van tejiendo una relación que hunde sus raíces en suelos blandos e inestables, incapaces de sostenerse por mucho tiempo, frágiles a fuerza de asirse a salidas que, de nuevo, llevan la misma ruta cerrada y circular.

El mundo que retrata la novela es, así, el del sueño americano superado por una realidad que no permite imaginar escapatoria, un tiempo que se diferencia poco del que ya Philip Roth describiera en la suma de su obra, en un estilo que Buntin sigue y adapta al siglo XXI para mostrar ese otro lado de una sociedad que puede ser insensible y hasta omisa frente a quienes, por razones válidas o no, son incapaces de alcanzar una prosperidad distinta a la que recibieron de nacimiento: se mezclan así falta de oportunidades, valores de comunidad tergiversados, el individualismo como signo de la convivencia y una especie de destino que aparece más como condena que como posibilidad de libertad.

Marlena es pues quien, a pesar de contar con un talento nato para la música, se ve arrastrada a ese camino sin salida ni escapatoria posibles, el personaje que encarna la decadencia y el abandono; Catherine, por su parte, es el otro lado de una moneda con la que el azar juega a su antojo, premiando a quien entiende que el esfuerzo, la voluntad y el compromiso tarde o temprano podrán –pero es siempre una posibilidad, nunca una certeza– redituar en una mejoría de circunstancias y condiciones de vida.

Al final, es ella quien puede contar la historia, quien se adentra en el pasado para rememorar una etapa que nunca deja de aparecerse, inesperada; que inserta su huella indeleble y se manifiesta en hábitos, en recuerdos, en memoria que asalta y de vez en cuando se materializa en objetos, personas, situaciones que regresan el tiempo a preguntas nunca respondidas, a probabilidades no exploradas, a decisiones que a la luz de los años se aprecian como determinantes pero que en su momento fueron menos certeza que dudas…

Marlena, una amistad peligrosa es en suma la narración de una decadencia, en medio de climas gélidos y poblados sin arraigo, que puede romperse a fuerza de determinación, pero también la muestra de que deben existir alternativas que alejen la pura suerte, el clima o la casualidad del origen y permitan otras vías de salida.

 

Carlos Castillo es Director de la revista Bien Común.

Twitter: @altanerias

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